En la telenovela permanente que es la campaña por la Presidencia en Estados Unidos a diario aparecen nuevos capítulos. El último fue el anuncio del director del FBI, James Comey, sobre la reapertura de la investigación de los correos electrónicos la candidata demócrata Hillary Clinton.
La medida, que en rigor corresponde a una investigación judicial en curso, no tendría nada de raro salvo por dos detalles: se produce a casi una semana de la elección, e implica que Comey desdeñó la recomendación del Departamento de Justicia -es decir, desdeñó a sus jefes- que pidió la mayor discreción para no arriesgarse a afectar la campaña.
Vale la pena recrear el contexto.
En enero de este año el Departamento de Estado de los Estados Unidos informó que se enviaron 22 correos electrónicos de la cuenta privada de Hillary Clinton, que contenían secretos de Estado. Sin embargo, las reglas del gobierno estadounidense establecen que los correos electrónicos con información de Estado deben enviarse desde una cuenta gubernamental. La investigación duró hasta julio de este año. Ese mes el propio James Comney, en una decisión que irritó a los republicanos, dio por cerradas las pesquisas y recomendó públicamente que la ex primera dama no fuera imputada.
Por eso mismo nadie entiende que ahora, a pocos días de la elección, decida reabrirlos.
Comey tiene historial político. Estuvo años afiliado al Partido Republicano, aunque en la actualidad no es militante. En 2008 donó dinero a la campaña presidencial del republicano John McCain, y en 2012, a la de Mitt Romney; también, durante la administración de George W. Bush, fue el segundo hombre del Departamento de Justicia. Un republicano de tomo y lomo.
Con esos antecedentes no son pocos los que ven en esta medida una abierta intervención política, e incluso afirman directamente que a Conmey se le debe investigar por violar una ley que prohíbe a funcionarios usar su posición para influir en una elección.
Son los avatares de la política gringa. Hasta hace una semana nadie con un mínimo de realismo ponía en duda el triunfo de Clinton; hoy, otra vez, el abanico de posibilidades se abre. Clinton aún corre con ventaja, pero ya muchos analistas, entre ellos conspicuos columnistas mexicanos, alertan desde inicios de esta semana sobre la posibilidad de que pierda. Hoy mismo, una encuesta del Whashington Post y la cadena ABC coloca -por primera vez- a Donald Trump por sobre Hillary Clinton en la preferencia electoral.
Nadie debiera descartar nuevos ruidos en próximos días. Estados Unidos tiene un largo historial de intervenciones electorales (la última de ellas, sin ir más lejos, fue el fraude que el año 2000 dejó fuera 57 mil votantes de Florida y permitió el triunfo de George Bush). Si realmente este caso se trata de una intervención, es pertinente suponer que los poderes fácticos de la derecha de Estados Unidos querrán llegar hasta el final. Y la consecuencia de ello sería el posible triunfo de Trump. O lo que es lo mismo: el descalabro.







