Leobardo Jaimes
Morelia, Michoacán.- Primeraplananoticias.mx recuerda hoy a Lucila de María del Perpetuo , mejor conocida como Gabriela Mistral (1889-1957), poetisa chilena considerada como una de las figura más relevantes de la literatura iberoamericana. Galardonada con el premio Nobel de literatura en 1945.
La poetisa destacó no sólo por su brillantez en la literatura, sino también por sus aportes como pedagoga al igual que su pocinamiento como diplomática y feminista. Pero fue hasta el 12 de diciembre de 1914 donde el mundo la conoció como Gabriela Mistral, seudónimo con el que participó en los Juegos Florales en Santiago con Sonetos de muerte, con el que obtuvo el primer premio. Dicho mote fue un homenaje a dos de sus poetas predilectos: el italiano Gabriele D’Annunzio y el francés Frédéric Mistral.

Por otro lado, su labor como académica y pedagoga la llevó a conocer otros países, en los que se encontró México en 1922, esto por una invitación del que era en ese entonces el ministro de educación, José Vasconcelos. Durante su estancia en el país publicó su libro de poemas Lectura para mujeres.
Dos años después en Madrid publica Ternura, donde plasma una peculiar forma de poesía escolar, dando un giro rotundo a los tradicionales géneros de poesía infantil (canciones de cuna, rondas, arrullos).
Para ese entonces comenzó a desarrollar una gran labor como intelectual, en la que realizó giras por Estados Unidos y Europa, tras las cuales regresó al país que la vio nacer, aunque al encontrar que la situación política era tan álgida y problemática se vio obligada a regresar a Europa, donde serviría como secretaria de una de las secciones de la Liga de Naciones en 1926, año que, de igual forma ocuparía la secretaría del Instituto de Cooperación Internacional, de la Sociedad de las Naciones, en Ginebra.
Ya para 1945 recibe la noticia de que era la ganadora del Premio Nobel, en vista de que su obra representaba ese idilio inspirado por la emociones humanas.
Sin embargo el 10 de enero de 1957 la poetisa muere en la ciudad de Nueva York en el Hospital Hempstead.
Si bien, durante el tiempo que la poetisa residió en México, encontró un gran amor a las tierras michoacanas, a quien, el 3 de julio de 1944, escribe un breve texto intitulado Escritos sobre Michoacán, donde relata su sentir respecto a esta tierra. El último párrafo resulta revelador:
“Yo dormí en tantas casas que no puedo contarlas; comí en las mesas más dispares los guisos de las más varias cocinas; comí en tarasco y en zapoteca, en yaqui y en otomí. El común denominador de estas cocinas lo ponían las especias, las incontables hierbas de olor, el ají guerrillero de la lengua, el maíz abrahámico, dividido en doce tribus de sabor y color; pero de una a la otra región, el México imponderable (título del bello libro-clave de R. H. Valle) que es maestro en el arte de matizar para diferenciar, logra dar novedad a sus materias y desorienta de tal modo con los trucos culinarios que cualquier ‘carnita’ puede parecer venado y la perdiz, faisán. Con todas sus bayas y sus cereales y sus bestezuelas finas me agasajaron e hicieron de mí por el repertorio de mesas, de costumbres y de vínculos inefables, la curiosa industria chileno-rnexitli que me volví… ¡Ay, pero no sabía devolver el agasajo! Yo era una mujer de australidad, fría, lenta y opaca. Mucho más tarde les respondería con la tonada del sur y la cara vuelta hacia sus ternuras y a sus generosidades”.







