Algo anda muy mal y mucho hemos fallado como sociedad cuando las falsas noticias, las acusaciones sin prueba ni sustento y las voces de presuntos delincuentes ocupan preponderantes espacios de la agenda nacional y de los estados.

¿Cómo llegamos a esta situación, que además no es privativa de México? Muy diversos pueden ser los análisis y cada uno podría aportar a la multiplicidad de factores que la provocan, pero aquí haremos escala —hoy— en la responsabilidad que tenemos los medios de comunicación y, por supuesto, políticos y funcionarios de los tres niveles de gobierno.

Es un hecho incontrovertible que somos presa fácil de la tentación que siempre hay por la difusión de “noticias” impactantes y escandalosas, aún sin verificar autenticidad y seriedad de la fuente. Después, por supuesto, vienen los golpes de pecho y el sin fin de comentarios sobre una “noticia” que primero se acredita y luego se desacredita.

En ese círculo vicioso reina la confusión, la impunidad y, paradójicamente, la desinformación.

Lo estamos viviendo a diario. En Michoacán, el último episodio surgió de una grabación plantada en las redes sociales en la que la voz de un presunto delincuente hacía fuertes acusaciones contra el Gobierno del Estado. ¿Se sembró ese audio? ¿Con qué fines? ¿Quién o quiénes lo hicieron?

Las preguntas —esas y otras— se dejan para después. La noticia se da por hecho y encuentra espacios para la difusión. Para mal de todos: el círculo vicioso de la confusión y la desinformación se cerró. Y no hay, al parecer, forma de salir.

Pensar en que se puede hacer un alto en la vorágine, se ve difícil. A la puerta las muchas campañas que habrá por los cientos de cargos públicos en disputa, lo que se prevé, lo que muchos anuncian, es una verdadera guerra en la que se dirán de todo y se darán con todo.

¡Y sálvese el que pueda!

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!

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