Motivo de sanción —tanto en las urnas, por supuesto—, pero incluso del propio Instituto Nacional Electoral (INE) deberían ser las mentiras que los candidatos presidenciales lancen en los debates organizados con recursos públicos, con la evidente intención de engañar al electorado, hacer escarnio del resto de los contendientes y, lo más grave, lucrar con la situación de vulnerabilidad y de pobreza en que viven millones de mexicanos.
Más que lamentable resulta que quienes pretenden ocupar el máximo cargo de poder en México recurran a las engañifas y al histrionismo, aprovechándose de foros que son organizados por la autoridad electoral, en los que se invierten millones de pesos y que son vistos por una gran cantidad de posibles electores debido, entre otros factores, a la publicidad oficial de la que gozan.
Si ya de por sí resultó muy pobre el espectáculo que ofrecieron en el segundo debate que se celebró el domingo en Tijuana, la cosa se pone peor cuando horas después se confirma que Ricardo Anaya, Andrés Manuel López Obrador, José Antonio Meade y Jaime Rodríguez ‘El Bronco’ se enfrascaron en una clara competencia de mentiras, tergiversación de documentos, anécdotas inventadas y pruebas truqueadas para sustentar sus dichos.
Mentir a los electores también es una forma de fraude y hace quedar muy mal a todos los que recurren a esa práctica, pero sobre todo a López Obrador, quien ha hecho del puritanismo político su bandera y de la honestidad su discurso.
Patético resulta que, ahora, escudado en las muchas encuestas que lo dan como casi seguro ganador el primero de julio, escamotee respuestas y propuestas y evada debatir con el indulto y la burla por delante, que es otra forma de engañar, aprovechándose de algo que seguramente ya aprendió con tantos años en campaña: sin histrionismo no hay votos que alcancen.
Ojalá, pues, que el INE asuma su función de árbitro electoral, esta vez en favor de los ciudadanos y haga un enérgico llamado a los candidatos para evitar las mentiras, el engaño, los chanchullos y el truqueo.
Sería una prueba para el tercer y último debate.
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







