Reapareció el presidente Enrique Peña Nieto y en cuanto al tema del alza en las gasolinas y las protestas que se han generalizado en el país, a todos nos dejó igual: no hay marcha atrás ni hay alternativas. Y así como pidió “perdón” -por el caso de la llamada casa blanca-, ahora pidió a los mexicanos “comprensión”.
¡Vaya situación! El presidente pide perdón, apela a la comprensión y hasta -asegura- “comparte el enojo” de los ciudadanos. Pero no ofrece alternativas ni soluciones. Y entre “perdones” y “comprensiones”, el asunto es que se cumplieron cuatro días de bloqueos en carreteras, gasolineras y centros de distribución de Pemex, así como saqueos en tiendas de autoservicio.
No hay propuestas, pues. Y de vuelta al mensaje aquel de que no se levanta pensando cómo joder a los mexicanos. El alza a las gasolinas “es una acción que nadie hubiera querido…” dijo ahora. Pero no haberla tomado “hubiera sido más doloroso”.
En fin. El mensaje no fue bien recibido por los diversos sectores sociales y empresariales, se anuncian más bloqueos y movilizaciones en los próximos días, e incluso la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex) se la devolvió al Ejecutivo: “pide comprensión, pero para pedir primero hay que dar; ¿que le ofrece a los ciudadanos?”.
Entretanto, el mexiquense se dio tiempo para distraer con cambios en el gabinete y tender una cortina de humo que seguro levantará una serie de especulaciones sobre la sucesión del 2018. Porque eso significa el regreso al gabinete de Luis Videgaray Caso, ahora como secretario de Relaciones Exteriores, y encargado expresamente para hacerse cargo de establecer contacto con el equipo del próximo presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
Muy conocido es el escándalo que rodeó la renuncia de Videgaray Caso en septiembre pasado, luego de quedar al descubierto que fue el artífice de la visita de Trump a la residencia oficial de Los Pinos, donde se le dio trato de jefe de Estado.
El anti mexicanismo del entonces candidato republicano y las deferencias que se le brindaron en la casa presidencial, provocaron la repulsa generalizada. Peña y Videgaray fueron señalados de ofender al país y a sus habitantes.
Pero Videgaray nunca se fue del todo. Diversas notas periodísticas lo ubicaron como asiduo visitante a Los Pinos, y una vez que Trump ganó en las eleciones estadunidenses, solo era cuestión de tiempo para que se anunciara su reincorporación al gabinete federal.
La mascarada penista salta a la vista: busca que Videgaray sea visto como el único capaz de establecer un diálogo fructífero y de cooperación con el magnate xenófobo.
Lo absurdo entre lo absurdo. El ahora ex canciller cuenta con la antipatía de los mexicanos que no olvidan los agravios de Trump (y de el mismo), sus bonos andan por los suelos entre los partidos políticos, y su sola presencia divide al ya de por sí resquebrajado gabinete presidencial.
Para colmo, desde ayer mismo que se anunció su nombramiento como canciller, no faltaron los comentarios de que se trató de una “recomendación” y hasta de una “imposición” de Trump a Peña.
Y aparecieron las preguntas obligadas: ¿creerá el presidente de México que la presencia de su amigo hará cambiar la visión del estadounidense sobre nuestro país?
¿Creerá que es el candidato que su partido necesita para los comicios presidenciales de 2018?
Pareciera que Peña compite consigo mismo: cómo ser el más anti popular.
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