LO FIRMO Y LO CUMPLO
La credibilidad de las personas estaba, en el antes, puesto en la palabra y más en la de honor. Si alguien decía y se comprometía a algo, estaba obligado a hacerlo. Cuando esto cambió, cuando la palabra, origen de nuestra vocación comunicativa, dejó de ser importante o, por lo menos, dejó de tener honor y calidad y calidez, inventamos la palabra escrita y firmada. Es una manera de perpetuar el compromiso. No solo está consignado en un papel: también está signado. Los abogados y los notarios vieron aquí una mina de oro a explotar.
El problema es que ya ni la palabra firmada es cumplida. Octavio Paz escribió sobre las palabras:
Dales la vuelta, / cógelas del rabo (chillen, putas), / azótalas, / dales azúcar en la boca a las rejegas, / ínflalas, globos, pínchalas, / sórbeles sangre y tuétanos, / sécalas, / cápalas, / písalas, gallo galante, / tuérceles el gaznate, cocinero, / desplúmalas, / destrípalas, toro, / buey, arrástralas, / hazlas, poeta, / haz que se traguen todas sus palabras.
Nos tragamos cualquier palabra porque ya no saben a nada. Ya no las creemos. Ya carecen de valor. Ya no tienen importancia. Son huecas, vacías, fútiles, inútiles. Insípidas e insustanciales. ¿Qué nos importa que nos digan, que lo dejen por escrito y que lo firmen, si ya de antemano sabemos que no, que nadie, va a respetar la palabra dada? Es una cuestión de tautología barata.
Por eso, cuando Enrique Peña Nieto inició su campaña para llegar a la presidencia, el 30 de marzo de 2012, anunciando con bombo y platillo que firmaba sus compromisos y que el lema que lo abanderaría sería el de “Ya me conocen, se los firmo y se los voy a cumplir”, nadie, en su sano juicio le creyó. O nadie le debió de haber creído.
Estaba dando su palabra. La estaba firmando. Sinónimo sine qua non de incumplimiento a priori.
Esa noche, inicio de su campaña, el candidato tricolor se comprometió a crear una Comisión Nacional Anticorrupción, a obligar a los funcionarios federales a hacer públicas sus declaraciones de bienes y a proponer la eliminación de 100 diputados, un planteamiento que ya había expuesto a finales de 2011.
Más tarde vendrían las promesas de bajar los precios de los combustibles, de la electricidad; de crear medios de transporte eficientes y eficaces, como el tren transpeninsular o el tren de alta velocidad México-Querétaro; o la construcción de la refinería Bicentenario en Tula… y así los 266 compromisos que firmó ante notario público como candidato y que no ha cumplido ni cumplirá.
Después de cuatro años donde la mentira, la corrupción, la desfachatez, la imbecilidad, la negligencia, el autoritarismo, la contradicción, la desmesura, el totalitarismo, la incapacidad y la incompetencia han sido el pan nuestro de cada día, lo que Enrique Peña Nieto o cualquier otro político diga, como sociedad, nos debería tener sin cuidado. No nos debería de sorprender.
El gasolinazo de 2017 estaba anunciado desde el sexenio de Felipe Calderón Hinojosa con sus ajustes de precios constantes; desde que Peña Nieto anunció con bombo y platillo la Reforma Energética. Si la Educativa no ha podido ser una realidad, en virtud de la resistencia del gremio magisterial, ¿por qué esta debería ser la excepción? Todo estaba diseñado para el fracaso. Palabra dada y firmada.
Y encima, los decires, dimes y diretes, de la clase política mexicana. Por ejemplo Carmen Salinas, diputada federal por el PRI, en su perfecto estilo de Aventurera, reflexiona profundamente sobre el tema:
“Era necesario (el gasolinazo) porque ya no podíamos seguir subsidiando el gobierno, pagar tanto por gasolina. El que tenga coche, que lo mantenga, no hay de otra, carnal”.
También, Margarita Zavala, ya en campaña para obtener la candidatura por el PAN para la presidencia en 2018, aseguró que el gasolinazo era necesario por lo que no es recomendable dar marcha atrás a la iniciativa (ver nota completa en http://primeraplananoticias.mx/portal/margarita-zavala-asegura-que-es-necesario-gasolinazo-pero-gradualmente/). Sus golpes de pecho no son más que el aval a la política desmesurada y también mentirosa de su esposo Felipe Calderón, cuando era presidente de la República, y la evidencia del continuismo que representa.
Hace algunos años, en 2013, Ricardo Anaya, ahora presidente del CEN del PAN, proclamaba los beneficios de la Reforma Energética, a la que calificaba de beneficiosa y necesaria para México pues, entre otras muchas ventajas, el coste de los combustibles bajaría al haber más y mejor inversión (ver video completo de su discurso en https://www.youtube.com/watch?v=nUInDR22MxQ). Ahora, él, a pesar de ser uno de los promotores de la iniciativa y uno de los más acalorados defensores de la misma y haber votado por ella, se convierte en un denostador del gasolinazo.
La palabra de los políticos no tiene valor ni valía alguna. Son sonidos guturales, carentes de sentido, más cercanos al guarrido de los cerdos o al carreteo de los cotorros. Carecen de credibilidad, de fondo, de contenido, de estructura, de mensaje.
Los políticos carecen de todo honor pues no pueden sostener su palabra dada, prometida y firmada. No tienen decencia alguna. Al estilo de Yo, el Supremo, novela de Augusto Roa Bastos, solo emiten palabras para dictarse a sí mismos, auto validarse y tener un registro de su memoria falsa, sostenida por sus también falsas palabras.
Ellos, los políticos, no tienen palabra dada. Nosotros, como sociedad, somos quienes tenemos y debemos ejercer lo único que nos queda: nosotros tenemos, para con ellos, la última palabra. Nunca más, por favor. México merece mejor y más. Tengamos nosotros, como sociedad, dignidad en nuestra propia palabra.
Pero esto es tan solo mi opinión.







