Ciudad de México.- No faltan las peripecias. Tampoco el I Ching, la meditación, la ropa colgada de manera improvisada dentro de una pequeña habitación compartida por varios, las referencias a la obra de Werner Herzog, los peligros de un territorio hostil, los anuncios imprevistos, las inclemencias del tiempo, las preguntas sobre el amor y la libertad. En Antártida negra. Los diarios Adriana Lestido le pone palabras a temas que la acompañaron a lo largo de toda su trayectoria como fotógrafa mediante el registro íntimo de su viaje a la Antártida en 2012. Lo que comenzó de manera azarosa con la idea de una doble exploración –la interna y la territorial– se convirtió en dos libros (uno de fotografías, otro con sus textos) y una posibilidad distinta: la de probar con un nuevo lenguaje.

¿Como fue que la fotógrafa, célebre entre otras cosas por sus series sobre madres adolescentes, mujeres presas o el amor, en riguroso blanco y negro, optó ahora por un terreno árido, donde lo humano pareciera quedar tapado por la bruma del paisaje? “Estando en Madrid en el 2010 vi una retrospectiva de Miquel Barceló y en una pequeña salita había una serie blanca que él había hecho luego de una temporada que pasó en el Sahara”, le cuenta a Infobae Lestido y agrega: “Fue muy fuerte lo que sentí en esa salita con esas pinturas: la clara necesidad de ir a un lugar así, como hacia la nada. Al principio pensé en el Sahara como fantasía. En ese momento también estaba con la idea de no fotografiar más gente, de trabajar sobre lo básico, sobre los cuatro elementos: agua, tierra, aire, fuego. No deja de sorprenderme cómo se dan las cosas, por ahí uno piensa en hacer algo y después se da cuenta que ya estaba trabajando en eso. Si tiene que ser, las posibilidades empiezan a abrirse desde distintos lados.

En ese mismo período conocí a una chica que vino a verme por el taller. Es una bióloga que vive en Mar del Plata, Cecilia Ravalli, que se embarca periódicamente en altamar. Me gustó la idea de embarcarme y trabajar sobre el agua y ella quedó en averiguarme si había posibilidades de que viajara en algún barco. Al poco tiempo me comentó que El Deseado estaba yendo a la Antártida. Ahí dije ‘¡la Antártida! ¡Es la Antártida!’. Es ese nuestro desierto. Apliqué incluso para una beca del Conicet para subirme al Deseado. ¡No me dieron bola, por supuesto! (risas). No sé si me llegaron siquiera a responder. Entonces surgió más claramente que no era el agua sino que era la Antártida. También el año anterior, estando en México, arriba de una montaña en Hierve el agua (Oaxaca), me vino la imagen de ir al blanco. Al año siguiente, y ya con la idea de ir a la Antártida, conocí a otra bióloga (Luciana Motta), que va periódicamente al Polo Sur. Ella también hace fotos y se comprometió mucho para ayudarme”.

Fuente: Infobae


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