Este equipo nacional juega con sensatez. Esa ha sido su gran virtud, primero contra Alemania y este sábado frente a los correosos, durísimos sudcoreanos.
Fue un partido que se ganó con inteligencia, lo que le da un plus a los once dirigidos por Juan Carlos Osorio, el estudioso y bien portado director técnico colombiano que ha sabido convencer a los jugadores de sus ideas. En el vestidor y en la cancha, donde cuenta, más allá de lo que diga la prensa deportiva y los millones de aficionados, que hoy nos rendimos a sus conocimientos del juego.
Con esa combinación de sensatez e inteligencia fue como controlaron a los frenéticos rivales asiáticos que hoy en Rostov enseñaron que ya no son aquellos jugadores ingenuos, enjundiosos pero sin talento ni táctica que defender. Para nada: saben a qué juegan. Son duros y encimosos, ‘muerden’ en cada metro del terreno de juego.
Por eso es de gran valor el parado del equipo tricolor y la sapiencia con la que resolvieron el crucigrama coreano: pausa cuando la tenían que hacer -no caso tenía ponerse a correr con los rivales-; toques de balón en corto y mantener la posesión del balón, de preferencia en media cancha. La defensa, sólida ora vez con Guillermo Ochoa convertido en el líder de la zaga, se encargaría del resto.
A la ofensiva, nuevamente Carlos Vela se echó al equipo al hombro. El mejor que tenemos está respondiendo a la hora buena y cuando se conecta con Héctor Herrera, Miguel Layún, Chucky Lozano y Guardado, hacen más grande o más chica la cancha, a su conveniencia. A puro toque.
Si estos cinco salen de vena, conectados, México puede aspirar a mucho en cada juego. Forman una columna vertebral que seguro dará mucho de qué hablar en este Mundial que, repetimos, está resultando de un altísimo nivel de juego y competencia.
La selección mexicana, pues, tiene argumentos y bases sólidas. Sus cimientos son la sensatez y la inteligencia para enfrentar a los rivales.
Y jugando así no sólo hay motivos para soñar, sino razones para creer.
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







