Contra lo que Andrés Manuel López Obrador y sus seguidores creen y presumen como el anticipo de su “triunfo” el primero de julio, la suma de representantes de otros partidos políticos podría ser el motivo de su derrota, pues en los hechos el tabasqueño está armando lo que podría llamarse el “trabuco de la partidocracia”.
Hasta el año pasado, todavía, se podía afirmar que la campaña del líder morenista aglutinaba el voto antisistema y concentraba, a su favor, el malestar ciudadano. Mientras crecía el rechazo al régimen, aumentaba la aceptación por el Peje.
Pero hoy las cosas podrían cambiar. Andrés Manuel ya no suma ciudadanos, ahora suma políticos de todos colores e intereses; la imagen que proyecta su partido es la de un enjambre de “ambiciosos vulgares del poder”; ofrece candidaturas a diestra y siniestra a quienes él mismo antes identificó como parte de la mafia en el poder, y sus históricas banderas de la “honestidad valiente” y de combate a la corrupción, cada día se destiñen más entre pactos y concesiones a quienes pueden presumir de mucho… menos de honestidad y rectitud políticas.
Las encuestas -de las que tanto gusta el tabasqueño- lo siguen ubicando en primer lugar. Pero ninguna de ellas expone un crecimiento en las preferencias; por el contrario, parece que llegó a su tope.
Y es muy fácil distinguir una de las razones de ese estancamiento: López Obrador, la gente que lo rodea, se parecen más a lo mismo que la gente ya no quiere. En todo caso, no hay diferencias notorias entre una y otra “mafia”.
Sin haber ganado aún, hay un claro rompimiento entre el López Obrador “candidato” y el López Obrador que ya se siente en el poder. Y ahí está su gran pecado: porque en lugar de apelar al crecimiento de su base social, apuesta todo en lo sucesivo a los votantes que podrían acarrearle los desprendimientos de otros partidos.
Es, sin embargo, una apuesta muy riesgosa para sus pretensiones. Un cálculo muy temerario. Por citar un ejemplo: ¿Cuántos votos panistas le pueden significar la incorporación de la senadora Gabriela Cuevas?
La trayectoria de la legisladora dentro de las filas del blanquiazul es la de una burócrata de partido, siempre a la sombra de otros liderazgos -empezó con Vicente Fox, por cierto- que se hizo famosa cuando sirvió a la “mafia en el poder” en el episodio del desafuero de 2006, cuando gustosa se prestó a la farsa y pagó la fianza que aseguraba que López Obrador no sería detenido. “No vamos a permitir que se victimice”, argumentó entonces la ahora “convencida” pejista.
En contraparte: ¿cuántos votos de ciudadanos sin partido, de indecisos, le restará ese pragmatismo electorero? Si hace bien sus cálculos, que se prepare psicológicamente para la pérdida.
¿Y el nieto de Elba Esther Gordillo? ¿Y Cuauhtémoc Blanco? Podríamos seguir con los ejemplos, que la lista es larga, muy larga y hay de todos colores y tamaños.
Es, decimos, el “trabuco de la partidocracia”
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







