
Difícilmente hay en el país una organización sindical y política más desprestigiada que la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE). Ese deshonroso lugar se lo han ganado pulso y todos los días se empeñan, sus dirigentes y agremiados, en acrecentar su mala fama.
La impresentable corporación se ha convertido, además, en sinónimo violencia y vandalismo. Sus marchas y manifestaciones, en terror para los ciudadanos.

Ya no es asunto de debatir sobre sus demandas laborales, posiciones ideológicas y afinidades político-electorales; hoy el tema de la CNTE se acerca más a lo delincuencial. Mirar hoy hacia el magisterio controlado por la Coordinadora es como asomarse al abismo en el sector educativo.
¿Cómo encargar la educación de los hijos a este tipo de organizaciones? Sí, el rechazo a la CNTE ya no es sólo por lo que ha trascendido de sus minutas y acuerdos con gobernantes y partidos políticos; ya no es sólo por lo absurdo de sus plazas automáticas y venta de éstas; vaya, ni siquiera ya es tema sus constantes paros y suspensiones de clase.
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Hoy, el problema toca las fibras más sensibles de la sociedad, en este caso de Michoacán. Las imágenes de los “maestros” y sus fechorías obligan a la pregunta: ¿en manos de quiénes está la ‘Educación’ de los niños y las niñas, de los jóvenes en el estado? ¿Cuál es el futuro del sistema educativo, secuestrado y maniatado por la Coordinadora?
Ese es el problema, gravísimo problema que tenemos: los propios maestros están acabando con la idea y concepto histórico de la educación pública.
De ese tamaño es la crisis. Y de ese tamaño y contundencia debiera ser la respuesta.
Aquí se queda… ¡Aquí entre nos!






