Eduardo Pérez Arroyo

Morelia, Michoacán.- Lo decía el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) explícitamente: la Guerra Fría sigue viva. El objetivo era la guerra insurreccional. Y la táctica, la internacionalización. Debía ser en gran escala.

La historia los avalaba. Durante años decenas de cuadros del Frente habían estado frecuentemente en Nicaragua, El Salvador, Perú, Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, Colombia, Ecuador, Libia, Angola, Mozambique, algunos países de Asia, Unión Soviética, Alemania Oriental, Hungría, Checoeslovaquia y Yugoeslavia, entre otros. Y especialmente en Cuba, recibiendo entrenamiento militar e intelectual de la mano de las huestes de elite de Fidel Castro. Fieles a los postulados leninistas que caracterizaban la línea más dura del comunismo latinoamericano, y que llamaban a internacionalizar la revolución –proletarios del mundo, uníos– las fronteras nacionales eran sólo una circunstancia menor, que podía y debía ser superada cada vez que la causa lo requiriera.

Fidel Castro, quien sostenía la tesis de que en Chile el camino a la revolución debía ser armado, fue uno de los principales apoyos al recién creado Frente Patriótico Manuel Rodríguez.

“La lucha que no tiene fronteras y exige la unidad y la cooperación entre los revolucionarios”, explicarían, años después, los viejos líderes del grupo. Pero eso sería después. Años después. Porque mientras tanto había que honrar el postulado de Lenin. No habría fronteras, no debía haberlas, para llevar apoyo a los subversivos ni para ajusticiar a todo aquel que, desde su trinchera, hubiese luchado para impedir la liberación de los pueblos.

Tampoco las habría para secuestrar en el extranjero.

El negocio de la muerte

Era, para muchos, un personaje nefasto. Partidario de la Ley y el Orden, y del crimen, cuando convenía a sus intereses, fue el arquitecto del sistema binominal que durante décadas impidió que Chile tuviese un sistema electoral que respetara las preferencias de la gente.

Jaime Guzmán también era, tras Manuel Contreras, el segundo objetivo del Frente.

“Jaime Guzmán tuvo influencia decisiva en el temprano ‘hilo conductor’ de largo aliento atrapado por la dictadura. Guzmán fue el principal asesor político de Pinochet, y su Movimiento Gremial, el más influyente grupo de poder civil al interior del régimen militar. También fue un influyente personaje en la organización y preparación del clima de ingobernabilidad previo al golpe militar, uniendo voluntades de gremios de transportistas y comerciantes con las sociedades de industriales y terratenientes.

“En tanto artífice del golpe militar, fue uno de los primeros civiles incorporados al régimen; aunque nunca ocupó cargo administrativo ni político alguno, entregó centenares de nombres de potenciales colaboradores para la dictadura”, diría años más tarde un documento interno del grupo.

Al interior del Frente se vivía, además, un caos. Venía de antes, desde 1987, cuando la fractura se hizo oficial. Fue inevitable. Se trataba de seguir en la vía armada aun ante la posibilidad real de que Pinochet dejara el poder. ¿Para qué, en democracia? Muchas voces, lideradas por el Partido Comunista, ya no justificaban una escalada de violencia. Pero los más duros, los que veían la Historia como un cúmulo de etapas que finalmente conducirían a la emancipación del Hombre Nuevo, percibían a Pinochet como una circunstancia más.

“Los cuadros del Frente venían con una gran actitud de militantes” diría, años después, la líder comunista Gladys Marín. “Se manifestó como una concepción por la experiencia que ellos habían vivido. Muchos de esos cuadros habían estado en Nicaragua, donde el elemento militar era lo decisivo. Esa diferencia nos marcó. Ellos venían con esa concepción y subestimaban al partido”…

Guillermo Teillier, hoy líder del Partido Comunista chileno y en su momento jefe militar de los propios frentistas, asegura a la distancia que ese fue un momento de dolor.

“Cuando se produjo el rompimiento estábamos los comunistas Luis Corvalán, Gladys Marín y yo, y por ellos estaba Pellegrín (Raúl Pellegrín, máximo líder del FPMR). Él leyó un documento en que planteaba que no era enemigo del Partido, que ellos seguían sintiéndose comunistas, pero consideraban que el partido estaba equivocado y habían decidido armar un Frente autónomo”…

Eran tiempos confusos. Galvarino Apablaza era el jefe, pero también estaban el “Comandante Ramiro” (Mauricio Hernández Norambuena) y “El Chele” (Juan Gutiérrez Fischmann). El Frente se debatía entre continuar con la estrategia insurgente o abrirse a los nuevos tiempos. Apablaza estaba a favor de la estrategia del repliegue. Los otros, por reasumir la “Guerra Patriótica Nacional”.

Así lo hicieron.

Fue el quiebre definitivo al interior del FPMR. Los que quedaron decidieron llevar su ideología hasta las últimas consecuencias. Y Jaime Guzmán era uno de sus blancos.

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Llegaron al pie de la escalera y subieron al segundo piso. Sala N, color naranja. Emilio se adelantó. Quería confirmar que el senador Guzmán, también profesor de Derecho de la Pontificia Universidad Católica de Chile, continuara frente a sus alumnos. Así sucedió. Emilio regresó y junto a su compañero de ruta fue al baño. Su fiel revólver Taurus seguía a la mano, a buen resguardo bajo su ropa.

El odio era vital. Durante años Jaime Guzmán había negado la existencia de los detenidos desaparecidos. Pero durante la última década numerosos testimonios de detenidos y torturados aseguraban que salvaron la vida gracias a las intervenciones de Jaime Guzmán. Lo decían con reconocimiento, agradecidos, sin rencor. Para sus seguidores eso demostraba que se trataba de un hombre íntegro, fuel a sus principios católicos, solidario hasta con el enemigo político.

Pero para el frente era un argumento fundamental: Jaime Guzmán había mentido al negar a los desaparecidos. Y eso lo hacía un cómplice.

Emilio y El Negro bajaron y levantaron la vista: Guzmán caminaba. Lo alcanzarían. Repentinamente, algo pasó: el líder de la derecha dejó de caminar. ¿Habría regresado? Emilio avanzó un poco más. De pronto lo vio de frente: las miradas se cruzaron.

“Esta Constitución” había dicho Guzmán en 1980, cuando mediante artimañas se aprobó la nueva carta magna impulsada por el régimen de Pinochet, “está hecha para que, no importa quién gobierne, se vea constreñido a tomar una acción no tan distinta de lo que nosotros haríamos”. Las famosas leyes de amarre, las mismas que impedían tener en el Congreso la representación expresada por voluntad popular y que impedía, por ejemplo, avanzar en una Ley de Amnistía para exterroristas.

Intuyendo algo, Jaime Guzmán regresó. No tuvo dudas. Ya sabía lo que buscaban esos dos extraños que vio en los pasillos. Los hombres dudaron. Habría que eliminarlo afuera, en la calle. Decidieron hacerlo a la salida del Campus, cuando estuviera en su auto. Era arriesgado pero necesario: si escapaba podría alertar a todo el mundo acerca de los empistolados que habían intentado matarlo.

Los testimonios de la época completan la historia.

“El Subaru Legacy 1.8 color gris acero salió lentamente de la universidad y se encaminó hacia el poniente por Battle y Ordóñez. Jaime 35 Guzmán viajaba, como siempre desde que ocupaba el cargo de senador y tenía chofer, sentado al lado del piloto, Luis Fuentes. Cuando el auto llegó frente al paradero de micros, entre el grupo de estudiantes se adelantaron los dos hombres con guantes quirúrgicos sosteniendo sus armas. El Negro enfrentó en diagonal al auto. Emilio quedó frente a la ventana de Jaime Guzmán”.

En este vehículo fue asesinado el senador pinochetista Jaime Guzmán.

Los testigos dicen que fueron 13 disparos. Seis atravesaron el carro. Dos penetraron los órganos vitales del senador.

Así moría el líder de la derecha, el ideólogo de la dictadura, para muchos la mente más brillante al servicio de las causas más oscuras. A vista y paciencia de decenas de chilenos que a esa hora hacían su vida normal en uno de los rincones urbanos más concurridos de la capital chilena, y que con la ayuda de las cámaras de televisión pronto fueron miles.

“Matar a Jaime Guzmán fue una aberración, porque Guzmán fue elegido por el pueblo, fue elegido en democracia”, diría, años más tarde, Enrique Villanueva Molina, el “comandante Eduardo”, el único frentista detenido por el crimen y quien hasta hoy, con resentimiento, se refiere a la acción y el carácter de sus viejos compañeros de ruta.

El exfrentista Enrique Villanueva ha mostrado su rechazo público al asesinato del senador derechista; sus críticas son una muestra de las tensiones internas que se vivían en el FPMR.

Pero eso sería años más tarde, porque primer el gobierno de la recién estrenada democracia, con Patricio Aylwin a la cabeza, debía intentar apagar el incendio que le caía encima.

—Que nadie se llame a engaño, estamos en presencia de un acto terrorista —decía, casi con lágrimas, el Ministro del Interior Enrique Krauss—. Es un atentado también en contra del esfuerzo pacificador en que está empeñado el país entero. Chile ha demostrado reiteradamente que no desea más violencia…

Hasta hoy el entonces Ministro del Interior del recién instalado gobienro, Enrique Krauss, es culpado de que la administración sabía del asesinato a Guzmán. La acusación es un ejemplo de la fragilidad de la democracia de la época.

 

Las casi lágrimas no eran exageradas. Pinochet seguía a la cabeza del Ejército, frente a miles de cuadros afiebrados buscando cualquier excusa para desmoronar de nuevo ese poder civil que los desafiaba tras 17 años de dominio absoluto. De un plumazo, o de un balazo, quedaban atrás miles de horas de búsqueda de acuerdos, consensos, llamados a la mesura y al diálogo. En adelante la historia sería otra.

La muerte de Guzmán era una derrota para la derecha pinochetista. Y también para los propios frentistas.

Noticia de un secuestro

Era el 9 de septiembre de 1991. El país aún no se resarcía de la muerte del hijo pródigo de la derecha. El crimen, que fue condenado por todos los sectores, había vuelto a cero el avance en los delicados equilibrios políticos construidos con sudor y sangre durante años. La maquinaria militar liderada aún por Pinochet, voraz, tomaba cuenta de cualquier error.

Augusto Pinochet (izquierda) continuó ocho años como Comandante en Jefe del Ejército, aún después del período de Patricio Aylwin (derecha). Durante esa época se acuñó en Chile el concepto de “democracia vigilada”.

 

Era de noche cuando los vio. Su padre, el todopoderoso Agustín Edwards –dueño de El Mercurio y La Segunda, los dos periódicos que más se cuadraron con el régimen militar, los de las portadas que hoy son ejemplos de cómo no hacer periodismo, el mismo Edwards que se autoexilió en Estados Unidos apenas triunfó la Unidad Popular para no tener que compartir el mismo paìs con salvador Allende, el mismo que desde el país del norte sostenía reuniones periódicas con el mismísimo Henry Kissinger para analizar cómo tumbar el proceso chileno–les había rogado varias veces que no anduvieran solos en la calle, que aceptaran la guardia privada, que se cuidaran.

Pero su juventud –33 años–, y especialmente porque él no había sido, como su padre, uno de los personajes que aportó su grano de arena para hacer caer definitivamente el socialismo de la historia del mundo, Cristián Edwards del Río, el tercero de los hijos, no tenía las mismas aprensiones que Agustín.

“Creí que me robarían la cartera” diría, meses más tarde, ya en libertad, el propio afectado. “Me pusieron una capucha plástica, me amarraron con cables y me metieron al auto estacionado”.

Se dirigía a su auto cuando sucedió. Tres jóvenes en un coche blanco. Un revólver directamente a la sien.

“Jamás, en los cinco meses siguientes, salí de ahí. Jamás le vi la cara a otra persona. Si tenía algo que decir, debía escribirlo. Si daba un paso, topaba con una pared. Si mostraba signos de orientación, volvían a doparme con medicamentos que consumía junto a las comidas y me alteraban las rutinas. La idea era volverme loco”, resumiría después en su declaración policial. Desde entonces, en esa ratonera, viviría casi cinco meses, solo, custodiado de cerca por sus verdugos.

Entre ellos, el Comandante Emilio.

“Me tironeaba los pelos de la barba para arrancármelos”, diría el secuestrado, más tarde, ante el juez. “Pasaba por periodos de colitis o diarrea y por otros de estreñimiento. Tuve dolor de garganta, los oídos me retumbaban, veía doble muchas veces. Jamás, no obstante, ensucié la caja”.

También mostró signos de agonía. Sus captores pensaron que moriría. Le llevaron un médico y lo salvaron. Mucho más tarde aún resentía su falta de salud mental. “Durante mi prisión imaginé y soñé tantas cosas, que aún hoy hago esfuerzos por discernir entre el mundo de la realidad y el de la fantasía. Varias veces me escapé en sueños. Otras fui liberado con intervención de sirenas y helicópteros; tenía a veces totalmente claras las circunstancias de mi secuestro y liberación y me resultaba lógica la participación de numerosos protagonistas. Es por ello que advierto a ustedes que todo lo que aquí consigno obedece a un esfuerzo personal por dejar de lado cuánto responde a la fantasía o cuánto no se concilie con la lógica”.

El 30 de septiembre los secuestradores hicieron llegar a la familia una carta manuscrita de Cristián Edwards. Iniciaría la negociación. Por esas mismas fechas el gobierno obtuvo el informe definitivo: “fue el Frente. No hay duda. Están escasos de recursos. En esto terminaron los nobles combatientes de la libertad”.

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Las paredes del cubículo de madera ubicado en calle Poeta Vicente Huidobro 3718-1, en una modesta casa en un modesto barrio del Gran Santiago, había bandejas de huevos para aislar el ruido. En el piso, una alfombra verde. En una de las paredes colgaba la hoja con instrucciones:

“No hacer ruido”; “Pararse de frente contra el muro cuando la luz se encienda y apague”; “Al terminar de comer dejar la bandeja en el suelo”; “Comunicarse a través de papeles”…

“La música se mantuvo casi siempre a un volumen de locos, y la luz me cegaba por completo” recordaría Cristián, meses más tarde. “Me cubría los ojos y me tapaba los oídos. No respetaban mis dormidas”.

La respuesta era brutal:

—Estás secuestrado y no de vacaciones. No lo olvides.

Siguiendo la lógica clásica de los manuales de la guerrilla, había dos celadores. Uno malo, uno bueno. El bueno era “El Negro”, el viejo compañero de correrías el Comandante Emilio. Se mostraba comprensivo y permitía al secuestrado salir por unos pocos minutos. Entonces “Rodolfo”, el malo, se indignaba. No hagan eso por ningún motivo. Cómo se les puede ocurrir.

Durante el encierro los problemas abundaban. Un día “El Negro” se disparó accidentalmente en la pierna. Hubo que darle asistencia médica y buscar un reemplazo. En su lugar llegó el Comandante Emilio.

El secuestrado era obediente y las negociaciones avanzaban. Pero quería salir. Al ver que el pago del rescate no llegaba, el propio Cristián Edwards ofrecía pagarlo con tal de quedar libre. ¿El precio? Un millón de dólares. Pero no, no se trataba de eso.

“Daremos publicidad a toda la negociación, dejando al descubierto la actitud insensible de ustedes. Será un gran escándalo. Luego de eso aparecerá el cadáver de Cristián” decían los secuestradores, intentando con esos resquicios dejar mal parada a la derecha que no respetaba el bienestar del ser humano. Ni siquiera el de sus hijos.

Dos semanas después fue publicado un nuevo aviso económico de El Mercurio donde la familia ofrecía un millón de dólares. El trato quedó cerrado. El 31 de enero de 1992 Agustín Edwards pagó. El gobierno ya estaba enterado. Los asesores, entre ellos el padre jesuita Renato Poblete, le habían recomendado: hágale caso al gobierno. Siga rigurosamente las instrucciones de los secuestradores”. Esa noche Cristián fue liberado.

Tras casi 5 meses, Cristián Edwards fue liberado en febrero de 1992. Oficialmente la familia pagó 1 millón de dólares por su rescate.

Pero tras cinco meses la policía rondaba cerca. El día en que los frentistas recibían el pago del rescate hicieron una fiesta. A esa misma hora, en otro punto de la ciudad, los detectives interceptaban una conversación de Marcela Mardones, “Ximena” , la misma que meses antes había vigilado el auto en donde arrancaron los victimarios de Jaime Guzmán, y que en esta operación era una de las encargadas de la parte logística, entre ellas algo no menor: el cobro. Ximena y su pareja partirían a la playa el día siguiente. Rápidos, discretos, los detectives los siguieron. Cuando pasaran por la caseta de peaje camino a Valparaíso les caerían encima. Sería un golpe al combate a la delincuencia y la subversión.

Las cosas no sucedieron así. El día del viaje a la costa a Ximena y su marido les falló el carro. Bajaron a repararlo, y ya no subieron más. Nunca más. Nunca llegaron a la caseta de peaje, nunca los detectives los pudieron agarrar. Así se esfumaron Ximena y su esposo: el Comandante Emilio.

Raúl Escobar se escapaba de nuevo.

Una alberca en Brasil

Nada de sabía de ellos desde hacía años. Habían pasado seis desde la Operación “Vuelo de justicia”, y casi 11 desde el asesinato del senador Jaime Guzmán y el secuestro del Cristián Edwards.

Un publicista brasileño los trajo de vuelta.

Era febrero del 2002. El elemento de la Policía Federal abrió de una patada la puerta de la casa con alberca ubicada en la calle de Sierra Negra, a 150 kilómetros de Sao Paulo. En apresurado portugués ordenó dar un rodeo, abrir por la fuerza todas las demás puertas del inmueble, abrir fuego si era necesario. Tras la revisión hallaron dos pistolas semiautomáticas con la inscripción “Carabineros de Chile” y seis mil dólares en efectivo. Después, en una maleta, la prueba decisiva: unas cartas escritas por Washington Olivetto, el profesional considerado un gurú de la publicidad en Brasil.

“No creí ser una persona deseable para secuestradores” diría, años después, recobrada la libertad. “No soy millonario”.

Pero el Frente pensaba otra cosa.

Durante la época de su secuestro Washington Olivetto era, y aún es, una referencia mundial de la Publicidad.

Eran los tiempos en que los acomodos de la política latinoamericana ya no daban cabida a los subversivos. Los guerrilleros, huérfanos de la Guerra Fría, habían quedado desempleados. No quedaba más que sobrevivir de sus habilidades de extorsión e inteligencia para mantenerse a salvo, escondidos del mundo entero. Las mismas habilidades tan bien reputadas en otro momento de la historia ahora eran simplemente delincuencia común. Los casi héroes de los años 80 quedaban sin asiento en el experimento socialdemócrata chileno; los viejos camaradas de armas que después optaron por la vía pacífica tomaban puestos de gobierno, asesoraban a políticos, se sentaban en las ceremonias oficiales a pocos metros del mismísimo Pinochet.

Ellos no. Ellos estaban solos.

Y ellos lo sabían. Con la “Operación Alondra” pretendían conseguir 10 millones de dólares para reparar las alicaídas arcas del grupo. Y para ganar primero había que gastar. El dueño del lugar en donde se hospedaban quedó intrigado al recibir dos mil dólares en efectivo. ¿De dónde sacarían tanto dinero esos extranjeros tan extraños?

Cuando más tarde la policía llegó a la casa pareada de dos pisos ubicada en el barrio Brooklyn de Sao Paulo, en la calle Kansas 40, encontró al publicista Olivetto en una celda similar a la que casi una década antes el Frente mantuvo secuestrado a Cristián Edwards. Cuando entraron la luz cegó al publicista. Olivetto Estaba sucio, desprolijo, delgado: habían pasado 53 días. El publicista había llegado a odiar la música que antes le encantaba: Caetano, Tchaikovski… La banda sonora que lo torturó durante esos casi dos meses.

“Me di cuenta de que la cosa era muy seria cuando en el segundo día de cautiverio los secuestradores me dieron una revista The Economist” diría Olivetto, ya libre, más tarde. “Yo me dije: si leen esta revista, estos tipos son pesados”.

Uno de ellos, uno de los tipos pesados, era el Comandante Emilio.

El descubrimiento y liberación de Olivetto había empezado antes, cuando el arrendador no pudo más con sus sospechas y dio parte a la policía. Unos tipos extraños, que pagan en efectivo. Dicen que son turistas, pero casi no salen de la casa.

Lo demás sucedió rápido.

—Me capturaron— escuchó el Comandante Emilio—. Liberen al señor.

La voz era de Mauricio Hernández Norambuena, otro de los condenados por la muerte del senador Jaime Guzmán y por el secuestro del empresario Cristián Edwards. Les hablaba desde un cuartel policial de Sao Paulo. Utilizando a su favor la formación táctica guerrillera de años, había ofrecido a sus captores una oferta que no podían rechazar: yo caigo, pero doy el aviso a los Comandantes Emilio y Ramiro y ellos escapan.

Mauricio Hernández Norambuena fue el líder del secuestro del publicista brasileño. Permanece preso en una cárcel de Brasil.

Sólo entonces las pesquisas permitieron descubrir qué había sido de aquellos cuya última noticia había sido la organización de una espectacular fuga en helicóptero. Pronto las pesquisas se dispararon. En junio de 2002, casi seis meses después de la liberación del publicista, los detectives chilenos que aún trabajaban en el caso Guzmán detectaron al Comandante Emilio en la frontera de Brasil con Uruguay. Por fin estaba a la vista.

Pero la Policía Federal de Brasil no podía actuar sin una orden.

Mientras tanto Emilio y otro de los exsubversivos, Pablo, paseaban entre Uruguay y Brasil. En Santana do Livramento arrendaban una casa. Los vigilaban policías chilenos y brasileños hasta que un día, por obra y gracia de la interminable burocracia latinoamericana, los chilenos debieron regresar a su país. Desde entonces sólo los vigilarían los brasileños.

Una semana después hubo nuevas noticias. El gobierno chileno presionaba para que los jueces que investigaban el asesinato del senador Guzmán y el secuestro de Edwards emitieran órdenes de captura contra Emilio y Pablo. La orden de detención salió el 17 de junio. Pero la policía brasileña llegó a allanar el domicilio con dos días de retardo. En total habían pasado nueve días sin actuar.

Cuando llegaron los frentistas habían desaparecido. Alguien los alertó a tiempo.

“Desde que se cerró el episodio de mi secuestro me prometí no volver a comentarlo”, diría, años más tarde, de Washington Olivetto. Cada quien, agregaría, cargará sus fantasmas como mejor pueda.

Y un fantasma atravesaba nuevas fronteras para quedar fuera de la cacería judicial sudamericana. Raúl Escobar, el Comandante Emilio, se esfumaba de nuevo. Esta vez el fantasma iría un poco más al norte. Su destino final: México.

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