El tema es que estamos perdiendo la dimensión y magnitud del problema que tenemos y hoy resulta que la violencia y la muerte son parte de nuestra normalidad cotidiana. Los homicidios con violencia son ya meros números y estadísticas, si no es que mezquinas tarjetas informativas para los informes oficiales y de los infames golpeteos político-electorales de unos y otros del color que se les ponga.

Sin pretender en este medio desgarrarnos las vestiduras, pero sí contribuir a abrir un espacio para la reflexión, el análisis y el debate ordenado, debemos partir del hecho de que si no hemos tocado fondo, estamos a un tris de hacerlo: la muerte con violencia tiene permiso en México y la empezamos a ver como “algo” normal. Como si la barbarie fuera inevitable en estos tiempos.

¿Que fue lo que llevó a un jovencito de 15 años a disparar contra su maestra, compañeras y compañeros de clases en una escuela de la ciudad de Monterrey? Las investigaciones comenzaron, seguirán su curso y tal vez hasta lleguemos a conocer resultados inapelables sobre los infiernos que quemaron la vida de ese niño.

Entre tanto, desde el gobierno -ahí si- se desgarrarán las vestiduras y escucharemos y leeremos las letanías de programas y acciones que se harán para la prevención del delito en las escuelas  (¿Una tarjeta informativa más?). Habremos de darnos tiempo, pues, para escuchar a los fariseos de la politiquería barata y el lagrimeo mediático de los golpes de pecho.

En clases de psicología social se diría que el morbo y el miedo colectivos formarán más fantasmas a la colección del imaginario social.

Los peores, los que se construyen desde el poder político: crece más el miedo e idiotiza el morbo.

Pero en el fondo de nuestras raíces, ¿qué nos está pasando?, no hay más y resulta pertinente volverlo a decir: la escalada de violencia a la que nos metieron desde hace poco más de diez años y que parece no tener fin, nos ha llevado a la pérdida de valores (en una guerra es lo primero que se pierde, advertía Winston Churchill) y provocado un desmedido tráfico de drogas, armas… y muertes. Porque se trafica con la muerte.

En ese bestial tráfico, campea la violencia, desde las palabras a los hechos, desde la amenaza al homicidio. Borramos la frontera entre la ficción y la realidad. Las imágenes todos los días son lo mismo: violencia, tragedia y asesinatos.

Este es el país que tenemos. Y al que malamente, al parecer, nos estamos acostumbrando.

¿Cómo hacerle? Como sociedad, rechazar esa costumbre; no hacerla parte de nuestras vidas y defender ese pedacito de país que a todos nos toca. Y exigir al gobierno que ya le pare, que no es con golpes de pecho ni falsos y cínicos lagrimeos como vamos a resolver el gravísimo problema que tenemos.

¿O qué parte de la historia es la que no entienden?

Lo leyó usted en primeraplananoticias.mx

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