Letra muerta
Por Alejandro Báez
Bien dice el dicho que es de sabios cambiar pero en el caso del primer siglo de nuestra Constitución puede no ser tan exacto ni tan atinado. Celebrar cien años de la promulgación en Querétaro, por parte del Constituyente encabezado por Venustiano Carranza, puede sonar a vacío total pues la Carta Magna mexicana dista mucho de ser lo que se pretendía hace una centuria. Nació con un afán protagónico de los constituyentes para derrotar a los convencionalistas y se ha convertido, a lo largo de este siglo, en el menú de las prácticas clientelares de la clase política mexicana. Algo nada digno de celebrar.
Una Constitución que nació siendo letra muerta y al servicio de quien gobierne para modificarla al antojo y necesidad de sus pasiones y pretensiones.
Fue modificada para que existiera la reelección presidencial que benefició a Álvaro Obregón; durante el Maximato, se transformó el sentido de la educación para convertirla en socialista, después se volvió a reformó para convertirla en humanista; muchas modificaciones después, nadie sabe cómo es la educación en este país. Los atributos del Congreso de la Unión han sido cambiados en 71 ocasiones, siendo el artículo 73 constitucional el más modificado.
El trabajo, el ejido, la propiedad de la Nación, las telecomunicaciones, el derecho a la información y a estar informados, las garantías individuales convertidas en derechos humanos, el derecho al voto y a ser votado, la reglas del comercio nacional e internacional, la redistribución territorial, el uso de los beneficios del suelo y del subsuelo… son exactamente 699 los cambios sufridos, hasta ahora, por la Constitución de 1917. De los 136 artículos que la conforman, escasamente el 22% no han sido tocados (ver información de las reformas constitucionales por artículo y por sexenio aquí ).
Desde el cuatrienio presidencial de 1920-24 hasta este sexenio en curso, los 19 presidentes que han gobernado México, emanado su poder de la Constitución de 1917, todos, absolutamente todos, la han modificado: los menos, en dos ocasiones, como fue el caso de los gobiernos de Emilio Portes Gil, quien modificó los artículos 73 y 123, y Adolfo Ruiz Cortines, con los cambios en los artículos 34 y 115, hasta los que le han hecho un centenar de cambios como es el caso de los dos últimos presidentes.
México es el único país de América Latina que no ha cambiado su constitución en un siglo: solo la reforma hasta convertirla en un Frankenstein legaloide, absolutamente alejada de los intensiones históricas de cuando fue promulgada.
Basada en la Constitución de 1857, también promulgada un 5 de febrero, las leyes mexicanas de 1917 fueron reconocidas a nivel internacional como un avance a nivel de seguridad social no visto en ningún otra legislación internacional de la época. Pero una cosa es lo que la Constitución dice y otra es cómo se ejerce. México sigue siendo un país de enormes diferencias sociales, económicas y raciales que nos dividen más de lo que nos unen.
Que la Constitución de 1917 haya llegado a los cien años de vigencia representa más el continuismo político de los partidos en el poder que una vida vigente y útil en sí misma. Impera la necesidad de solo maquillar, retocar pero no hacer transformaciones de fondo, valientes y útiles, como sería proponer un nuevo pacto federal desde una nueva constitución.
Enrique Peña Nieto tuvo la oportunidad histórica de convocar a una nueva constitución desde 2013, cuando se conmemoraron los 200 años de Los Sentimientos de la Nación, promulgados por José María Morelos y Pavón, en Apatzingán, Michoacán. Allí, debió de lanzar el llamado a configurar un moderno constituyente, inclusivo, ciudadano, académico, político, social, cuyos resultados vieran la luz el cinco de febrero de 2017, por aquello de que nos encantan las fechas, para proyectar un México moderno, entrado al siglo XXI, con una visión posmoderna de nación… En lugar de ello, Peña Nieto es el presidente, después de Felipe Calderón, que más cambios le ha hecho a la Constitución: 147 modificaciones en poco más de cuatro años, contra los 110 del panista.
México, en muchos aspectos, tiene más retrocesos que avances históricos; especialmente en materia de legislación. Una ley que se convierte en materia política más que en materia de justicia, no puede ser buena, en el sentido aristotélico, pues no alcanza el bien común sino solo el bienestar de unos cuantos, beneficiados de sus grietas y de sus huecos. Los criminales de cuello blanco que se encargan de convertir a la Constitución de 1917 en material a su contentillo son, como siempre, los que nos gobiernan.
Pobre, pobre Constitución mexicana. Cien años de edad y tan reparada que no se parece nada a su origen. Y una cosa es evolucionar y otra, manipular las leyes.
Pero esto es tan solo mi opinión.




