Tres adolescentes de 14 años que estudiaban juntas en la Escuela Secundaria Técnica Industrial Número 143 de Morelia se suicidaron por motivos aún desconocidos, pero que inquietan y deben ponernos en alerta, tanto al gobierno -concretamente a la Secretaría de Educación- como a la sociedad en general.
Con lo poco que se sabe hasta ahora del caso, las pesquisas incluyen la posibilidad de que el triple suicidio podría haber sido inducido por influencia de las redes sociales, a través de las cuales circulan y se socializan todo tipo de imágenes y contenidos sin autoría, irresponsables, perniciosos y, por supuesto, delictivos; sin embargo, y en tanto las indagatorias sigan abiertas, no deben descartarse otros probables móviles y sujetos de investigación: maestros, amigos y hasta padres de familia. Es decir, todo el entorno de las tres niñas.
El hecho, por lo pronto, de que la Secretaría de Educación y la Procuraduría General de Justicia del Estado hayan informado que los principales indicios apuntan a la influencia de las redes sociales, nos plantean nuevamente la disyuntiva de regular o no el uso de la red y los contenidos que se suben.
Pero más allá del debate que tarde o temprano tendrá que darse y las decisiones que se tomen sobre una eventual normatividad en el llamado vecindario cibernético, queda la reflexión sobre lo que estamos permitiendo como sociedad y la violencia que se manifiesta por los más diversos frentes y ante la que no podemos ser omisos ni indiferentes.
En el caso del uso de la red, habremos de referirnos hoy no a sus bondades e innegable contribución a los procesos educativos, informativos y de difusión del conocimiento, amén del peso que tiene ya en la interacción e integración social, así como en la participación y definiciones político-electorales y de gobierno.
Para nadie es un secreto, sin embargo, que cada vez se detecta mayor presencia y tráfico en la red de organizaciones delictivas vinculadas a la pornografia infantil, prostitución y trata de personas, secuestro y extorsión, además de páginas y video blogs con atroces propuestas y siniestros personajes y mensajes.
La niñez y la adolescencia son los sectores de la población más vulnerables a su influencia y expuestos a la violencia sexual, física y psicológica que puede transmitirse. La situación exige de la doble atención de padres de familia y de maestros responsables, tanto para orientar y apoyar en el uso responsable de las redes sociales, como para diseñar y aplicar medidas preventivas y de detección de niños y jóvenes con problemas y trastornos, propensos a caer presas de los contenidos ligados a la delincuencia y de los perniciosos mensajes.
Lo ocurrido en la Secundaria Técnica Industrial 143 de Morelia obliga asimismo a la Procuraduría y a la SEE a coordinar esfuerzos e información para que la investigación en marcha concluya con los suficientes elementos de prueba sobre el móvil y las causas del triple suicidio.
Y protegiendo, por supuesto, los derechos de los víctimas y de sus familiares, transparentar las conclusiones de la investigación e informar el origen del probable ‘trastorno cibernético’ y del castigo a los eventuales responsables.
Tal vez sería oportuno y conveniente. Por más doloroso que sea.
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