PARTE 2 DE 3
El astro mayor
Desde su origen el PRD estuvo marcado a fuego por la candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas. En esos primeros años la falta de una estructura sólida, en un contexto de hostilidad abierta proveniente desde el salinato, acarrearía los primeros obstáculos.
La falta de un protocolo trajo divergencias. Los ex priístas y ex comunistas, cada uno desde su trinchera con una larga experiencia en la organización jerarquizada y la obediencia, impulsaban un partido articulado por reglas públicas, transparentes y accesibles para todos. Otros grupos, los más radicales, oponían una férrea resistencia. En ese contexto de recelos mutuos, desconfianzas, visiones contrapuestas y excluyentes, el rol de Cárdenas constituía la figura vital a la hora de ordenar el debate interno y mantener los equilibrios necesarios para la sobrevivencia.
Varias voces alertaban del peligro de esa manera caudillista de resolver las cosas. “Nacido formalmente hace apenas un año” decía ya en 1990 el historiador Adolfo Gilly, “el Partido de la Revolución Democrática, cuyo nombre dice un objetivo, está también apenas formando su programa actual, que deberá ser mucho más preciso que los documentos iniciales de su fundación (y tal vez, también, mucho más breve)”. Pocos le hicieron caso.
Pero mientras tanto, todos confiaban. “La dirección carismática de Cárdenas, aunque es un dique para la estructuración formal, tendría efectos institucionalizadores” diría Víctor Martínez González. “El primero, mantener juntos a grupos que sin esa dinámica no convivirían. Su conducción tampoco se opone a la red de intercambios entre los distintos liderazgos ni a su obtención de ganancias políticas. Por el contrario, el PRD luce desde su origen como un espacio prolífico en oportunidades, como lo demuestra el elevado número de cargos disponibles en su Comité Ejecutivo.
“Estas huellas fundacionales condicionarán invariablemente al partido hasta que Cárdenas deje el CEN para concentrarse en su segunda campaña presidencial. Sólo entonces, liberado un tanto el campo partidista de la presencia de Cárdenas, el PRD abrirá un segundo período de su institucionalización, en el que reglamentar el acceso de sus grupos a los órganos directivos significará un avance en materia de estabilidad”.
Cárdenas, el padre sol, alumbraba en la oscuridad a sus hijos.
Eclipse del viejo Sol
Hasta 1999 las cosas al interior del partido, aún con los avatares propios de la sobrevivencia política, se movían relativamente en paz.
Después ya no.
Los analistas identifican al menos cuatro factores que precipitaron el inicio de las pugnas: elecciones internas sin claros ganadores, repartos poco satisfactorios de poder, el declive del liderazgo cardenista y el decrecimiento electoral.
“En esta etapa (…) los dilemas más trágicos del PRD, encapsulados antes mediante la institucionalización informal vía el reconocimiento de sus grupos, desbordarán los cauces fabricados para su regulación”, diría Martínez González. “El 14 de marzo de 1999, las elecciones para sustituir a López Obrador al frente del CEN abrirían un caos organizativo caracterizado por el desapego de las reglas oficiales (Amalia García y Jesús Ortega, dos de los contendientes, estaban impedidos estatutariamente para participar), el reacomodo desbocado de grupos (división en cuatro planillas de la izquierda social y política) y la urgencia de convenios imprevistos para rescatar un fallido relevo”.
El conflicto llegó a tal que la elección se anuló. Después hubo colusión: en los segundos comicios, García, con una planilla unitaria, ganaría el CEN a cambio de la secretaría general para Ortega. Varios grupos protestaron, y al ver que las protestas concluyeron en dádivas harían de la protesta la manera más frecuente de lograr sus objetivos. Desde entonces las pugnas públicas al interior del partido se convertirían en una marca registrada.
Para el año en que Rosario Robles llega a la cabeza, el PRD ya arrastraba problemas. Fue la época en que surgió al polarización pública: los “Amalios” vs los “Chuchos”, con un tercer bloque —Regeneración— partidario de la izquierda social y el liderazgo carismático. El asambleísmo, históricamente esgrimido por la izquierda como factor de democratización, también contribuyó al desmoronamiento: los lineamientos indicaban que se sometería a votación todo tipo de puesto, por pequeño que fuera. Y el caos que ese sistema generaba comenzaría a notarse pronto.
“Sin un padrón confiable, sin una estructura suficiente para tal empresa y con un sistema que por su propia complejidad hacía imprescindible la intermediación de las corrientes polarizadas, los resultados no podían ser más que desafortunados” diría Martínez González en referencia a la elección del CEN y de otros mil 500 cargos en 2002. “El desaseo de la jornada daría lugar a un ‘Informe de la Legalidad’ que consignó la ilegalidad de la misma”.
Otro factor de conflicto fue la intervención del propio líder histórico, Cuauhtémoc Cárdenas. El caudillo, que hasta pocos años antes dominaba sin contrapeso, cuyas decisiones eran acatadas sin objeción, comenzó a convertirse en un ente histórico venerable, pero algo molesto para las nuevas generaciones. La explicación es evidente. Durante los años de máxima popularidad, en los 90, miles de nuevos cuadros se habían integrado al nuevo partido; ese mismo crecimiento haría que tarde o temprano los gustos fuesen cada vez más heterogéneos y los intereses más diversos.
Pero para Cárdenas Rosario Robles continuaba siendo su heredera, aquella que tras reemplazarlo en la jefatura de gobierno intentó limpiar la ciudad de antros sin licencia y de viejos priistas corruptos, la misma que había hecho avanzar décadas a la CDMX al promover una ley sobre el aborto. Cárdenas, ajeno a presiones externas, logró hacerla líder del CEN, contraviniendo los equilibrios internos y concitando el rechazo abierto de miles de militantes. La madurez del partido, expresada en corrientes distintas e intereses divergentes, era, paradójicamente, el factor de conflicto.
“En las elecciones directivas de 2002 el sentido de la institucionalización perredista que renueva a los líderes históricos del partido con los nuevos dirigentes emergidos de las corrientes, será contrariado por el apoyo de Cárdenas a Rosario Robles, un liderazgo artificial que violenta los procesos de formación hasta entonces seguidos. Reacio a aceptar su desplazamiento, Cárdenas intentó recuperar su ascendencia mediante la candidatura de Robles Berlanga. Pero las corrientes, que una vez giraron en torno a él como figura solar, no volverán a ese arreglo”, diría González Martínez.
El tiempo, inexorable, terminó por dar la razón a todos quienes desde el principio desconfiaron del arreglo Cárdenas-Robles. La propia lideresa no pareció estar a la altura de lo que las circunstancias requerían. A la distancia, numerosos expertos en la historia del PRD coinciden en que su periodo —un momento clave: el PRD dejaba de ser un grupo cerrado para convertirse en un partido hecho y derecho— se caracterizó por la imprudente concentración y manejo de recursos, acusaciones de guerra sucia “para desprestigiar su presidencia” y, finalmente, su renuncia. Su sucesor Leonel Godoy lo graficó con una frase certera: “las corrientes internas se han convertido en la mayor fortaleza y debilidad del PRD”. (El futuro de los entonces líderes resulta hoy sintomático de la crisis que vive el PRD. En 2012, 10 años después de ser ungida como una de las principales continuadoras del Cardenismo, Rosario Robles declaraba su apoyo absoluto y su pública admiración por el candidato priísta Enrique Peña Nieto. En tanto, 15 años después Leonel Godoy también abandonaría el barco para apuntalar la aventura presidencial de Andrés Manuel López Obrador, quien a su vez se desligó del perredismo en 2012).
A la distancia, el investigador Víctor Hugo Martínez González identifica dos etapas perfectamente contrapuestas: desde 1989 hasta el 2002, y de ahí en más, a partir de la renuncia de Rosario Robles. A la distancia, otros especialistas coinciden. “Cada jefe de Gobierno fue diferente”, afirma Víctor García Zapata, director de la Fundación para la Democracia, que fundó Cárdenas. “En sus cuentas hay réditos y deudas. Entre otras, la corrupción y el corporativismo que la capital heredó del PRI. El perredismo prometió desmontar ese entramado y, por el contrario, terminó aprovechándose de él para tejer sus propias redes de clientela y control políticos. Son un lastre para el PRD y la izquierda”.
La búsqueda de consensos internos amparados por el liderazgo fáctico de Cuauhtémoc Cárdenas, la postergación de las aventuras personales, daría paso a la divergencia, al desprecio por las viejas glorias, a la búsqueda irrefrenable de consolidar la carrera individual. El PRD, cosa natural, se convertía en lo mismo que 13 años antes había nacido para combatir. No sería el golpe más grave: el desmembramiento llegaría años más tarde, con varios escándalos de por medio. E incluso habría triunfos por venir, como en 2006 cuando el los comicios federales logró los mejores resultados legislativos formando así las bancadas más numerosas de su historia: 127 diputados federales y 26 senadores.
Pero para los analistas fue ese año, 2002, el de las primeras sombras respecto de su ideario original. El inicio del eclipse de sol.
Sombras mayores: Los Videoescándalos
El 1 de mayo del 2004 ella lo vio por última vez. Junto a la esposa, Cecilia Gurza, lo visitaba en el Reclusorio Oriente. Estaba pálido, demacrado. Muy distinto a la vez que viajaron juntos a Londres, a Cuba, para reunirse con el expresidente Carlos Salinas de Gortari.
Cuando Rosario Robles vio así, impotente, a Carlos Ahumada, sintió que las cosas habían llegado a un punto de no retorno. Ya no sentía nada por ese hombre, el mismo por el que hasta hacía poco había llegado a sentir amor. Ya no. Rosario sintió que se cerraba así una historia de escándalos y corrupción que mezclaba el amor, los celos, fajos de billetes y varios golpes directos al mentón del PRD.
“Cometí el error de relacionar lo personal con lo político”, diría ella, años más tarde, en un libro en el cual abordó ese periodo confuso. “El amor y la vida privada son cosa de dos”. Él sería mucho más lapidario. “Desde hace tiempo yo venía pensando que la gente en general no honramos nuestra palabra, pero especialmente los políticos. Ese era el caso de Rosario”.
La historia había iniciado en 2003. Robles, ya en funciones en la cabeza del PRD tras ser ungida por Cárdenas, buscaba acuerdos, se acercaba a los rivales, pactaba con todos quienes pudieran servir a la causa del partido. Desde su rol —su trinchera— femenino, lo mismo cenaba con Marta Sahagún que con Patricia Mercado y Elba Esther Gordillo.
Fue ahí que conoció a Carlos Ahumada, el corruptor.
Según él, se habían conocido en una de las múltiples actividades a las que ambos asistían por la naturaleza de sus cargos: ella como lideresa nacional del perredismo, él como empresario prominente. Se cayeron bien y al poco tiempo iniciaron una relación, pese a que él estaba casado. Viajaron juntos, juntos se entrevistaron con el expresidente. Ella, decía él, tenía interés genuino en apuntalar a su partido. Pero también en el dinero y el poder. El expresidente, según esta versión, le habría ofrecido apoyo para reformar la Constitución y que Robles pudiera ser otra vez candidata al gobierno del DF tras haber sido suplente de Cuauhtémoc Cárdenas. También hubo hechos más delirantes.
“En la madrugada, antes de despedimos” cuenta Ahumada en su libro Derecho de Réplica, “surgió una de las escenas más impactantes que he visto. (El expresidente Salinas) le mostró su biblioteca a Rosario (Robles). Cuando llegamos a la vitrina donde conserva sus bandas presidenciales, Rosario le comentó que debía de ser un gran honor y un orgullo portar la banda presidencial. Salinas (…) sacó una de las bandas presidenciales. Se la puso a Rosario cruzándole el pecho y le dijo: ‘Te luce muy bien’. Me pareció una escena increíble y vergonzosa. Me dio pena ajena”.
Así terminaba la historia de la lideresa nacional del PRD y Carlos Ahumada: en una velada nocturna en la casa de un expresidente de la República algo ebrio, en el ambiente algo surrealista de varias botellas de vino francés. Más adelante vendrían los videoescándalos, los fajos de billetes a René Bejarano —conocido desde entonces y por toda la eternidad como “El señor de las ligas”—, la traición. Y el primer descalabro mediático del PRD.
El primer video fue difundido el 10 de marzo en el noticiero nocturno de Televisa. Mostraba a Gustavo Ponce, secretario de Finanzas del Gobierno del Distrito Federal, hombre de confianza de, entonces jefe de Gobierno de López Obrador, jugando en el casino del hotel Bellagio en Las Vegas. El segundo video fue obra directa de Carlos Ahumada. Salió el 3 de marzo en el programa noticioso matutino de Brozo en esa misma cadena. René Bejarano —el principal operador político de López Obrador— aparecía guardándose, con una avidez desfachatada, fajos de billetes que recibía del empresario Carlos Ahumada.
“Nadie me propuso realizar las grabaciones” diría, más tarde, Ahumada. “quería un testimonio en el que (los perredistas) reconocieran que me debían dinero, y que por lo tanto se vieran obligados a reconocer su palabra y pagármelo”. Su versión sobre el origen de los videoescándalos es simple: dada su relación con Rosario Robles y su condición de empresario prominente, él fungía como prestanombres para que el partido recibiera dinero de bancos e instituciones crediticias. Así, quien aparecía en las deudas era él. Pero estas deudas se acumulaban y nadie en el parido, ni la propia Rosario Robles (entonces su pareja sentimental) daba muestra alguna de querer saldar la deuda.
Él, dice, pidió varias veces que alguien le firmara la deuda. Se lo pidió incluso a la propia Rosario. “La recibí en una sala de juntas, en la planta baja del edificio. Me dijo: no te voy a firmar nada, de una manera que me pareció retadora, nada digna de una persona a quien le había confiado tanto y que además tenía una relación personal conmigo”.
Dos años más tarde, en 2006, Ahumada intentaría exculparse. “Esta mañana se presentó un nuevo video donde el empresario argentino confiesa que estas imágenes las pretendió negociar con el Gobierno Federal y otros autores políticos para conseguir una protección por la acusación de fraude de 31 millones de dólares y ampliar sus negocios en otras partes de la República. A esa altura la moral intachable del PRD estaba en entredicho absoluto”, decía la nota de Aristegui el 18 de agosto.
Robles no duraría mucho tiempo al frente de los perredistas. La bomba estallada por Emilio Azcárraga —con la anuencia o complicidad, siempre según la débil palabra de Ahumada, por Carlos Salinas, Diego Fernandez de Cevallos, Vicente Fox y muchos otros— persiguió no sólo al órgano político, sino también a la funcionaria. A Robles le cayó la noche. Sus detractores la acusaron de fomentar la relación Bejarano-Ahumada, de usar su cercanía con Ahumada para otorgar “favores gubernamentales”, de mezclar su vida privada, incluyendo su sexualidad, con la política. Cuando la asonada se hizo incontenible, renunció.
Más tarde ella también explicaría sus razones en su libro Con todo el corazón. Pero a esa altura Rosario Robles y el propio PRD ya nada podían hacer para borrar la mancha indeleble que el escándalo supuso para la altura moral del partido. Y el tema se extendería por casi una década. En 2016 Ahumada interpondría una demanda contra el PRD, y contra la propia Robles.
Los videoescándalos y el “señor de las ligas” pasaron a ser parte de la jerga cotidiana de los mexicanos. Y con ello el desprestigio parcial, pero irreversible, para el PRD completo. Robles se fue del PRD. Bejarano fue expulsado y debió enfrentar procesos legales que terminaron con él en la cárcel. Lo mismo ocurrió con el propio Carlos Ahumada. El presidente sustituto, Leonel Godoy Rangel, pidió disculpas públicas a la ciudadanía. López Obrador, en la práctica el amo de Bejarano, aseguró que todo se trataba de una embestida política en su contra. Pero la historia entre Robles y Ahumada acabaría más mal: en su libro Ahumada hizo público otro encuentro, esta vez el de Rosario Robles con el propio Presidente Vicente Fox. “Quiero renunciar a la presidencia del PRD y pedirle ayuda para resolver el problema económico en que está el partido”, le habría dicho Robles a Fox.
Si se atendiera a la versión de Ahumada, la realidad es lapidaria: el PRD acudía a su enemigo íntimo para sobrevivir. Como fuera, la arista Robles —Ahumada—videos fue el primer gran escándalo público en el que se vería envuelto el PRD. No sería el último.

















