Falta mucho, muchísimo para poder distinguir lo que será la presidencia de Andrés Manuel López Obrador. Será a partir del primero de diciembre cuando realmente sepamos la verdadera voluntad del primer titular del Ejecutivo federal, desde 1997, que tendrá mayoría absoluta en el Congreso de la Unión, suficiente para aprobar leyes secundarias y con márgenes políticos suficientes para obtener los pocos votos legislativos que le faltarán para emprender reformas constitucionales.

Sólo entonces, ya con ese poder político en las manos y cuando anuncie sus primeras decisiones, conoceremos al verdadero López Obrador.

La fascinación en algunos sectores con sus mensajes, sus encuentros con Enrique Peña Nieto y los líderes de las cámaras empresariales y el tono conciliador con quienes siempre ha considerado como una “mafia”, está provocando el efecto deseado por el tabasqueño: cumplir con un periodo de transición terso, sin sobresaltos, que le permita llegar al primero de diciembre con la aceptación, ya no sólo de quienes votaron por él, sino de aquellos personajes y grupos de poder de facto que hasta antes de los comicios lo catalogaban como su enemigo político, un peligro para sus intereses.

No hay ingenuidad. Por supuesto que no esperábamos que luego de la elección se mantuviera el nivel de ataques, descalificaciones y hasta insultos que se repartieron durante las campañas. No lo esperábamos ni tampoco era lo deseable para el país.

Pero de eso a pensar o a creer que ese tono y vocación por el diálogo, el acuerdo y la toma de decisiones pactada regirá a partir del primero de diciembre… esa sí sería una ingenuidad.

Entendamos, pues, que estos días y meses que seguirán de concordia, guiños, reconocimientos y buenos deseos, no son más que tiempos de cálculo y tanteo político.

La llamada “luna de miel”, es el escenario deseable para el candidato ganador de los comicios y así seguirá; para el resto de sus interlocutores, simplemente es el escenario inevitable. ¡Ah! Porque además no faltan los que, de última hora, se quieren subir a la locomotora lopezobradorista, a ver qué alcanzan.

Y así los veremos los siguientes meses.

Aquí se queda… ¡Aquí entre nos!

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