En alguna de las páginas de su Ética a Nicómaco, Aristóteles encumbra a la amistad y a la solidaridad como las virtudes éticas más altas en el ser humano. No obstante, el filósofo distingue tres clases de amistad (Philia, término griego que se refiere al amor fraterno, destacando la amistad y el afecto) entre los individuos. La primera es la amistad perfecta, esa que coloquialmente llamamos “verdadera”, que se da entre los hombres de bien y que, además de semejanzas y afinidades, busca el bienestar del prójimo en la misma medida que lo busca para sí mismo. Este tipo de amistad es excepcional pero es sólida y duradera La segunda clase de amistad es la utilitaria, aquella que se basa en el interés, no por el individuo en sí, sino en los beneficios obtenidos a través de los otros. La tercera clase de amistad se fundamenta en la búsqueda del placer compartido, así como de los vínculos de complicidad necesarios para tal fin. Estas dos últimas categorías de amistad son para Aristóteles imperfectas y por tanto fáciles de disolver cuando dejan de ser útiles o convenientes. Trasladando dichas virtudes éticas al contexto social de las polis (ciudades), sólo la primera categoría será capaz de cohesionarse y sublimarse en acciones de solidaridad. Sin embargo y a diferencia de la amistad entre los individuos – advierte el discípulo de Platón-, la solidaridad es una especie de amor fraterno colectivo que se manifiesta en situaciones de desgracia e infortunio, y así como surge suele extinguirse.
No pretendo crear una disquisición en torno a estas cualidades. Hablo desde mi propia experiencia y con la voz del ciudadano. Ciertamente, como señala Aristóteles, la solidaridad tiene una duración breve y por ello destinada al olvido. Lo vivimos en el sismo del 85 y lo podemos repetir en 2017. En 1985 muchos mexicanos descubrieron su identidad y fortaleza como sociedad en la solidaridad. Gracias a la unión y coordinación entre la gente y a la ayuda de otros países y organismos internacionales, se logró salvar muchas vidas y fue posible auxiliar a las víctimas con albergues provisionales, comida y medicamentos. El gobierno de la “renovación moral”* no metió las manos para nada y se hizo presente tres meses después del desastre para organizar la reconstrucción de la parte dañada de la ciudad y vender permisos de construcción y remodelación a los ciudadanos afectados, entre otras tranzas. Lo único que aportó fue algunos albergues para los damnificados con la promesa de darles una vivienda digna. Actualmente muchos de esos ciudadanos sin domicilio siguen esperando que el gobierno cumpla su compromiso. La dictadura perfecta no tenía en ese momento necesidad de lucrar con la desgracia ciudadana, pero se adjudicó poco a poco y sin gastar un peso el rescate de la nación. Por prudencia no escatimó el esfuerzo de la sociedad civil. Esta estrategia cautelosa pero efectiva, provocó una especie de alianza implícita entre gobierno y ciudadanía. Al regreso de la “normalidad” la solidaridad se diluyó y cada quien volvió a lo suyo. Nos quedó la cicatriz de la tragedia pero perdimos la memoria.
Tres décadas después se repite por partida doble el septiembre negro. Dos sismos sacuden violentamente a varios estados del país y a su capital, y zarandean a un gobierno que se desmorona por sus propios vicios y excesos. Nuevamente la solidaridad surge con la misma espontaneidad de un terremoto y los ciudadanos se agrupan y organizan para entregarse en cuerpo y alma a las labores de rescate. La tarea es titánica pues la desgracia se vive simultáneamente en varios puntos del país, pero la sociedad mexicana demuestra una vez más que su espíritu solidario es capaz de mover lozas, rescatar vidas, recolectar y donar víveres, medicinas, herramientas, instalar y organizar albergues, consultorios médicos, en fin todo lo necesario para los damnificados de estos sismos. Muchos arriesgan sus vidas en las tareas de rescate y otros la pierden tratando de hacer llegar la ayuda a los más alejados. La solidaridad se desborda; todos quieren ayudar, cooperar, unirse a la causa. Pero también desborda la corrupción, la impunidad, el cinismo de los gobernantes que aprovechan la ocasión para arrebatar las donaciones para fines electorales. El escenario político y social es muy distinto al del 1985. El PRI ya no es el único partido en el poder. Ya hay alternancia en los gobiernos, en la mayoría de los casos poco afortunada, y la oposición está más fuerte que nunca. Entonces la tragedia se politiza y los señores del poder fáctico empiezan a lucrar con la desgracia del pueblo. Las televisoras inventan noticias falsas y cajas chinas, en contubernio con las autoridades, para distraer la atención del público y así esconder la corrupción que se hace evidente en cada construcción colapsada. Los partidos compiten en la donación de sus recursos regulares y también de los asignados para la elección de 2018, como si se tratara de dinero propio. Las medidas y acciones que toman los partidos políticos y los gobiernos emanados de los mismos son con fines electorales. Todo esto y mucho más ha sucedido en apenas tres semanas después de los sismos. Pero en este escenario hay también un cambio notable, la respuesta de la ciudadanía hacia los gobernantes y, en general, a toda la clase política. En Morelos la gente corrió al gobernador durante una visita a una localidad severamente afectada. No se diga los abucheos y mentadas de madre que se ha llevado el mismísimo presidente durante sus visitas a lugares siniestrados. También la sociedad civil se ha enfrentado con la fuerza pública enviada por el gobierno de la Ciudad de México para detener las labores de rescate e iniciar la demolición de las construcciones afectadas. Es obvio que les urge iniciar la etapa de reconstrucción y borrar todo rastro que los inculpe. Pero la solidaridad de la sociedad civil ha sido más fuerte. Muchos de estos ciudadanos entregados a las labores de rescate (en su mayoría jóvenes de la generación millenials), han tomado conciencia social y se han convertido en unos verdaderos guerreros. La solidaridad no distingue diferencias de ninguna especie pues se cifra en un desarrollo moral común, que es facilitado por las acciones conjuntas para lograr un sólo fin. La virtud de la solidaridad consiste en cooperar. La cooperación implica igualdad, una característica de la amistad, y la búsqueda de un bien común. Si los mexicanos cultiváramos nuestra solidaridad innata y superáramos nuestras diferencias seríamos capaces, no sólo de remediar las situaciones de desgracia, sino de transformar nuestra realidad social e individual. Que la solidaridad sea la fuerza que nos una para rescatar a México y hacerlo en verdad nuestra patria; en un país digno, generoso, seguro y lleno de oportunidades que ofrecer a sus ciudadanos. Pero cuidado, la virtud de la solidaridad tiene también sus riesgos y trampas, la más peligrosa es, sin duda, el retorno a la “normalidad”, a lo “cotidiano”, es decir a lo mismo. Para el gobierno en el poder el futuro inmediato será la reconstrucción de Babel, colapsada dos veces en sólo tres décadas, y las próximas elecciones.
Para los mexicanos son tiempos de transformación y esta misión sólo será posible manteniendo viva la solidaridad que nos caracteriza.
*Lema de campaña de Miguel de la Madrid (Periodo presidencial 1982-1988)







