FOTO: El Universal

Las campañas por la Presidencia de la República y el Congreso de la Unión (Senado y Cámara de Diputados) y por las gubernaturas de nueve entidades, iniciaron con un llamado del Tribunal Electoral a candidatos y partida para evitar la violencia política; el mismo exhorto han hecho el Consejo General del INE y la Iglesia católica, desde donde ayer nos sorprendió el obispo de Chilpancingo, Salvador Rangel, informando que “negoció” con el crimen organizado en Guerrero una “tregua” para que no haya más agresiones contra ninguno de los aspirantes a un cargo de elección.

El tema de la violencia y su impacto negativo en el proceso electoral es, pues, un problema que preocupa y que ha tomado forma como una amenaza real, que puede incluso desbordar a las instituciones encargadas de la seguridad en muchos municipios del país.

Las revelaciones del obispo Rangel, en tanto, dejan ver que -por lo menos en Guerrero- la delincuencia buscará incidir en el resultado de los comicios, pues según dijo el jerarca católico, las personas con quienes se reunió condicionaron la tregua a que los partidos no distribuyan dinero ni recursos entre la población y que los candidatos cumplan lo que prometen en campaña.

En diversas entrevistas que ofreció a noticieros televisivos y radiofónicos, el prelado dijo que continuará con su labor pastoral de mediación, porque si de esa manera puede evitar que haya atentados contra algún candidato, habrá cumplido con su labor.

Así, ante las evidencias de lo que sí ocurre en el Mexico real y las voces de alerta que se han escuchado desde los más altos niveles de la organización electoral, la pregunta obligada es: ¿qué toca hacer a candidatos y dirigentes partidistas para contribuir a un ambiente sin violencia?

La respuesta inmediata, creemos, es bajarle la estridencia a los exabruptos y a los ataques personales que pueden enardecer a sus seguidores y dejar campo abierto a la intromisión de agentes ajenos a la contienda política.

Aquí en Michoacán tuvimos la semana pasada un claro ejemplo de las barbaridades que pueden decirse al calor de la competencia, sin medir consecuencias. “Podemos hasta matar a un cabrón” para ganar las elecciones, lanzó el ex secretario de Organización del CDE del PRI, Mario Tzintzún.

Pedir un debate de altura, de ideas y en el que imperen las propuestas, parece ocioso a estas alturas, cuando -visto está desde hace tiempo-, las campañas en México se caracterizan por los ataques personales y la guerra sucia.

Pero tal vez si evitaran las alusiones personales, familiares y las acusaciones sin pruebas ni sustento, los candidatos pondrían un granito -¡muchos granitos!- a la construcción de un sistema electoral menos hosco, más civilizado.

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!

 

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