Mentiras y embrollos
Morelia, Michoacán.- Aclarado el punto de que se trataría de una reforma constitucional y no de cambios a la legislación electoral, las dirigencias del PRI y de los partidos que por ahora conforman el Frente Amplio (PAN, PRD y MC) se volcaron a cuanto foro tuvieron para reafirmar su posición de renunciar al financiamiento público a partir de este mismo año. Los comicios federales y estatales de 2018 los encararán con recursos privados, prometen.
De concretarse, sería una reforma que realmente cambiaría el tablero político-electoral del país. Con matices y algunas voces alertando de los riesgos que conllevaría, lo cierto es que todos (empresarios, académicos, analistas políticos y financieros, representantes de grupos civiles y ciudadanos en redes sociales) coinciden en que los mexicanos no tienen por qué financiar a tan opacas burocracias partidistas que, además, se han servido con la cuchara grande de los recursos que son de todos.
Hasta aquí todo se oye muy bonito o más o menos bien, depende de cada quien y de cómo se observe el vaso. Pero el problema no radica en la forma como se está presentando el asunto, sino en el fondo.
Y resulta que en el fondo, ninguno de los dirigentes de los partidos está pensando en lo que dicen en público (destinar ese dinero, por lo pronto, a la atención de los damnificados por los sismos de este mes), sino en los dividendos electorales que una determinación de esa naturaleza les dejaría.
Es ahí, como dice el refrán, donde la puerca torció el rabo. Olvídense los mexicanos de cualquier análisis o consideración sobre los riesgos del financiamiento estrictamente privado; olvídense todo tipo de observaciones sobre la desregulación y carencia de mecanismos confiables de fiscalización; olvídense, es más, de las posiciones y visiones maniqueas sobre el tema.
Por supuesto que lo ideal sería destinar esos milles de millones de pesos a la reconstrucción de las zonas devastadas por los sismos; por supuesto que lo ideal sería que ese dinero se destinará a combatir la pobreza que los terremotos volvieron a echar en cara al régimen.
A nueve meses de las elecciones esos no son temas que unen a los partidos; por el contrario, los divide y los confronta. Por eso cada quien trae su agenda e interpreta el mismo problema de diferente manera; por eso, hasta las coincidencias los hacen pelear y discutir a ver quién lo dijo primero; por eso cada uno le suma a su propuesta lo que enfada o supone la derrota del que está enfrente.
El PRI insiste en eliminar los cargos plurinominales en el Congreso de la Unión y los Congresos locales, porque sabe que por ahí no transitan, sobre todo, los perredistas y emeceistas del Frente; lanza el dardo envenenado a los panistas, bajo el supuesto de que una propuesta de ese tamaño divide a los frentistas.
Por el lado del Frente, suman a su iniciativa de reforma una serie de recortes al gobierno federal, que ni siquiera ha sido invitado al debate, tiene otras obligaciones ante la emergencia por los sismos y formalmente nada tiene qué decir sobre la vida interna de los partidos.
Pero insistirán los frentistas porque quieren ponerle la soga al cuello de los priistas.
Morena, en tanto, sin mayores consideraciones encargó a sus militantes y simpatizantes organizar la “donación” de una parte de sus prerrogativas. La coyuntura es propicia para hacer campaña por Andrés Manuel López Obrador y reforzar su presencia en Ciudad de México; insistirán en que ellos sí “donarán” el dinero a los más necesitados y que cualquier otra propuesta es parte de una estrategia de la “mafia en el poder” para derrotarlos en 2018.
Por ahí van; ellos, los políticos están pensando en las elecciones del 18. No están pensando en los damnificados ni en la reconstrucción. Por eso están divididos y difícilmente se pondrán de acuerdo.
Allá ellos. Solitos se metieron en el embrollo y les toca resolverlo.
El caso es que si no cumplen con la expectativa generada así les irá en 2018. Ese es ahora su gran problema.
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







