“Rateros”, “minoría rapaz”, “artífices de fraudes electorales”, “responsables de la tragedia nacional”, “secuestradores de instituciones y de gobiernos”, son algunas de las acusaciones que Andrés Manuel López Obrador lanzó ayer contra empresarios del Consejo Mexicano de Negocios, en respuesta a un desplegado que publicaron para desmentir las “calumnias e injurias” del tabasqueño, quien el martes pasado dijo saber de una reunión en la que fraguaban la declinación de José Antonio Meade en favor de Ricardo Anaya.

Todos los aludidos por el líder de Morena han desmentido tal negociación, que en caso de haberse insinuado o propuesto no tendría por qué haber desatado la furia de ‘El Peje’, pues así como él mismo ha presumido de sus reuniones y pláticas con empresarios, panistas y priistas para intentar sumarlos a su movimiento, los aludidos del Consejo Mexicano de Negocios también tendrían derecho a acercarse al candidato de sus preferencias.

La intolerancia y proclividad a dividir de López Obrador y los más conspicuos del grupo que lo rodea y asesora en su lucha por el poder, es lo que asoma así del encontronazo con los empresarios del Consejo Mexicano de Negocios, además de la Coparmex, Concamin y Consejo Coordinador Empresarial, otros organismos de la iniciativa privada que se sumaron al debate.

Fuera máscaras, entonces, y adiós a quienes creyeron en “el cambio” del político de Macuspana; que se dejen de cuentos y mentiras también los voceros del lopezobradorismo que llevan semanas tratando de engañar a los mexicanos con la historia esa de que son respetuosos de las libertades y que en un eventual gobierno encabezado por su líder imperará el diálogo, la democracia y la apertura.

Quedó claro ayer que López Obrador está más cercano a lo que han dicho personajes como el escritor Paco Ignacio Taibo II (“exprópialos Andrés, chinguen su madre, exprópialos”) y el académico pro chavista John Ackerman, que a los matices que se esfuerzan por difundir Tatiana Clouthier, Marcelo Ebrard y Alfonso Romo, entre otros.

Del lado de la cúpula empresarial, en tanto, no habrá marcha atrás: se metieron de lleno al proceso electoral y el agarrón que ya estelarizan con López Obrador apenas empieza.

En ese frontal choque, que quede claro quién es quién. Es lo mejor: ni los empresarios cederán un ápice en sus espacios de influencia para incidir en el resultado electoral ni López Obrador tiene la más mínima intención de “amarrar al tigre”, que ya soltó ayer cuando decidió poner las cosas en el terreno que domina: la división, la crispación de ánimos.

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