La información estremece. Un pueblo, cuyos habitantes en buena parte viven de la elaboración, compra y venta de productos hechos con pólvora, estalló ayer por el dolor de sus muertos y sus heridos. Todos se miran, incrédulos, preguntando sobre las causas de la tragedia, como si no supiéramos la conjunción de los factores de la explosión en Tultepec: necesidad, ignorancia, negligencia y corrupción.
Y si no es así, entonces que nos expliquen las autoridades municipales y estatales cómo es que hace apenas una semana presumieron al tianguis pirotécnico de San Pablito como “el más seguro, en su tipo, de América Latina” y cómo es que el Instituto Mexiquense de la Pirotecnia alardeó: “es un mercado con puestos perfectamente diseñados y con los espacios suficientes para que no se de una conflagración en cadena en caso de un chispazo”.
¡Miserablemente mintieron todos! La realidad los delató, la tragedia los desnudó. Sus boletines de ocasión los exhibió como irresponsables para el cargo que ocupan, empezando por el gobernador Eruviel Ávila, siguiendo con el alcalde de Tultepec, Armando Portuguez Fuentes, terminan por completar el cuadro Ignacio Rodarte, titular del Instituto Mexiquense de la Pirotecnia, y Germán Galicia Cortés, director del Mercado de Artesanías Pirotécnicas de San Pablito.
¿Qué van a recetar en su próximo comunicado conjunto? Por lo pronto, el gobernador cuenta y suma muertos y heridos. De los fallecidos hay 29 y de los lesionados 51, tres de ellos menores que fueron enviados al hospital para niños quemados de Galveston, en Texas. Así de grave el accidente; de ese tamaño la gravedad de las heridas.
¿Qué sigue a la tragedia? Los golpes de pecho resultan ofensivos para la víctimas y sus familias. Las advertencias de que se investigará a fondo, complemento torpe de la negligencia supina de la que hicieron un monumento en ese municipio del Estado de México.
Decir que se trata de una nueva llamada de atención para los gobiernos federal y de todas las entidades del país -no hay que olvidar que entre los meses de septiembre y diciembre de cada año se catapulta el negocio de artefactos pirotécnicos- es ya casi un clamor: responsabilícense todos los que con fuego hacen de su trabajo malabares para vivir. Su necesidad se entiende, la tradición obliga… Pero su vida peligra.
Y a los funcionarios de todos los niveles de gobierno, ¿será mucho pedir que cuando se trate de la seguridad de familias enteras no piensen en la avaricia, el moche y la mordida?
La conclusión es muy sencilla: no se llora limpio de culpas.
Lo leyó usted en primeraplananoticias.mx




