De los comicios de 2018 surgirá un presidente o presidenta que, con suerte, se aproximará a los 15 millones de votos, de un padrón electoral que rondará los 84 millones de ciudadanos en un país que en el censo de 2015 reportó 119 millones 530 mil 753 habitantes.
En términos de legitimidad, quien gane podrá decir lo que quiera, pero los números lo desmentirán. Si bien le va, podrá “presumir” -un decir cargado de pena y alta dosis de de avergüenza- que dos de cada diez mexicanos mayores de edad votaron por su “propuesta”.
Lo anterior para los efectos de legitimidad -que, por lo demás, a todos los competidores les vale un pedacito de almendra-, pero para los efectos prácticos, ahí sí que le sufrirán, puesto que ninguno tendrá ni mayoría en el Congreso de la Unión; ni de gobernadores en el país ni en los Congresos locales. Eso es lo que le pinta a la nación.
Podrá decirse que nada muy distinto a lo que hemos visto en los últimos 18 años; en números, tal vez no, pero la crisis de gobernabilidad podría agravarse en 2018, por la alta polarización, la alarmante inseguridad en todo el país y las reformas económicas y educativa que estarán en juego. Los riesgos son latentes y saltan a la vista: la elección federal del próximo año significará uno o dos pasos adelante o diez para atrás.
Por donde se le vea: sea quien sea el ganador o ganadora, con esos márgenes que se vislumbran, pues sencillamente lo que menos puede haber es optimismo. ¿O cómo piensan gobernar? Lo peor: sin cauces democráticos para los acuerdos y la gobernanza, lo que sigue es el autoritarismo y el absolutismo.
¿No será lo mismo que en 2000, 2006 y 2012? Bueno, pues entonces miremos lo que ocurrió hace una semana en el Estado de México, que para muchos es la antesala de lo que se verá en la presidencial del 18. Los números son desalentadores:
Población del Estado de México, según el censo de 2015: 16 millones 187 mil 608 habitantes; su padrón electoral es de 11 millones 348 mil ciudadanos; votaron el domingo 4 de junio, 6 millones 808 mil… Y el ganador, Alfredo del Mazo, obtuvo 2 millones 48 mil sufragios.
O sea, solo uno de cada seis mexiquenses que fueron a las urnas votaron por el próximo gobernador. Los otros cinco se repartieron entre otras opciones.
¡Ufff! Y mejor ni entremos al tema de los millones y millones que no votan por ninguno. ¿Cuál legitimidad? ¿Qué gobierno nos espera? ¿Para esto alcanza nuestra democracia?
Aquí se queda… ¡aquí entre nos!







