Pasan las semanas y el gobierno de Enrique Peña Nieto no da señales, ni buenas ni malas. Pareciera evasivo, a la deriva. Hoy estamos a 41 días de que el empresario republicano Donald Trump asuma la presidencia de Estados Unidos y mientras el magnate antimexicano sigue mandando señales amenazadoras con la integración de su gabinete, su contraparte en Los Pinos ni siquiera ha fijado una postura clara, contundente sobre temas medulares de la relación bilateral: migración, Tratado de Libre Comercio y combate al tráfico de estupefacientes.
¿Qué está esperando el presidente de México? ¿Tiene estrategia? ¿Estará esperando una reunión con Trump antes de que éste tome posesión para entonces actuar y decir algo en firme? ¿Qué piensa de la inminente renegociación del acuerdo comercial de América del Norte? ¿Integrará equipo renegociador? ¿Qué hará para alentar la inversión y fortalecer el mercado interno?
Nada, no sabemos absolutamente nada. Es la parte absurda de lo abstracto. Nos entretenemos y nos distraemos con el juego político de la sucesión presidencial del 18: Que si el ex secretario de Hacienda, Luis Videgaray Caso, regresa -cuando nunca se fue-; que si desplazará a Claudia Ruiz Massieu de la Cancillería; que si será un ‘súper ministro’ sin cartera al frente de la delegación mexicana que negociará con el gabinete de Trump; que si no está descartado como precandidato presidencial…
Y para ahondar en la desazón, Peña Nieto viaja a La Habana a los homenajes póstumos de Fidel Castro. Habla mucho sin decir nada. Pierde el tiempo y se pierde en el espacio. Desaprovecha el momento. Hueco, viejo su mensaje como el de todos los demás. El que se asumía como representante del “nuevo PRI”, modernizador, se atasca en una palabrería setentera y ochentera.
Cunde la decepción. Más, cuando entre los que se presentan como “opción de cambio” para los comicios presidenciales que se celebrarán dentro de 18 meses, tampoco dan color. Grilla interna, partidista, nada más.
Mientras, el país se degrada. La violencia campea y la desconfianza se ha vuelto ya una forma de vida. Nos queda el 2017 para tocar fondo. De ahí el optimismo y la esperanza de que pueden surgir los liderazgos que a México hacen falta. Liderazgos que, decíamos ayer en este espacio, representen a las nuevas sociedades, sus demandas y necesidades.
Las opciones que se han presentado en firme, para el 18, hasta hoy, no están en esa vía. Huelen a viejo, en tanto todos y todas representan al mismo régimen… Y ahí está el problema.
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