Crédito de imagen: Museo a Cielo Abierto La Pincoya

Eduardo Pérez Arroyo

Primera parte

Morelia, Michoacán.- Quince metros. Ni uno menos. Esa debía ser la altura.

—Ni uno menos —repite el comandante y líder de la operación, en un tono que no admite réplica—. Y en tres minutos. Ni uno más: tres minutos.

Tiene razón el comandante. Todos lo saben. Y le obedecen. Si lanzan el canasto a una altura mayor todo el vuelo se podría desestabilizar. Y si eso pasa, con suerte saldrían vivos.

También está el tiempo. Si demoran más podrían recibir disparos. Y eso sería fatal.

Todo era tan delicado que el margen de error debe reducirse al mínimo.

“Lo habíamos comenzado a preparar un año atrás” diría, años más tarde, uno de los protagonistas. “Lo gestó y decidió la Dirección Nacional. El único objetivo era liberar a nuestros prisioneros políticos que habían caído varios años antes. Hicimos incluso una maqueta de la cárcel”.

Con esta maqueta los frentistas realizaron, durante meses, los análisis previos al exitoso escape.

Hubo, al principio, otras dos alternativas de rescate. Ambas, tras rigurosos análisis que les llevaron meses enteros, fueron descartadas, una por dificultad logística y otra porque obligaba a abrir fuego. Y nadie en el Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR) quería más muertos. Demasiados muertos ya había dejado la sangrienta dictadura de Augusto Pinochet.

30 de diciembre de 1991. El helicóptero se detiene justo encima de la cubeta amarilla ubicada en el centro del patio de la Cárcel de Alta Seguridad de Santiago de Chile. Es la señal.

En este canasto de aluminio y kevlar huyeron colgando los 4 frentistas liberados. Era 1996.

 

Todo ocurre en menos de tres minutos. Los tripulantes llegan disparando y lanzan el canasto en donde huirán los cuatro. Pero el canasto cae al revés. El piloto espera que los que futuros liberados lo volteen y que uno de ellos recoja un arma que cayó al patio. No pueden arriesgarse a que les disparen mientras emprenden la retirada­. Después ya no esperan más. Parten sin esperar a que los cuatro terminen de subir.

“La idea era distribuir el peso de manera uniforme para tener estabilidad” recordaría uno de los liberados ese día. “Yo iba a ir de espalda con Ricardo Palma Salamanca. Igual que Pablo Muñoz con Mauricio Hernández”.

No sucedió así. Dos de los cuatro rescatados quedaron con medio cuerpo afuera y volaron todo el trayecto colgando por sobre el océano de casas interminables del Gran Santiago.

Los rescatados serían cuatro. Ricardo Palma Salamanca, Pablo Muñoz Hoffmann, Mauricio Hernández y Patricio Ortiz Montenegro. Todos implicados en los mayores atentados políticos de la historia reciente de Chile.

“Yo debía esperar que nuestro piloto bajara hasta quedar a exactos quince metros del suelo para poder lanzar el canasto. En esto no podíamos fallar” relataría, aún con un cosquilleo en el estómago, uno de los combatientes.

La historia de por qué se escogió un helicóptero fue una de las tantas ironías que rodearon esa operación que muchos llamaron el Rescate del Siglo.

“Fueron dos cosas” diría, años más tarde, otro de los frentistas. “Primero, permitía una maniobra limpia, sin tener que matar a nadie. Segundo, la vulnerabilidad del sistema de control y defensa del país ya había sido demostrada con el traslado de Manuel Contreras en un helicóptero oficial, ante la presencia y expectación de cientos de periodistas y autoridades de gobierno”.

Manuel Contreras. Uno de los mayores y más sanguinarios asesinos de la dictadura de Augusto Pinochet. Tristemente célebre por poner ratas vivas en la vagina de las mujeres y por amarrar pedazos de rieles de ferrocarril a los hombres antes de lanzarlos al mar. Vivos. Contreras había sido declarado culpable de delitos de lesa humanidad, poco tiempo atrás. El Ejército, desafiando frontalmente al poder civil, lo trasladó sin autorización a un recinto militar. Y para los frentistas a esa altura resultaba un enemigo declarado cuya cabeza tenía precio. Su rostro había aparecido en volantes cruzado por una tajante X, reservada sólo para los objetivos mayores.

Manuel Contreras (izquierda) fue el agente mayor de la policía secreta de Pinochet. Paradójicamente, su defensa dio la idea de usar un helicóptero en la ‘Operación Vuelo de Justicia’. Murió en 2015.

 

A 200 kilómetros por hora, con los cuatro hombres girando en la precaria bolsa –dos de ellos aún colgando– el helicóptero llega al sur de Santiago. Uno de ls fugitivos grita: está a punto de caer. A 500 metros sobre el piso el golpe será fatal. Uno de sus compañeros, arriesgándose a desequilibrar el armazón completo –helicóptero incluido– lo toma y logra lanzarlo adentro. Después el vehículo desciende, realiza un aterrizaje sin vuelo estacionario –una maniobra necesaria para reducir el riesgo de estamparse en el suelo– y se posa en una cancha de fútbol. Decenas de pobladores los miran atónitos. Minutos después los mirará todo un país convulsionado. Y poco después el mundo.

“Operación Vuelo de Justicia. Así le llamamos” diría uno de sus protagonistas, años después. “Necesitábamos rescatar a los compañeros que permanecían presos por hacer justicia, mientras Pinochet, el victimario, se mantenía enquistado en la Comandancia en Jefe del Ejército. Cuando lo logramos, la felicidad fue inmensa. Quedó en claro que el rodriguismo existía, y el Frente también. No salimos de la cárcel arrodillados ni caminando. Salimos volando”.

El helicóptero fue hallado más tarde en la zona sur de Santiago.

 

Operando un diseño de relojería, en otro punto de la urbe otros implicados preparan la retirada en un vehículo premunido con dos M-16 para espantar los problemas. Y después, mientras conducen a toda velocidad por la comuna de La Florida, hablan a la Dirección Nacional del Frente.

—El comandante ha cumplido el objetivo. La operación fue un éxito.

La decisión de salir por el aire provino directamente de la Dirección Nacional del Frente, diría años más tarde uno de los que se fugaron. “Se destinó a los más experimentados cuadros operativos, a los mejores recursos en esta tarea”.

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Así, cinematográfica, como sacada de una novela de espías de la Guerra Fría, fue la vida de Raúl Escobar, alias Ramón Alberto Guevara, alias Comandante Emilio. Uno de los más experimentados cuadros operativos, uno de los mejores recursos del FPMR. El mismo que más tarde asesinaría a un senador de la República identificado con el más rancio pinochetismo, el mismo que secuestraría por meses al hijo del dueño de uno de los periódicos más importantes del mundo. El mismo que mantendría a dos países en vilo al tener cautivo por varias semanas a un publicista que era referencia mundial.

El mismo que cayó, en México, hace una semana.

Un joven llamado Raúl

Había nacido en octubre de 1963 y en el año 87 había decidido ingresar al Frente. Su caso, como tantos otros, partió por una motivación familiar: su tía, Elizabeth Escobar Mondaca, fue una de las muertas de la “Operación Albania”, que llevó a la muerte a 12 miembros del frente, entre ellos el responsable del atentado a Pinochet Raúl Valenzuela Levy.

Pero Raúl no era un comunista de pura cepa.

A mediados de los 80 decenas de jóvenes comunistas chilenos se enrolaban para recibir instrucción militar, cumpliendo así el sueño del internacionalismo revolucionario: primero completaban sus estudios y después llegaban a ser oficiales de Estado Mayor, eran destinados por el mítico líder del Departamento América, Manuel Barbarroja Piñeiro, a la lucha armada en América Central, lideraban las células militares que más tarde derrocarían a Somoza en Nicaragua, se integraban con honores al frente Farabundo Martí en El Salvador, partían a llevar la insurrección a Asia y África, se especializaban en inteligencia y contrainteligencia en Moscú, Budapest o lo que quedaba de la vieja Alemania Oriental, o en tácticas prácticas de insurgencia en Libia, Angola o Mozambique.

Y mientras tanto, Raúl delinquía.

“La vida no siempre es generosa con las vocaciones heroicas” diría, años más tarde, el periodista Ascanio Cavallo. “A Raúl Escobar por ejemplo, le mezquinó durante años las oportunidades gloriosas. En la segunda mitad de los 80, en plena dictadura, apenas le reservó un debut como delincuente común con un asalto que fracasó y terminó en la muerte de su hermano mayor”[1].

Durante su condena, agrega el autor, “leyendo por enésima vez El Príncipe, conoció a Pedro Arancibia, y por él a Mauricio Arenas Bejas, que al menos para los estándares patibularios, era un héroe de verdad: uno de los protagonistas del mitológico atentado contra el general Augusto Pinochet”.

Recién entonces el joven Raúl hallaría eco a su vocación de ir un poco más allá de la miseria que había conocido en la cárcel y en la pobre colonia en que vivía.

También tuvo suerte. Eran los días en que el Frente Patriótico ya no era lo que había sido. Las dudas internas carcomían hasta los cimientos las conciencias de miles de cuadros que, acorde con espíritu militar, necesitaban certezas y órdenes precisas, y no dudas semánticas o conceptuales. Muchos advertían que el proyecto insurgente había llegado tarde a la historia, porque había nacido para ser uno de los puntos de vanguardia de la Guerra Fría justo cuando la Guerra Fría se extinguía. Y eso generaba dudas.

—A Raúl Escobar el ascenso le resultó rápido en una estructura que en otro momento hubiese requerido años de formación —diría, años después, Cavallo—. Ahora por sobre la formación bastaban la audacia, la rapidez, la decisión.

Esa supuesta decadencia conceptual sería la génesis de lo que con los años se convertiría en diferencias insalvables para las distintas facciones en el interior del grupo.

“Nos habíamos convertido en un sistema que no aceptaba críticas ni cuestionamientos, propio de una mentalidad operativa que buscaba vencer y no convencer. Que subestimaba el análisis e impedía una lectura acertada de la realidad. Las limitaciones e incapacidades pretendían ser compensadas por decisión y voluntad, la ausencia de condiciones se intentaba llenar con un derroche de subjetivismo y, por más que se aceptaran los cambios en el mundo, se imponía una misma manera de hacer política” diría, años después, uno de los principales líderes de la época.

Pero ese análisis llegaría sólo años más tarde. Mientras tanto, a fines de los 80, entre esas desconfianzas, recelos, vacilaciones ontológicas y normativas, Emilio llegó.

Su ascenso fue rápido. Y la estela de sus acciones operativas también.

“El 9 de junio de 1989 acribilló a Roberto Fuentes Morrison, miembro del Comando Conjunto Antisubversivo, una de las policías de Pinochet. El 10 de mayo de 1990 le destrozó, con 18 tiros, la mandíbula y el cráneo al fundador del OS-7 de Carabineros, Luis Fontaine. Y el 26 de octubre de ese mismo año remató en el suelo a Víctor Valenzuela Montecinos, ex escolta de avanzada del general Augusto Pinochet. Junto con Ricardo Palma Salamanca, quien se sentía invencible de la mano de su jefe Raúl Escobar Poblete, siete años mayor que él. Ambos se habían hecho fama en el interior del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Les llamaban ‘la dupla letal’”.[2]

Y la letalidad era la norma. La descripción detallada del crimen del ex escolta Valenzuela lo confirma.

“En la Villa Santa Elena todos conocían al sargento Valenzuela, quien no ocultaba su orgullo de ser escolta de ‘mi general’. Todos entendían también que tras la contenida jactancia se ocultaba el oficio más bien modesto del adelantado que ordenaba el tránsito para el paso de la caravana (…) Escobar sabía de esas historias, las comentaba con sus amigos de siempre, conocía al sargento y hasta habían jugado algunos partidos de futbol en las canchas polvorientas de la villa. Al anochecer del 26 de octubre de 1990 lo asesinó por la espalda. El sargento salía de su casa cuando recibió los disparos a quemarropa. ¿Alcanzaría a ver Valenzuela el feroz rostro de su verdugo, el muchacho de unas cuadras más allá?” [3]

Raúl Escobar ya no era más Raúl Escobar. Había nacido el Comandante Emilio.

Raúl Escobar, más tarde rebautizado como Comandante Emilio.

La causa bella

Era julio de 1983. Por las vigiladas fronteras chilenos ingresaban clandestinamente, provenientes de Cuba, los primeros cinco “comandantes” que formarían el futuro Frente Patriótico Manuel Rodríguez. El primero, Moisés Marilao. Lo seguían Raúl Pellegrin y otros tres que, según la leyenda, nunca fueron identificados.

En diciembre de ese año el Frente Patriótico Manuel Rodríguez se daba a conocer de manera pública.

La misión era teóricamente simple: ser un complemento de las luchas populares, un referente político militar, un encargado de la necesidad histórica de romper la lógica del monopolio de las armas en manos de los poderosos. También, según la jerga interna, eliminar al Pinochet, el tirano.

Aunque la oscura contrapropaganda que sufrieron por décadas decía lo contrario, para un frentista la ética era un factor fundamental a la hora de comprender el universo. Se luchaba por cambiar las injusticias sociales, no para obtener beneficios de cualquier tipo. Se postergaban carreras, familias, vidas enteras con tal de estar disponible para la causa. Se seguía al pie de la letra la sentencia de Fidel Castro, una de sus mayores referencias: “un revolucionario tiene que darlo todo”.

La insurrección no era cualquier cosa. Se trataba de poner justicia después de haber intentado todas las vías de la negociación política, la razón, el entendimiento. Mientras tanto los muertos, torturados y desaparecidos se multiplicaban en Chile hasta el punto de que ya casi nadie no tenía al menos un amigo del barrio torturado, muerto, desaparecido.

Y ante la imposibilidad de otro camino —preferible, deseable— la única vía eran las armas.

La Historia con mayúsculas obligaba a que algunos de sus hijos predilectos lideraran la insurrección que salvaría a Chile, a Latinoamérica y a buena parte del mundo del oprobio. Así pensaban los frentistas de entonces, y así lo entendió gran parte del pueblo chileno que durante la dictadura le abría las puertas, prestaba escondites y hacía llegar víveres, apoyo logístico y hasta dinero en efectivo a los combatientes de la libertad.

Un complejo entramado simbólico confirmaba esa visión mesiánica de la historia. Un documento anterior al primer quiebre de 1987 definía al rodriguismo como “la aplicación creadora del marxismo-leninismo a la realidad chilena. Se trataba de rescatar las más puras tradiciones de lucha de nuestro pueblo, desde los tiempos del heroico Arauco, el legendario Manuel Rodríguez, las luchas del movimiento obrero con Recabarren y Lafferte, hasta nuestros más recientes años, con los ejemplos heroicos de Allende, Víctor Jara, Miguel Enríquez…

“El frente se declaraba heredero de todos los luchadores que defendían, según ellos la libertad y la dignidad popular. Además era internacionalista, al declararse admirador de Martí, Sandino, Farabundo Martí y Vietnam, en cuyos países se formaron o combatieron oficiales rodriguistas. El FPMR creó su propio emblema, basado en su sigla en donde la F se convertía en un fusil. A cargo del cantautor Patricio Manns estuvo su himno, conocido como La marcha del Frente”.[4]

También tuvieron su juramento, que sintetizaba con acierto lo que cada uno esperaba de sí mismos.

  • PROMETO, ante el pueblo de Chile, el FPMR y el recuerdo de nuestros hermanos caídos, entregarme con todas mis fuerzas en esta lucha a muerte que hemos decidido por recobrar la libertad, no vacilando en dar mi vida, si fuera necesario.
  • PROMETO, luchar día a día por superarme, para ser digno hijo de esta tierra y de los principios que dieron origen al FPMR, pues veo en el Rodriguismo los más altos valores patrios y humanos, y en nuestra organización, al guía y conductor de la auténtica liberación nacional.
  • CON AUDACIA, DISCIPLINA Y PARIOTISMO, asumo los deberes correspondientes al grado de MILITANTE RODRIGUISTA y me declaro dispuesto, desde este momento a acatar las órdenes y decisiones que emanen de nuestra DIRECCION NACIONAL.

Esa misma lógica intentarían aplicar, incluso, entre el fragor de las balas. Incluso cuando realizaron el mayor operativo en su historia, su acción de guerra por excelencia: el atentado contra el mismísimo Augusto Pinochet. La preocupación por no asesinar a quienes no tenía arte ni parte en las maniobras del régimen era real. Si se luchaba para mejorar la condición del ser humano en el mundo, la muerte innecesaria no cabía ahí.

Fue por eso que para armar ese operativo, bautizado acertadamente como Operación Siglo XX, desecharon una por una las alternativas que implicaban la muerte de cualquier inocente que rodeara al aciago general.

“Nos llegaban recados de señoras que estaban seguras de poder pasar por pinochetistas y lograr acercarse a él durante las giras a provincias, señoras que estaban dispuestas a cargar explosivos, entre sus ropas y activarlos en el momento adecuado. Se desechó esa posibilidad porque ensuciaba el objetivo, al matar y herir a personas inocentes que estuvieran cerca”, aseguró un comandante del FPMR a las periodistas Patricia Verdugo y Carmen Hertz cuando más tarde llevaron la historia de ese fallido atentado al papel[5].

Así quedó el auto de sus escoltas durante el atentado contra Augusto Pinochet. El dictador salió con vida.

 

Pero la humanidad de los frentistas también rebosaba en otros aspectos. En plenos preparativos del rescate en helicóptero, en 1996, todo el grupo responsable se congregó el día 14, para el décimotercer aniversario del movimiento. Sólo entonces cada uno se enteró de qué se trataba la aventura. Para ellos fue un momento “maravilloso”.

“Todo el mundo estaba contento y confiado” diría, años más tarde, el propio Comandante Emilio. “A diferencia de otras operaciones, el hecho de ir a juntarnos con nuestros hermanos dejaba todo en familia. Cualquiera que fuera el desenlace de esta operación, íbamos a quedar entre hermanos.

Y mientras tanto, la vida seguía.

“En ese clima fraterno, que caracterizó siempre la convivencia del grupo, se celebró el cumpleaños de un combatiente y se festejó la Navidad. Incluso, fue en medio de los petardos de Nochebuena que los compañeros aprovecharon para probar sus armas”.

Había que endurecerse sin perder la ternura. Y sin embargo, a pesar de esa ética furiosa, la muerte cabalgaba en el lomo de los frentistas.

Para ellos la Guerra Fría seguía viva. Y su negocio era la insurrección armada, que en términos reales es sinónimo de la guerra total. Y la guerra total acarrea la muerte total. Los mismos frentistas que desechaban la muerte de civiles inocentes no retrocedían cuando se trataba de secuestrar y matar a sus enemigos políticos como Cristián Edwards, hijo del dueño del diario El Mercurio, o Jaime Guzmán, el ultracatólico, ultrabrillante y ultrafascista abogado que fundó el partido de la derecha más recalcitrante en Chile y cuya muerte fue una genuina demostración de que el negocio de esa guerra estaba en manos de profesionales.

Cristián Edwards, hijo del dueño del diario El Mercurio, permaneció secuestrado cerca de cinco meses.

—Su victimario se acercó a Jaime caminando, con el arma en la mano frente a sus ojos, apuntándolo directamente, sin detenerse. Como un profesional— diría más tarde uno de los testigos de la escena.

Un acertado reconocimiento al ejecutor. Un reconocimiento, a la vez, cargado de odio. Odio al enemigo. Ese profesional, ese enemigo, era el Comandante Emilio.

 

Jaime Guzmán, el ‘joven prodigio’ que trabajó de cerca junto a Pinochet, fue el principal ideólogo de la Constitución de 1980, y uno de los personajes políticos más odiados por la izquierda de la época.

 

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[1] Ascanio Cavallo, La historia oculta de la transición, 1998.

[2] Lilian Olivares, Asesinato en el Campus Oriente, 2012.

[3] Ascanio Cavallo, op. cit

[4] Rolando Álvarez, Los “hermanos Rodriguistas”. La división del Frente Patriótico Manuel Rodríguez y el nacimiento de una nueva cultura política en la izquierda chilena. 1975-1987, 2009.

[5] Patricia Verdugo, Carmen Hertz, Operación Siglo XX, 1990.

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Lee también: 

El negocio de la guerra II: La Revolución exportada

El negocio de la guerra III: La revolución traicionada


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