Ser indígena hoy

La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos es muy clara en los primeros cinco párrafos de su artículo 2 (http://www.ordenjuridico.gob.mx/Constitucion/cn16.pdf):

“La Nación Mexicana es única e indivisible.

“La Nación tiene una composición pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas que son aquellos que descienden de poblaciones que habitaban en el territorio actual del país al iniciarse la colonización y que conservan sus propias instituciones sociales, económicas, culturales y políticas, o parte de ellas.

“La conciencia de su identidad indígena deberá ser criterio fundamental para determinar a quiénes se aplican las disposiciones sobre pueblos indígenas.

“Son comunidades integrantes de un pueblo indígena, aquellas que formen una unidad social, económica y cultural, asentadas en un territorio y que reconocen autoridades propias de acuerdo con sus usos y costumbres.

“El derecho de los pueblos indígenas a la libre determinación se ejercerá en un marco constitucional de autonomía que asegure la unidad nacional. El reconocimiento de los pueblos y comunidades indígenas se hará en las constituciones y leyes de las entidades federativas, las que deberán tomar en cuenta, además de los principios generales establecidos en los párrafos anteriores de este artículo, criterios etnolingüísticos y de asentamiento físico”.

Sin embargo, tristemente, ser indígena en México no es motivo de orgullo. Se carga —¿cargamos?— con el síndrome de la Malinche. Y por más que la ley los contempla, siguen siendo los olvidados, siguen siendo los invisibles, siguen siendo los marginados. Tan así, que cuando estallan se convierten en sorpresa histórica, como aquel 1 de enero de 1994, cuando el Ejército Zapatista de Liberación Nacional salió del silencio de la selva chiapaneca para gritar a voz en cuello todas las atrocidades que se habían cometido contra ellos y el estado mexicano solo pudo acorralarlos y después de meses, concederles lo que la Constitución ya establecía: respeto a sus usos y costumbres.

Lo mismo, pero con otras formas, sucedió en Oaxaca, en Guerreo, en Chihuahua, en la huasteca, en Michoacán… Se les concedió derechos para solo abandonarlos, más, a su suerte. Si tienen litigios, necesidades, problemas con el crimen organizado, la respuesta de los diferentes órdenes del gobierno es dejarlos, que para eso tienen sus propias formas de autogobierno.

Ser indígena en México hoy en día es más folklórico que motivo de jactancia. Ser indígena es poner en evidencia nuestro clasismo. Ser indígena es ser señalado de inculto, de poco instruido, de atrasado. Ser indígena, tristemente, es ser mexicano de segunda.

No ser indígena es olvidar todo el acervo histórico, de tradiciones y religiones milenarias, sabias y profundas, cercanas a la tierra, que deseamos ignorar.

Olvidamos sus lenguas; nos avergüenzan sus tradiciones, sus ropas, sus ritos. Menospreciamos su sencillez y sabiduría; los obligamos a la pobreza. Seguimos intercambiando con ellos cuentas de vidrio por su riqueza ancestral. Les robamos, les matamos, les mentimos… Seguimos condenándolos a otros 500 años de soledad y marginación.

Por eso, hoy mi apoyo total y absoluto a los pueblos de la cañada purépecha. Mi apoyo absoluto a Arantepacua. Hoy yo soy uno de ellos.

Pero esto es tan solo mi sentir.

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