Vacíos, sin mayor contenido ni sustancia, resultaron los dos mensajes que el presidente Enrique Peña Nieto pronunció este fin de semana, se entiende que de cara a la nueva relación que habrá que construir con Estados Unidos y con los gobiernos de Asia y Europa, una vez que el 20 de enero próximo Donald Trump asuma la presidencia estadounidense.
No hubo “buen fin”. Tampoco para la mayoría de los mexicanos, pobres, en el desempleo, en el subempleo o con paupérrimos salarios, olvidados en el discurso del presidente. Su convocatoria a la unidad es inicua por su inocuidad aparente.
Primero: el sábado en Lima, Perú, en la reunión de los presidentes y jefes de Estado del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), Peña se pronunció por “modernizar y actualizar” el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, y no renegociarlo e incluso anularlo como ha insinuado Trump, en caso de que esa renegociación no satisfaga los intereses y visiones del próximo nuevo jefe de la Casa Blanca, quien ya hasta fijó plazos: 200 días de 2017.
La retahíla que siguió el mandatario mexicano se perdió en el intento, suponemos, de fijar una posición más o menos clara frente a lo que viene: el problema no es el libre mercado, la apertura comercial de las naciones, tampoco las inversiones trasnacionales, ni la competitividad ni la productividad. Vaya, no es ese el debate.
El debate que viene es para qué sirve la tan llevada y traída apertura comercial. Y aquí es donde Peña Nieto tiene que ofrecer compromisos claros hacia el exterior y hacia el interior: cómo hacer que esa apertura se refleje en México en mejores oportunidades de empleo, en una mayor equidad en la distribución de la riqueza generada y en mayor inversión, pero no sólo en empresas, sino también en educación y desarrollo tecnológico.
Una verdadera política de Estado -así, con todas sus letras- para aprovechar la apertura y los tratados comerciales, y cerrar la brecha en la desigualdad y la pobreza sería una clara señal de su compromiso contra la inmigración desordenada, contra la expulsión que genera la pobreza y contra la delincuencia organizada, que tanto preocupa en la relación bilateral con Estados Unidos.
Fuera de los riesgos y peligros que para el mundo representa el fascismo de Trump, ese es un mensaje claro que debe leerse de la elección estadounidense, por citarla como ejemplo emblemático: ¿para qué está sirviendo la apertura y los tratados comerciales en México y en el resto del mundo? ¿Han sido beneficiosos para las poblaciones? ¿Han sido incluyentes e impulsores de los Estados de bienestar? ¿O han contribuido, en el caso de México, a hacer aún más grande la brecha de la desigualdad y la pobreza?
Ahí es donde debería el gobierno mexicano prepararse para el debate y eso es lo que esperaríamos los mexicanos del presidente: una propuesta clara y contundente; compromisos sensatos y de una visión a mediano y largo plazos con certidumbre y clara defensa de los intereses nacionales.
Segundo: Porque si no se cumple con lo anterior, ¿qué impacto o respuesta puede tener la convocatoria a la unidad que Peña lanzó este domingo en ocasión del aniversario por la Revolución Mexicana?
¿Unidad en torno de qué o de quién? Sin sustancia el discurso, la arenga es a un espejismo y a la incertidumbre. La nada, pues.
El mexiquense dejó escapar dos buenos escenarios para retomar algo del liderazgo y la confianza y credibilidad perdidos. Foros tuvo para mandar una buena señal dentro y fuera del país. Pero no… No hubo “buen fin”.
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