Cuando rindió protesta como titular del poder Ejecutivo de Michoacán, Silvano Aureoles hizo hincapié en que el suyo no sería un gobierno de excusas, quejas ni lamentos. No esconderé la cabeza ni evadiré responsabilidades, dijo en su mensaje de aquel primero de octubre de 2015.

A seis días de cumplirse exactamente dos años de su toma de posesión, ayer rindió su Segundo Informe de Gobierno y, fuera ambages, habrá que reconocer que sin quejas, ni excusas ni lamentaciones le ha entrado a los temas más sensibles para los michoacanos como son la inseguridad, la educación y algo de lo poco se habla pero cómo pegó y lastimó en todos los niveles y sectores: la mala imagen que de la entidad se construyó en los años anteriores.

¿Han cambiado las cosas en dos años? Negarlo sería de necios. Matices seguramente los hay para el análisis de lo que ha ocurrido en Michoacán en los últimos 24 meses; intentos de regatear, cuestionar y hasta poner en duda resultados no faltarán tampoco. Pero lo cierto es que el estado hoy se vive y se reconoce diferente. Muy lejos se ven los aciagos días del periodo trágico 2007-2014.

Cabe recordar que ningún diagnóstico que se hizo sobre la situación en Michoacán, absolutamente ninguno concluía que los problemas en la entidad podrían resolverse al corto plazo. No hay que olvidar que algunos de sus males se convirtieron, incluso, en estándares de los peores gobiernos a escala nacional.

1.- Inseguridad. Con la desarticulación del grupo criminal que durante años maniató comunidades, alcaldías y gobiernos estatales, a tal grado de convertirse en un poder paralelo, tocaba al nuevo gobierno estatal dar señales de recuperación territorial, poner fin a la era de las complicidades, crear un cuerpo policiaco más confiable y, sobre todo, dar muestras de sensatez y entendimiento en la coordinación con el gobierno federal para enfrentar el mayor problema que hoy enfrentan no sólo los michoacanos, sino los mexicanos en general.

Afirmar que la violencia, la inseguridad y la criminalidad son cosas del pasado, sería más que una mentira; sin embargo, es innegable que Michoacán ya no es santuario del crimen organizado ni sus estructuras estatales lucen bajo el control de los capos de la mafia.

2.- Educación. El sistema educativo michoacano estaba bajo el control de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), que hacía y deshacía no sólo con los estudiantes y planes de estudio, sino con el presupuesto destinado al sector y con las actividades cotidianas de los michoacanos que pagaban los costos de tantas marchas y plantones.

Impensable pensar en un cambio sustancial en tanto el sistema educativo estuviera en poder del sindicato magisterial, corrupto desde su dirigencia y radical y violento cuando se trataba de negociar.

Paulatinamente se recupera la rectoría del sector educativo y es de esperarse que hacia el tramo final del sexenio de Silvano Aureoles se empiecen a notar los cambios, tanto en infraestructura como en aprovechamiento escolar.

3.- Imagen. Aún falta por hacerse el gran estudio sobre el impacto que tuvo el periodo trágico 2007-2014 en la economía y organización social de Michoacán.

Mucha gente se fue; infinidad de negocios y pequeños comercios quebraron o cerraron, e incalculable resulta la cifra de inversiones que se dejaron de recibir. Los modelos productivos y de convivencia se alteraron durante esos años.

Hoy, una de las grandes batallas que se están dando es por la recuperación de la imagen de Michoacán, su credibilidad y confianza.

Se va ganando terreno y se están recuperando los espacios perdidos. Pero se trata de una tarea que no sólo toca al gobierno estatal, sino que llama y obliga al compromiso de todos los sectores y grupos sociales.

Ahí está la gran tarea. Y es de todos. Esa es la lectura del mensaje del gobernador. Porque lo que viene necesitará de esas fortalezas.

Aquí se queda… ¡aquí entre nos!

 


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