Lo que el proceso electoral de 2018 dejó para el PRI es verdaderamente dramático. Una catástrofe. Cada quien le pondrá al derrumbe priista el nombre que quiera y no faltarán los que pretendan reproducir en ese partido la hittleriana historia de “la noche de los cuchillos largos”.

Lo cierto es que hoy el Partido Revolucionario Institucional es un cadáver. No hay otra forma de describirlo. Porque quienes crean que Andrés Manuel López Obrador caerá en el mismo juego de Vicente Fox Quesada en el año 2000, se equivocan rotundamente: el político tabasqueño, próximo presidente de la República, firmará el acta de defunción del otrora partidazo.

Que quede claro: la elección presidencial de 2000 no tiene comparativos con la de 2018, ni López Obrador es Fox Quesada. Así se simple.

Así es señoras y y señores: el PRI no será oposición ni tampoco alcanzará a ser partido comparsa del próximo presidente de la República. En síntesis: sus números, sus resultados en los comicios no le alcanzan para nada. Si acaso para ser un fantasma que ni a un niño asustará.

Señoras y señores: hoy, el PRI ha desaparecido. Dentro de cinco meses, cuando inicie el nuevo gobierno federal, lo que digan o hagan sus diputados federales y/o senadores será, en los hechos, sólo testimonial.

El quinto sitio que representarán los priistas en la Cámara de Diputados y el tercero, sin ningún peso real, en la de Senadores, no alcanza para más.

Habrá que agregar: los del tricolor no saben ser oposición; no saben jugar en ese terreno porque sencillamente no está en su ADN. Y a diferencia del año 2000, en esta ocasión no estarán en posición de condicionar o presionar, desde el Legislativo, al titular del Ejecutivo federal. En una palabra: será irrelevante el voto del PRI en la Cámara de Diputados o Senado de la República.

De ese tamaño en su derrota. ¿Y qué significa eso? Que será más factible ver en los próximos años la claudicación de muchos priistas, mudando incluso su militancia a Morena.

Ya los veremos. Sólo es cuestión de tiempo.

¡En fin! Póngale el nombre que quiera al desastre en el PRI. Lo cierto es que sólo espera el acta de defunción. Así es.

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!

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