Hacer cálculos electorales cada vez resulta más complejo; aventurar un resultado de la participación ciudadana en urnas es como jugar al melate, y confiar en lo que dicen las encuestas -la que sea y el que sea su origen-, a estas alturas y después de tantas fallas de las empresas consultoras en México y en todo el mundo, es como creer en el cuento del espejo de la bruja de Blanca Nieves.
Lo anterior viene a cuento por la cada vez más próxima elección de gobernador en en estado de México y que muchos ven como un anticipo de lo que ocurrirá en los comicios presidenciales del 2018. ¿Les cae? Lo repiten y lo repiten. Es el lugar común. Si una elección -la mexiquense- determinara la presidencial del año siguiente, Francisco Labastida hubiera ganado en el 2000 y Roberto Madrazo en el 2006.
De plano hay burros -perdón, pero así se les dice antes y ahora a los testarudos iletrados- que hasta siguen empeñados en la arcaica conceptualización de que el Edomex es “el laboratorio” de la presidencial. De risa loca escucharlos.
Mejor pasemos a lo que nos ocupa. Un poco de seriedad. El proceso electoral mexiquense no está dejando una sola lección y única enseñanza: que el PRI sigue anclado en lo más nefasto de su historia; que la izquierda electoral depende de un caudillo capaz de aglutinar a tanto kamikaze suelto, y que la derecha, timorata y de doble y hasta triple moral, es la calca persignada -con avemaría incluida- de lo más corrupto del priismo.
Si alguien lo duda, nomás voltee a ver -sin apasionamientos- el proceso que cada partido puntero en las encuestas lleva en la presentación y/o definición de sus candidatos y candidatas. ¿De verdad creen priistas, panistas y morenistas que esa es la opción que piden los mexicanos? ¿De verdad creen que las encuestas que los ponen a la cabeza y que ya los volvieron locos por el poder, que uno de los tres representan lo que los mexicanos hoy están esperando de un mejor gobierno?
Sin encuestas en la mano, creemos que no. Ni el dedazo priista, ni el mesianismo de Andrés Manuel Lopez Obrador ni el pragmatismo electorero del PAN, son la opción. Puede ser que sean las únicas, ni hablar, pero de eso a que sean la alternativa para solucionar los males en el país, es mucha, muchísima la distancia.
¿Entonces? Pues a entretenerse con la elección mexiquense. Y que sigan los cálculos, los debates y la opinionitis entre quienes siguen casados con el México y el mundo que ya no es.
Lo que pase en el Estado de México, pues, a todos nos interesará y a muchos nos llamará la atención, sin duda. Pero lo que ahí ocurra en las urnas, no significará la definición de la presidencial del 18.
Todavía veremos mucha agua correr por el río.
El anticipo, sin encuestas de por medio. Sólo el convencimiento: lo que pase en la elección mexiquense será, si, el anuncio de todo lo que va a cambiar en los partidos y fuera de ellos. ¿Quien se apunta?
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