Más allá de desacuerdos partidistas y la polarización que alientan las campañas, los hechos de violencia protagonizados el sábado en Puerto Escondido, Oaxaca, entre maestros de la sección 22 de la CNTE y simpatizantes del abanderado del PRI, José Antonio Meade, deben ser un llamado a la atención y responsabilidad para partidos, candidatos, grupos sociales, árbitro electoral y gobiernos estatales y federal, a fin de garantizar que la violencia no se desborde en las próximas semanas.

No se trata de desviar la atención del problema de fondo ni mucho menos de trivializar, como lo hicieron Meade y el candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador. Inaceptable resulta también la salida a la que suele recurrir la CNTE de acusar la “infiltración de provocadores” durante sus jornadas de protesta y lucha política.

La contienda electoral se intensificará en los meses de mayo y junio y desde ahora es importante advertir que la presencia de agentes proclives a la provocación y a la violencia es un riesgo real y un factor que, además de manchar el proceso, puede inhibir la participación social tanto en las campañas como en las urnas.

En el caso de los agremiados a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación ya se ha dicho que sus acciones se desarrollan al límite de la legalidad y que la delgada línea que separa sus movilizaciones del vandalismo violento sólo es perceptible en un país donde con frecuencia la aplicación de la ley está sujeta a decisiones y cálculos políticos.

A estas consideraciones, por la mayoría aceptadas y reconocidas, habrá que añadir un tema que parece inevitable: los centistas querrán hacerse visibles en lo que resta de las campañas, una vez que los candidatos presidenciables y al Congreso de la Unión han decidido poner el futuro de la reforma educativa, como uno de los temas centrales del debate.

Y ni hablar, así están las promesas y los hechos: López Obrador ha dicho una y otra vez que en caso de ganar echará abajo la mentada reforma, que considera atenta contra los derechos de los trabajadores de la educación.

Con ese discurso ha conseguido de aliados a la CNTE y a un amplio sector del SNTE, las organizaciones sindicales que durante décadas han mantenido el control del sistema educativo nacional.

En este contexto, está claro que el magisterio buscará ser protagonista y movilizar a sus bases para inclinar la balanza hacia el proyecto político y de gobierno que les favorece.

Hasta ahí, la alianza política entre los morenistas y los centistas es entendible y nada tendría de raro. El problema está en el método y en el cómo hacer sentir, por parte de los maestros, su apoyo al tabasqueño.

Pero una cosa si es segura: no es la violencia la mejor ruta. No ha sido antes, menos ahora.

Así es de que mejor no se hagan los chistositos ni los frívolos. Es la seguridad y la educación los temas que se tratan.

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!


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