Blanca Padilla
Fotos: ACG
Morelia, Michoacán.- No tienen hogar ni parientes que se preocupen por ellos. Son los hijos del asilo “Cristo Abandonado”; aquí hallaron lo que la vida les había negado en su tercera edad: amor, comida y cobijo.
Son 70 abuelitos y algunos jóvenes los que habitan el refugio que ahora es su hogar. 70 historias de juventud que ya pasó, para unos, y de tristezas y alegrías para todos, pero más de añoranzas por lo que debieran tener cerca y no está: su familia.
La Navidad y el Año Nuevo son las celebraciones que los ponen optimistas, porque abundan las visitas de personajes ajenos a su vida, pero tan cercanos que son capaces de darles cariño y un poco de alegría. Así transcurre su vida en el modesto asilo que dirige el médico José Luis Cerda Suzawua en la calle Melchor Ocampo 121 de la popular colonia Juárez.

Todos los días reciben la atención necesaria para continuar sus vidas; muchos de estos seres fueron abandonados por sus familiares y no tuvieron otro lugar a dónde ir. Casi la totalidad de los abuelitos no cuentan con una familia y los que la tenían fueron traídos por algún pariente a este asilo.
El doctor Cerda Suzawa, que cumple 16 años al frente del “Cristo Abandonado”, platica la experiencia familiar de este lugar que acoge a los desvalidos. Su padre, Cosme Cerda Loza dirigió este centro de ayuda humanitaria en el periodo 1989 a 2000, pero un problema de salud lo obligó a separarse y dejó a su hijo como encargado.

Recuerda que desde hace años este lugar dejó de ser un albergue para las personas indigentes que llegaban al sitio y necesitaban dónde pasar la noche y atención a sus necesidades básicas; así se convirtió en un asilo.
“Realmente somos un asilo, porque el albergue solamente es para que las personas pueden estar una temporada mientras pasan alguna situación complicada, en este caso no son personas que llegan para quedarse”. En cambio, como asilo el “Cristo Abandonado” los acoge de manera permanente.
En la estancia los abuelitos cuentan los días para que los visiten grupos de instituciones altruistas y educativas que les llevan diversión, números musicales, ropa y otros apoyos para ellos como sector socialmente vulnerable.

Por suerte, en estas fechas los moradores son los más visitados. Pese a su condición de abandono familiar, diciembre no es una época triste para los abuelitos, pues reciben en estos días reciben apoyos de quienes menos lo esperan.
“En la medida que ellos van logrando sentir que tienen resueltas sus necesidades, como la comida, cama, agua caliente, ropa, atención médica, y que tienen con quién convivir, se desvanece la tristeza y la melancolía de que están solos, porque finalmente ya no lo están”, señala el doctor Cerda Suzawa.

Así, cada vez se hace más grande la familia que han formado alrededor de los otros adultos mayores; entre ellos se comprenden y se apoyan, expresa.

Cuenta que ya la mayoría de las personas que viven en el asilo está demasiado cansada, por eso algunas veces jóvenes practicantes los visitan y les ofrecen algún show en los que participan en dinámicas, para hacerles más amena la vida.
“En términos generales llegan a formar una familia tienen con quién convivir y obtienen una ganancia mejor que una familia que los relega”, considera el director del centro.
Doña Lupe, una mujer de edad avanzada que ve pasar la vida en silla de ruedas, que este día viste un conjunto de pants rosa, platica que se pone contenta cuando alguien la vista, pero reclama que luego los dejan mucho tiempo solos.

Para Lupita este día fue especial y gran trascendencia en su vida. Por fin volverá a tener dientes. Se preparó temprano para que la llevaran al dentista. Espera con ansias la entrega de su dentadura postiza, pues “desde hace tantos años, que ya ni recuerda, no tiene dientes y los quiere estrenar esta Navidad, pues espera poder comer un pollo rostizado, que hasta de sólo mencionarlo dice que se le hizo agua la saliva.
Pero hay otras historias de las personas “sin nombre”. Es el caso de una abuelita que sólo habla purépecha, con la que se dificulta la comunicación; para platicar con ella, los moradores del Cristo Abandonado lo hacen a través de una joven practicante de la Facultad de Enfermería. Ella ayuda a traducir los diálogos de la señora, quien tiene su carácter, pues cuando se molesta le gusta gritar groserías… pero en español.
En el asilo son más de 70 historias que pueden provocar un nudo en la garganta y sacar lágrimas al más insensible, pues al acercarse a ellos se piensa inevitablemente en el abuelo que ya no tiene cerca a la familia que lo apartó de su lado.

Pero no todo es tristeza. Este año la fiesta de Navidad en el “Cristo Abandonado” será en grande. Los abuelitos tendrán un generoso almuerzo. El director señala que tratarán de tener un festejo como todas las familias, pues todos aquí también son una familia.

El asilo
El “Cristo Abandonado” se mantiene de los donativos de personas altruitas; también recibe apoyo del DIF estatal y municipal, que no el suficiente para garantizar la manutención y atención de los moradores.
Son 8 personas las que están a cargo de las 70 personas en las que mensualmente se erogan entre 55 mil 60 mil pesos: el director, una persona que da informes a la población, una enfermera, una trabajadora social, una persona encargada de la cocina, una en intendencia y dos que se encargan de atender a los 70 moradores, de los cuales 25 están en silla de ruedas y diariamente hay que bañarlos, cambiarles el pañal, trasladarlos en el asilo y alimentarlos. Esas son las tareas asignadas, pero todo el personal tiene que ser “todólogo”, ya que el asilo se encuentra al tope de su capacidad.
Cada fin de semana se habilita un bazar en la calle con productos que la gente dona: ropa, juguetes, utensilios de cocina; el producto de las ventas se lleva al asilo, pues el pago de servicios lo absorbe la autoridad del centro.

Cuenta con dos plantas y dispone de cocina, un cuarto para mujeres y dos para hombres; baños y un cuarto más para las personas con grado severo de discapacidad. Debido al lleno total del lugar ya no se cuenta con área de capilla, ahora es en el cuarto de sus múltiples el que se habilita para las misas que eventualmente oficia el sacerdote del templo más cercano al asilo.







