Pongámosle salsa a las palomitas e instalémonos cómodos en el sillón, porque perredistas, panistas y emeceístas prometen regalarnos un buen fin de semana.
Empezó el agarrón.
La letra no tan chiquita de lo que sería el convenio de coalición electoral es el iceberg que hundirá el barco de las tres banderas. El azul, amarillo y naranja parece que no fue buena combinación.
“El candidato presidencial de la coalición deberá surgir de las filas del Partido Acción Nacional…”, así es, más o menos, la redacción que los panistas proponen a PRD y a MC en lo relativo al método y selección de su candidato.
Esa es la coalición que ha trascendido y que cuadra con lo que se ha venido diciendo desde que se registraron esos tres partidos como un Frente, según sus dirigentes, sin fines partidistas: que de Ricardo Anaya, del PAN, sería la candidatura a la Presidencia, en tanto que para Alejandra Barrales, del PRD, sería la del gobierno de Ciudad de México.
Todo por acuerdo cupular. El resto de los aspirantes tendrían un rol de espectadores de palo, simples comparsas en la visión de Anaya y de Barrales.
El caso es que no podía, no puede ser así. Ya se ha dicho y escrito bastante sobre la inconveniencia de la imposición. Pero hoy tocaremos en este espacio un punto sobre el que poco se ha abundado: ni Anaya ni Barrales tienen el peso, la trayectoria, el liderazgo, simpatía y arrastre entre militantes y ciudadanos como para pretender hacerse de las candidaturas como si fueran bolsitas de dulces.
Seamos claros: en algunas encuestas el Frente salía en inmejorable posición para los comicios de 2018, pero no la candidatura de Anaya; es más, en ningún sondeo que se ha hecho el queretano aparece arriba en las preferencias, ni siquiera entre los mismos panistas.
¿Por qué? Porque Anaya no es Diego Fernández de Cevallos en 1994, ni tampoco encarna nada que se parezca al arrastre de Vicente Fox Quesada en 2000. Aquellos tenían un liderazgo trabajado durante años, en batallas electorales previas, y un carisma y arrastre de tal tamaño que cualquiera que hubiera querido competirles en el PAN, hubiera sido un loco lanzado al abismo.
O sea, ¿cómo quiere Anaya imponerse? ¿Qué triunfos y de cuáles batallas le ofrece a los panistas? ¿Cuáles son sus prendas como para querer, además, que PRD y PAN se rindan ante él?
La verdad sea dicha, con lo que llegó a la dirigencia del PAN, mucho más hubiera ganado el entonces reconocido como j”oven maravilla”, si hubiera sometido sus ambiciones y aceptado la competencia democrática.
Para Anaya era todo ganar-ganar; ahora, en cambio, si fracasan las negociaciones de la coalición llevará todas las de perder, y lo peor para él: llevará al panismo al hundimiento electoral. A la peor crisis de su historia.
Pero volvamos al momento actual: Anaya no es garantía de triunfo y como no es, ni por mucho, el candidato deseado, no tiene por qué ser tratado de manera distinta.
Ahora bien, en la situación que atraviesa el PAN, no está en condiciones de competir con posibilidades de triunfo si no va en coalición. Anaya y sus amigos son los responsables de esa situación y, si así es el caso, deberían aceptar que no pueden imponerse a los otros partidos.
Vaya, si bien su crisis no ha alcanzado las dimensiones de la perredista -todavía-, también es cierto que los panistas, solos, no ganan. ¿Entonces? Deberían ser un poco más pragmáticos y mucho menos ambiciosos y pretenciosos.
¿Y Barrales? Simplemente: no manda en el PRD. Punto. Y la verdad sea dicha, no se ve cómo pueda contender sin fracasar en el proceso por el gobierno de la capital del país.
En este caso, con o sin coalición. Ni hablar.
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







