Ciudad de México.- El cineasta mexicano Fernando de Fuentes(Veracruz, 1894-CDMX, 1958) es considerado el iniciador del cine de la revolución en los años treinta, pero su mirada crítica del fenómeno revolucionario fue censurada hasta que el género se convirtió en mero folclor.

Fernando de Fuentes estudió Ingeniería en varios colegios nacionales y estadunidenses, y Filosofía y Letras en la Universidad de Tulane, en Nueva Orleans. En 1914 participó en el movimiento constitucionalista, encabezado por Venustiano Carranza.

Fue Secretario particular de Luis Cabrera cuando éste redactó la Ley Agraria del 6 de enero de 1915. Colaboró con el contador general de la nación. Estuvo en Estados Unidos con Roberto Pesqueira, durante la negociación de asuntos comerciales y diplomáticos de los carrancistas.

Esta actividad política lo llevó a vivir el fenómeno revolucionario desde adentro y observar sus consecuencias como funcionario de los primeros gobiernos posteriores a la guerra revolucionaria.

Fuentes inició su carrera como segundo ayudante de dirección en Santa (1931)

Fuentes inició su carrera como segundo ayudante de dirección en Santa(1931), la célebre primera película sonora producida en México. Pero 1932 fue para él un año definitivo: debutó como editor en Águilas contra el sol (Dir. Antonio Moreno, 1932); y como coguionista en el filme Una vida por otra, del cineasta húngaro emigrado de Hollywood John H. Auer; por último, escribió y dirigió su primer largometraje El anónimo.

De una forma distinta al estereotipo folclórico del género de la Revolución que posteriormente se explotó, realizó una trilogía que fue considerada por la crítica entre las mejores películas hechas por mexicanos sobre este tema.

El crítico Eduardo de la Vega Alfaro escribió en la revista Dicine (ener-feb.1988) que Fernando de Fuentes: “Mantiene frente al tema de la Revolución una actitud distanciada (…) Paradójicamente eso da valor dialéctico a películas como El prisionero trece (1933), El compadre Mendoza (1933) y ¡Vámonos con Pancho Villa! (1935), la segunda y la tercera son auténticos clásicos del cine mexicano en su etapa preindustrial.

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La trilogía clásica sobre la revolución mexicana

El prisionero trece (1933). La cinta está centrada en la vida del alcohólico y mujeriego coronel Carrasco, cuya esposa, Marta, lo abandona llevándose a su pequeño hijo Juan.

El niño crece y se convierte en un joven educado y de bien mientras su padre asciende en la jerarquía del ejército enfrentando a los revolucionarios. El corrupto coronel acepta entonces un soborno para liberar de prisión a Felipe Martínez, un revolucionario sentenciado a morir fusilado.

Para poder liberar a Martínez, Carrasco pide a sus hombres que lo sustituyan con cualquier otro hombre que puedan detener. En un giro de la trama, ese hombre que sustituirá al revolucionario resulta ser Juan, el hijo del coronel Carrasco.

Al recibir la noticia, la madre, Marta, corre a la prisión a explicarle a Carrasco que van a fusilar a su propio hijo. El coronel tratará desesperadamente de evitar que sus hombres fusilen a Juan.

El prisionero trece fue considerada “denigrante” para el ejército, por lo cual se forzó a De Fuentes a agregar un final tranquilizador, en el cual Carrasco finalmente salva a su hijo, cuando originalmente el director y guionista había concebido el terrible final como una tragedia griega al estilo de Esquilo.

El compadre Mendoza (1933). La historia se desarrolla durante la Revolución mexicana, entre 1913 y 1919. Narra la vida del terrateniente mexicano Rosalío Mendoza, un empresario oportunista que simpatiza con todos los bandos revolucionarios que visitan su hacienda.

Cuando las tropas de Emiliano Zapata arriban, Mendoza las recibe con regocijo y dispone un enorme cuadro de Zapata en el comedor de su hacienda; lo mismo ocurre cuando es visitado por el ejército de Victoriano Huerta y sus peones cambian el retrato de Zapata por el del dictador.

Cuando cae Huerta, Mendoza se hace amigo del zapatista Nieto y lo convierte incluso en su compadre al invitarlo a apadrinar a su hijo. Cuando Carranza toma el poder y sus tropas visitan a Mendoza, éste sigue sus costumbres y coloca ahora un gran retrato de Carranza en su comedor.

Al darse cuenta de su amistad con Nieto, el general carrancista Bernáldez le pide e Mendoza que traicione al zapatista y se lo entregue. Finalmente el compadre Mendoza traiciona a Nieto y éste es asesinado por los carrancistas. Se dice que las autoridades pidieron a De Fuentes que cambiara el final de la cinta para hacerlo menos trágico, por lo que el cineasta declaró:

“Creemos al público latino suficientemente culto y preparado para soportar toda la crueldad y dureza de la realidad. Nada nos hubiera costado el desenredar la trama en forma tal que el desenlace fuera feliz, como estamos acostumbrados a verlo en las películas americanas; pero es nuestra opinión que el cine mexicano debe ser fiel de nuestro modo de ser adusto y trágico, si es que pretendemos darle perfiles verdaderamente propios, y no hacerlo una pobre imitación de lo que nos viene de Hollywood”.

¡Vámonos con Pancho Villa! (1935). Basada en la novela de Rafael F. Muñoz, la historia transcurre durante la revolución mexicana, cuando un grupo de valientes campesinos, conocidos como Los Leones de San Pablo se unen al ejército de Pancho Villa. Después de algunas batallas, con más derrotas que victorias, el grupo original es reducido a dos: Tiburcio Maya y el joven Becerrillo. Una epidemia de viruela se desata entre la tropa y Becerrillo cae enfermo. Villa ordena a Tiburcio matar al joven e incinerar su cuerpo. Desencantado, Tiburcio abandona la revolución y regresa a su pueblo. El reconocimiento a este clásico del cine mexicano llegó varias décadas luego de su menospreciado estreno.

La cinta volvió a ser noticia en 1973, cuando la Filmoteca de la UNAM localizó una copia de la película en 16 milímetros muy deteriorada que incluía un final hasta entonces desconocido. En ese final alternativo, Pancho Villa regresa por Tiburcio Maya y le pide que vuelva a combatir en su tropa. Al negarse, Villa mata a Tiburcio, a su mujer y a su hija, y se lleva a su pequeño hijo a la revolución.

Se ignora si este final fue censurado, aunque es más probable que haya sido el propio De Fuentes quien decidiera eliminarlo por encontrarlo innecesario o demasiado cruel. La película con este final fue transmitida por la televisión mexicana en 1982.

El crítico Gustavo García escribió al respecto: “¡Vámonos con Pancho Villa!, aún con el final mutilado, apuntaba a caminos que la cultura política mexicana no podía seguir sin alterarlas relaciones de poder autoritarias que ya la caracterizaban; no se volvería a dar una imagen crítica de los héroes revolucionarios en toda la historia del cine nacional (…).

La carrera de Fernando de Fuentes

              Fernando de Fuentes Carrasu (1894-1958)

En 1936 realizó la primera comedia ranchera de gran resonancia internacional Allá en el rancho grande

Fernando de Fuentes es considerado por los críticos como el iniciador de varios otros géneros del cine mexicano. Tomas Pérez Turrent lo confirmó diciendo: “no sólo inventa el cine de la Revolución desde el punto de vista de la ficción dramática, invento que por desgracia no será seguido porque la Revolución se transforma en folclore, sino que es el autor de la primera película fantástica del cine sonoro mexicano a saber, El fantasma del convento (1934).

Además Alfaro De la Vega concluyó: “De Fuentes marca con varias películas los inicios de algunos géneros característicos del primer cine sonoro mexicano: el melodrama costumbrista (La calandria, 1933); la cinta de aventuras históricas (El tigre de Yautepec, 1933); la película de capa y espada (Cruz Diablo, 1934); el cine de horror (El fantasma del convento, 1934), o elmelodrama familiar(La familia Dresse, 1935).

“De Fuentes es uno de los primeros en intentar el cine en colores (Así se quiere en Jalisco, 1942), y en explorar las posibilidades de la coproducción (Jalisco canta en Sevilla, 1948).

En 1936 realizó la primera comedia ranchera de gran resonancia internacionalAllá en el rancho grande, película que inició la etapa industrial del cine mexicano. Con ella obtuvo México su primer premio en el Festival de Venecia al obtener Gabriel Figueroa la distinción al mejor fotógrafo”.

Fuente: Milenio


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