La semana pasada fue de revelaciones e importantes señales -algunas nada alentadoras- para los mexicanos, en especial para los ciudadanos que estén dispuestos a acudir a votar el próximo domingo primero de julio.
Fue una semana que en el calendario quedará como la del endurecimiento de posiciones entre quienes se disputan el poder político y económico en el país; imperaron las descalificaciones, los insultos, las amenazas (explícitas e implícitas), las calumnias, las mentiras y la soberbia.
¿Hay modo de cambiar esa situación? Difícilmente. Los partidos, sus candidatos y los poderes fácticos involucrados han decidido que la contienda electoral sea un choque frontal, rupturista, que arrastre incluso a los ciudadanos, que se enfrenten y confronten.
Las redes sociales y la difusión de encuestas son los espacios y pretexto que los protagonistas han elegido para enseñar sus peores mañas; seguidores (reales, ficticios o interesados) de unos y otros dirimen ahí sus diferencias con el insulto y la velada amenaza por delante.
En la ruptura que se anuncia, con vientos radicales, el escenario está puesto en los extremos: blanco o negro; los ‘buenos’ contra los ‘malos’; ricos contra pobres; liberales contra conservadores; ‘puros’ contra ‘corruptos’. No hay espacio para las ideas ni para las propuestas. Las pocas que se escuchan o se leen por ahí son acalladas, desechadas, silenciadas.
Y lo peor: las propuestas para enfrentar los graves problemas del país que han salido a flote y guardadas en el imaginario colectivo, provocan más dudas que certezas. Pareciera que los candidatos quieren hacer gobierno a partir de sus autos de fe, sus mantras, creencias y visiones -algunas retorcidas- de la historia.
Sí, fue la pasada una semana de revelaciones y de señales… nada alentadoras para los mexicanos. Y lo que sigue amenaza con empeorar: la crispación y los enconos en sus puntos más altos.
Así se mantendrán hasta el primero de julio… y más allá.
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







