FOTO: ACG

Los políticos mexicanos tienen una explicación para sus males: ‘el ejercicio de gobierno desgasta’. De todos los partidos, colores, sectores y anexas, recurren a esa frase —con sus matices— para intentar evadir, en el colmo, sus responsabilidades y las críticas de que pueden ser sujetos: ‘no es lo mismo gobernar que ser oposición’, se zafan.

Las historias de cada caso pueden ser diferentes, pero el fondo es el mismo. En el actual proceso electoral tenemos al alcalde de Morelia, Alfonso Martínez Alcázar, como el más ilustrativo de los ejemplos: no se cansa de repetir, ni él ni sus voceros, que las críticas a su gestión en los pasados tres años, por probables irregularidades, se deben a su decisión de buscar la reelección y que todas tienen intereses partidistas.

Se equivocan. El escrutinio al ejercicio del poder público y el uso de los recursos que son del erario público, es una obligación en cualquier democracia, y el sistema de partidos y la división de poderes son el contrapeso, dan los equilibrios y frenan los abusos y las desviaciones.

Martínez Alcázar, que se presume ‘independiente’ desde que renunció al PAN hace tres años y tanto denuesta en sus discursos a “los políticos de siempre”, hace que se cumpla aquello que afirma que origen es destino: en los hechos actúa y recurre a las salidas de “los políticos de siempre”. Que es lo que ha sido siempre, pues.

Pero más allá del juego de palabras, toca al alcalde con licencia no perderse en en laberinto electorero y dar una explicación cabal, amplia y de cara a los morelianos sobre las acusaciones que se le han hecho por las presuntas irregularidades y probable corrupción en las obras del parque lineal del Río Chiquito y las afectaciones al Área Natural Protegida de los Filtros Viejos, que han salido a relucir en las campañas.

Si Alfonso Martínez quiere reelegirse tiene que transparentar esos y otros hechos que se le atribuyen, pues más allá de frases hechas, actos y discursos preparados a modo para curarse en salud, por supuesto que las campañas electorales sirven para calificar o descalificar a los contendientes, evaluar perfiles y revisar resultados de una gestión.

Los ciudadanos no viven de frases o discursos supuestamente anti sistema. Quieren resultados, claridad en el gasto del dinero que es de todos y que los políticos —con partido o sin partido— ya no sean tan corruptos.

Así de claro lo debe tener Alfonso Martínez y no buscar la salida fácil de la victimización. Porque la mera verdad eso de que “los políticos de siempre se saben poner de acuerdo para atacarme”, parece, sencillamente, una vacilada.

Ya que se dejen de cuentos. Y que no desgaste, sino dignifique el ejercicio de gobierno. ¿Qué no de eso se trataba?

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!

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