FOTO: Captura Milenio TV

El proceso electoral se calentó por el tema de las llamadas “reformas estructurales” que el candidato de Morena, Andrés Manuel López Obrador, adelantó que echará atrás, en caso de ganar el primero de julio, lo mismo que el proyecto del nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, ya en construcción.

Y con el posicionamiento del tabasqueño, para muchos una verdadera amenaza, se soltaron los demonios y reaparecieron fantasmas de uno y de otro lado, incluyendo el de los ciudadanos.

Sin embargo, algo bueno ha resultado de esta semana: se aclararon posiciones y terminaron confusiones provocadas por el falso idilio que durante algunos meses protagonizaron López Obrador y una parte del sector empresarial; también se puso fin a las versiones de un supuesto arreglo entre el presidente Enrique Peña Nieto y el político morenista y que prácticamente daban por descontado el triunfo de éste.

Nada de eso: ¡habrá competencia! Y será real. AMLO se ha despojado de la careta con la que pretendió camuflarse y presionado por los muy diversos e ideológicamente confrontados grupos que lo rodean, decidió marcar línea: se acabaron los “guiños” a los empresarios, al presidente Peña y a los sectores sociales que lo veían como un “peligro para Mexico”.

Del lado del sector empresarial, marcadamente, y de conspicuos de la comentocracia nacional que se fueron con la finta y los desplantes de que “Andrés ya cambió”, el regreso también al escenario inevitable: la confrontación política; la puesta en escena de dos modelos muy distintos de gobierno y de país.

Fuera máscaras, pues, la lucha por el poder ha comenzado de verdad.

La Semana Santa que viene, si acaso, será de suspiros.

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!

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