En tres dias, los equipos de campaña de José Antonio Meade y de Ricardo Anaya decidieron abrir fuego entre ellos. Rebasaron la línea del debate político y parece que va en serio su decisión de que uno de los dos quede fuera de la contienda por la Presidencia, aniquilado antes del primero de julio.
La documentación y el análisis de lo que pudiera ser el inicio del fin de la cohabitación PRI-PAN (con alternancia incluida) que empezó en 1989, en el arranque del salinismo, ya tocará el turno; por lo pronto, en la disputa coyuntural por los votos, más claro está que Anaya y Meade se estorban: uno de los dos tiene que quedar fuera para no dividir el voto anti AMLO, que se estima en grandes cantidades y por lo mismo indispensable para ir a las urnas dentro de veinte días.
Ahora bien, por la puerta que escogieron no hay camino de retorno y uno de los dos cae o llegarán hasta el final tal como empezaron: confrontados. Pero ahora con profundas heridas, enormes cuentas por cobrar y agravios que difícilmente olvidarán, uno y otro. Y con ellos los integrantes de sus equipos.
Decíamos el viernes que sólo un golpe espectacular, impactante, reviviría unas campañas que empezaban a ser monótonas, aburridas, sin chispa. Bueno, pues ocurrió: un video difundido en el que el empresario queretano Juan Barreiro (hermano del prófugo Manuel) explica a una mujer con acento argentino una supuesta red de operaciones fraudulentas en la que estaría envuelto Anaya, hizo que se alinearan los cañones.
Empezó el fuego entonces: Anaya respondió con un video en redes sociales responsabilizando al presidente Enrique Peña Nieto del ataque, insistió en que de ganar lo investigaría, lo metería en la cárcel de resultar culpable y lo responsabilizó de cualquier cosa que le pase a él o a su familia.
Anaya refrendó su tesis de que entre Peña y López Obrador ya hay un pacto de impunidad. Así quedaron hasta el viernes.
Ayer tocó abrir hostilidades al panista: pautó sendos espots en los que se le lanza a la yugular a Peña, advirtiéndole incluso que creará una fiscalía especial que investigue la corrupción de este sexenio; le pega al presidente donde más le duele con el tema de la llamada ‘Casa Banca’.
Del lado priísta, contestó el ataque Vanesa Rubio, advirtiendo que si Anaya todavía tiene dignidad, debería renunciar a la candidatura. Pero lo duro vino después… Meade no se contuvo y de plano llamó “vulgar ladrón” al candidato de Por México al Frente. Y exigió a la PGR investigar al joven queretano por el presunto delito de lavado de dinero.
No tardó en responderle Anaya: “cara de mosquita muerta, ingenuo, cínico y corrupto”, le espetó. Insistió en el pacto Peña-AMLO para protegerle las espaldas al mexiquense.
Así llegamos a la víspera del tercer y último debate, que se espera más que ríspido.
Se alinearon los cañones. Meade y Anaya decidieron abrir fuego. Uno le estorba al otro. No hay cabida para los dos.
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







