Era una buena opoetunidad para demopstrar talento político, capacidad de negociación, altura de miras. Pero no. En su reciente conferencia de prensa quedó claro que el electo presidente de Estados Unidos es más un adolescente mal genio que el líder sensato que la nación más poderosa e influyente del mundo requiere.
Trump amenazó a México: “Con el muro fronterizo Estados Unidos ganará, porque México nos devolverá el dinero que gastemos en él”. Amenazó a empresas estadounidenses: “Tenemos que conseguir que regresen a Estados Unidos las farmacéuticas (…) el regreso se hará también con otras industrias. Muchas compañías van a quedarse aquí, en Estados Unidos, y no en otros países”. Arremetió contra la prensa: “Eso (la supuesta filtración de documentos de inteligencia que lo sitúa débil frente a Rusia) es una asquerosidad y los medios que lo publicaron pagarán”.
Decía el expresidente español Felipe González: “el rol de la prensa es cuestiuionar a los gobiernos; pero no es el rol de los gobienros cuestionar a la prensa”. Pero Donald Trump no es Felipe González. Y ahora atacó a periodistas y especialmente al corresponsal de la CNN, el medio que publicó esas supuestas incidencias respecto de Rusia. Trump respondió solo a los que quiso, apuntó -literalmente- con el dedo a otrods tantos y, finalmente, felicitó al New York Times, el mismo medio que hasta hace poco tiempo era su Enemigo Público Número Uno.
Los analistas de todos los colores lo hicieron pedazos. Y con razón.
Criticaron que personalizara su desacuerdo con la prensa, que tomara como una afrenta personal las investigaciones, que no entendiera que no se trata de él sino de su rol en los asuntos de estado, mucho mas complejos y trascendentales que su propia existencia. Le denostaron que aun no superara su rivalidad política con Hillary Clinton, a quien citó varias veces para defender su propio punto de vista. Le reprocharon que se siga portando como un candidato, porque como candidato su base de respaldo político era especifica y era lógico que tuviera que convencerlos, pero ahora es presidente y son muchas más las personas que dependen directamente de sus decisiones, de su estado de ánimo, de sus capacidades. O de sus incapacidades.
Y eso requiere mesura y capacidad. Y él no tiene mesura ni, al parecer, mucha capacidad.
El triunfo de Donald Trump es una mala noticia para México. Eso se sabe y el electo presidente se ha encargado de confirmarlo. Pero ahora, además, es una mala noticia para Estados Unidos. Se trata, básicamente, de alguien con una seria falta de lucidez a la hora de interpretar el universo que le rodea. Su periodo aún no inicia y ya decepciona, y los analistas ven con él el inicio de la desintegración de un sistema globalizado cuyos alcances llegan a todos, no solo a estadounidenses y mexicanos.
Se vienen tiempos oscuros para esta parte del mundo. Y para todo el mundo.







