La semana anterior se expusieron dos argumentos respecto de por qué no es recomendable que las fuerzas armadas tomen el control de la seguridad pública en los países. Toca ahora analizar el tercero.
Durante el siglo XX, especialmente en la segunda mitad, hubo dictaduras militares de izquierda o de derecha, y por orden cronológico, en República Dominicana (Rafael Leonidas Trujillo); Nicaragua (Anastasio Somoza); Colombia (Gustavo Rojas); Paraguay (Alfredo Strossner); Haití (los Duvalier); Cuba (Fidel Castro) Brasil (Humberto de Alencar); Panamá (Omar Torrijos); Bolivia (Hugo Bánzer); Chile (Augusto Pinochet); Uruguay (Juan María Bodraberry); Argentina (Juan Carlos Onganía, Roberto Marcelo Levingston, Alejandro Agustín Lanusse, Rafael Videla); Honduras (Oswaldo López Arellano, Juan Alberto Melgar, Policarpo Paz García); Guatemala (Efraín Ríos), y Perú (Juan Velasco Alvarado, Francisco Morales Bermúdez).
¿Cuál fue el resultado del paso de los militares? La creación de “Comisiones de la Verdad”, destinadas a rescatar la memoria histórica de los muertos por la violencia política y, en algunos casos, analizar posibles reparaciones.
Este tipo de comisiones fue creado, otra vez en orden cronológico, en Paraguay (Comité de Iglesias para Ayudas de Emergencia); Bolivia (Comisión Nacional de Investigación de Desaparecidos Forzados); Argentina (Comisión Nacional para la Desaparición de Personas); Uruguay (Comisión Investigadora sobre la situación de Personas Desaparecidas y Hechos que la motivaron); Chile (Comisión Nacional para la Verdad y Reconciliación o Comisión Rettig); Haití (Comisión Nacional de la Verdad y Justicia en Haití); Guatemala (Comisión para el Esclarecimiento Histórico); Perú (Comisión de la Verdad y Reconciliación del Perú); Panamá (Comisión de la Verdad de la República de Panamá); Colombia (Comisión de la Verdad); Honduras (Comisión de la Verdad de Honduras), y Brasil (Comisión de la Verdad).
Hay que insistir: en todos los casos anteriores, todos, la labor de estas comisiones fue básicamente establecer la verdad histórica respecto de los abusos de los militares.
Pero no hay que ir tan lejos. México tuvo su propio modelo de dictadura militar: la Guerra Sucia, uno de los períodos más complejos y ocultos de la historia nacional. Los historiadores datan, de manera no oficial, el inicio alrededor de 1950 y el término casi al finalizar el siglo XX. Las facciones en pugna fueron, de un lado, los gobiernos del PRI, el Ejército, la Fuerza Aérea, la Policía, la Dirección Federal de seguridad, la Confederación de Trabajadores de México, la Iglesia, el PAN y Estados Unidos. Los enemigos internos, los perseguidos, fueron básicamente el Partido Comunista Mexicano, el Partido Agrario del Estado de Morelos, la Liga Obrera Marxista, el Consejo Nacional de Huelga, la Liga Comunista 23 de Septiembre, el Partido de los Pobres, el Partido Mexicano de los Trabajadores, el Movimiento Revolucionario Magisterial del Sur, el Frente Democrático Nacional, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y el Ejército Popular Revolucionario. Durante la segunda mitad del siglo XX sucedieron en México innumerables crímenes políticos, cuyo mayor símbolo es Tlatelolco.
¿Cuál es la conclusión de todo lo anterior? Que integrar a los militares -de izquierda o de derecha, con el apoyo o el boicot de Estados Unidos, con el aval del gobierno o contra él- a las tareas de seguridad pública, resulta siempre un ejercicio extremadamente peligroso.
En los 70 fueron dictaduras militares abiertas; en el siglo XXI, y tras la estela de violaciones a a los derechos humanos, las dictaduras están políticamente desprestigiadas y ningún líder creíble en el mundo se atrevería públicamente a ser partidario de ellas. Pero las necesidades son las mismas: sólo cambian los esquemas. La posibilidad de integrar militares a las tareas de seguridad pública podría configurar un modelo moderno de militarización, tal como como la salida de Dilma Rouseff configura para muchos un esquema nuevo en la política: el “golpe de estado constitucional”.
En ese sentido México podría ir a la vanguardia. El problema es que iría para el lado equivocado.
Cuidado, México.







