¿Cuánto valen nuestros derechos humanos?
Por Alejandro Báez
La semana pasada, Amnistía Internacional emitió un documento en donde establece que América Latina, en general, y México, en particular (junto a Venezuela, El Salvador, Honduras y Guatemala) enfrentan una de las peores crisis de derechos humanos en el hemisferio (leer el texto completo aquí).
No es de sorprender. A lo largo simplemente de lo que va este siglo, hemos visto cómo la población civil es cada día más vulnerable en todos los sentidos: se seguridad, su educación, se libre tránsito, su economía y un largo etcétera.
Si le sumamos desde la guerra sucia, desatada por el gobierno de Luis Echeverría, en los años 70, a la fecha, es casi medio siglo en donde cualquiera que esté en algún margen de la ley, es perseguido, desaparecido, violentado o asesinado por el estado. Lo mismo un emigrante que un narcotraficante; lo mismo un estudiante universitario que reclama sus derechos que un sindicalista que protesta por su fuente de trabajo; lo mismo las mujeres que los grupos homosexuales; lo mismo la población urbana que los indígenas…: No se salva nadie de la picota estatal.
La descomposición social que México presenta es parte de nuestra doble moral endémica. Nos quejamos mucho, en todos los ámbitos, por el maltrato que sufren nuestras paisanos en Estados Unidos, incluso desde antes de las políticas extremistas de Donald Trump, pero no somos capaces de ver hacia adentro y quejarnos igual: las pésimas condiciones de millones de mexicanos que no tienen expectativas y, ante del deslumbre del sueño americano, migran al norte, con más esperanzas que realidades; o el trato inhumano que políticos, empresarios, polleros, comerciantes o gente de la calle le proporciona a los centroamericanos que atraviesan la frontera sur, en el tren denominado La bestia, también en pos de una mejor calidad de vida. Con los sud y centroamericanos que vienen del sur, hermanos nuestros, somos iguales o peores que los americanos con nuestra gente. Y nos molestamos. Hipócritas y sepulcros blanqueados que somos.
Ocho sexenios de porquería en lo relativo a los derechos humanos nos han gobernado; pero los últimos tres han demostrado su cobre y su valía. La guerra de Felipe Calderón, perpetuada por Enrique Peña Nieto, quien, además, igual que su predecesor, han sido implacables con las voces disidentes, han marcado todo un hito en la violación a los derechos humanos: asesinatos de periodistas al por mayor, defensores sociales muertos o en la cárcel, organismos descentralizados y paraestatales aniquiladas (allí están Luz y Fuerza del Centro y Pemex) y el terror en la calle patrullada por el ejército, quien dejó las bases militares para convertirse en policía y ejecutor.
Estamos tan cerca de la impunidad que ya nos acostumbramos a esta. Estamos tan contaminados por la corrupción que hasta chistes intolerantes hacemos: “Antes, lo políticos robaban, pero por lo menos hacían algo”. Pura insensibilidad colectiva. Pura mediocridad aceptada. Pura desesperación clamada por todos.
Dime a quién le reclamas y te diré tus fobias y tus filias políticas. Es desesperante que la violación sistemática a nuestras mínimas garantías humanas sea de tan cotidiano que validemos a los partidos políticos desde su acción o inacción ante ellos. En lugar de ello, deberíamos exigir nuestra seguridad y nuestra dignidad humana.
México no es ni ha sido en los últimos 50 años un país seguro, ni para los de aquí ni para los extranjeros que cada día nos ven más como un foco rojo internacional; pero su descomposición ha sido inmensa y cada vez más rápida. Dejamos de ser el perfecto territorio turístico para ser el coto de narcos, secuestradores y terroristas de cuello blanco o sucio, pero delincuentes todos al fin y al cabo.
En una entrevista realizada por Julio Scherer a Ernesto Zedillo, cuando era presidente de la república, se le pidió que hablara de México y sus maravillas naturales: de sus ríos, de sus valles, de sus montañas, de sus playas, de su mariposa monarca… y el presidente no supo qué decir.
José Emilio Pacheco, en su poema titulado “Alta traición”, nos plantea su visión desoladora ante el México que aniquila, mata y violenta los derechos humanos de las personas:
No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.
Los funcionarios, los empresarios, las iglesias, las ONG, las organizaciones cupulares, los sindicatos, los estudiantes, las universidades, los medios de comunicación, los comerciantes, la gente de la calle toda, con algunas excepciones, honrosas excepciones, somos los culpables de que, como diría José Alfredo Jiménez, “la vida no vale nada”; y nuestros derechos humanos, menos. Y es triste que sea Amnistía Internacional quien nos lo tenga que decir y nosotros no lo queramos ver.
Pero es tan solo mi opinión.




