IMPERIOS Y SUS FINES

El triunfo de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos se ha convertido en una gran paradoja –o parajoda– de la democracia estadunidense. Ver las grandes marchas en contra del resultado electoral a favor del republicano con pancartas que expresan <<HE ISN’T MY PRESIDENT>> recuerdan el más puro estilo poselectoral mexicano. ¿No que la democracia americana es la más perfecta y pura expresión del voto soberano? El sistema electoral estadunidense está haciendo aguas y es imposible saber en qué va a terminar esta tragicomedia que, desde la globalidad y el neoliberalismo, nos va a afectar a todos: lo mismo a los estadunidenses que a los migrantes que a quienes vivimos allende de sus fronteras.

Si el voto en los Estados Unidos fuera directo y universal, como en nuestro comprometido sistema electoral, Hillary Clinton hubiera ganado las elecciones, pues ella acumuló 60 millones 981 mil 118 votos contra 60 millones 350 mil 241 de Trump; es decir, la demócrata obtuvo 630 mil 877 votos más que el multimillonario, ahora electo presidente.

Sin embargo, Trump logró 306 votos electorales contra los 232 votos electorales obtenidos por Hillary Clinton.

Siempre se habló de que el voto duro a favor de Trump está en los estados fronterizos, donde el fundamentalismo segregacionista y racista es muy fuerte. Arrasó en todos los estados sureños, a excepción hecha de California y Nuevo México. Pero, aunque obtuvo los 38 votos electorales que representa el estado de Texas, uno de los más virulentos en contra de los migrantes, de los 15 condados que son frontera con México, Trump solo ganó en dos, Terrel y Kinney.

Ver que el estadunidense promedio sale a las calles a marchar contra el resultado de sus elecciones pone a pensar y a temblar al mundo. Si ni ellos están de acuerdo, ¿qué será del resto del mundo? Y al más puro estilo oposición mexicana, Hillary Clinton ya declara a diestra y siniestra que su derrota se debió al Buró Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés).

Evidentemente, la reacción del propio Trump es extremista, como todo él. Su discurso contra México, contra los migrantes, contra los musulmanes, contra el comercio asiático, que en la recta final de su campaña se había atemperado, resurgió con toda la virulencia de sus primeros momentos en campaña.

Y aquí, nuevamente, la paradoja política se vuelve a presentar: si Donald Trump, presidente electo de los Estados Unidos, quien jurará el cargo el próximo viernes 20 de enero de 2017, hace realidad todo lo que dice, será el principio del fin del imperio americano, tal como lo conocemos.

La historia nos enseña que no ha habido imperio eterno. El romano duró 500 años solamente; el imperio bizantino, poco más de un milenio; el imperio otomano duró 624 años. El imperio nazi, con los mismos fundamentos xenofóbicos, racistas, divisionistas, segregacionistas y de odio que el discurso del ahora presidente electo de los Estados Unidos solo duró 12 años. El poderío estadunidense lleva de 1945 a la fecha, es decir, 71 años. La decadencia es ya una realidad y la presidencia de Donald Trump, si cumple todo lo que alardea, podría ser el principio del final del orden mundial como lo conocemos.

No es posible establecer cuánto tiempo tardaría en llegar la debacle a los Estados Unidos pero si se construye el muro fronterizo con México, se expulsan a los millones de inmigrantes ilegales del territorio americano, si se separa California de la Unión Americana, si se reestructura el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica; si se ponen aranceles a los productos asiáticos, especialmente a los chinos; si la supremacía blanca vuelve a convertirse en acto de fe, si Estados Unidos refuerza su discurso de poderío interior, empoderando a la clase trabajadora y obrera blanca estadunidense, tal como lo grita a los cuatro vientos el ahora presidente electo, seremos testigos de cómo empieza a colapsar el país más poderoso del mundo; por lo menos, a resquebrajarse.

Hace 12 años, el director mexicano Sergio Arau nos regaló una comedia posapocalíptica de lo que sucedería en Estados Unidos sin mano de obra barata inmigrante con su película Un día sin mexicanos. La ficción podría convertirse en realidad.

En un mundo global, neoliberal y capitalista, que Estados Unidos quiera cerrarse al mundo para trazar su grandeza solo desde ellos mismos hace evidente el por qué son el octavo país más ignorante del mundo: la historia no les ha enseñado nada y solo se leen a sí mismo desde su ego y su sentido de superhéroes justicieros donde el resto del mundo son apaches a los que hay que erradicar y segregar.

La democracia americana es extraña. Y el cuatrienio que inicia el 20 de enero de 2017 puede ser el anuncio de una nueva estructura social que, en la medida que impacta a los Estados Unidos, impactará al resto del mundo.

Lo más seguro es que todo lo que Donald Trump ha dicho a diestra y siniestra, a favor y en contra de tiros y troyanos, solo se quede en balandronada y no pueda hacer nada, so pena de que Estados Unidos se convierta en una caricatura de sí mismo, como el propio presidente electo, quien ya inicia su trabajo con rechazo nacional e internacional. Pero todo es posible en la gran paradoja americana.

Pero esto es solo mi opinión.

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