MUERTOS
Tan, tan. ¿Quién es? Es el Diablo…
—Muerte sin fin
José Gorostiza
Todos los pueblos del mundo, todas las culturas pasadas y presentes hemos generado rituales mortuorios y de enterramiento. El rito del duelo es tan humano que es uno de los rasgos que nos hacen ser seres humanos. A los muertos los enterramos, los incineramos, los arrojamos al océano, les construimos mausoleos, panteones, cementerios…, pues siempre buscamos preservar su memoria. Los muertos, gracias a los vivos, tratan de ser inmemoriales aunque casi siempre terminan por ser olvidados con el paso del tiempo.
El filósofo alemán Martín Heidegger establecía en su libro El ser y el tiempo que el hombre ha generado el duelo no como un acto de recuerdo a los muertos sino como un proceso de dolor porque los vivos seguimos aquí. Por eso nos dolemos, por eso lloramos, por eso levantamos altares. Para recordarnos que ellos, nuestros muertos, ya no están y nosotros seguimos bregando en esta vida cotidiana.
Estos son algunas prolegómenos del por qué recordamos a los muertos desde la vida. Esta es la razón por la que conmemoramos el Día de los Muertos. En México, esta fecha se convierte tradicionalmente en fiesta y de conmemoración se transforma en celebración, lo que la convierte en algo único, tan así que está reconocido por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad: jolgorio, reunión, flores, comida, bebida, altares adornados celebrando la muerte desde la vida; o la vida desde la muerte.
Independientemente de celebraciones populares, de flores de cempasúchil, de calaveritas de dulce, de pan de muerto; de pueblos tradicionales, como Mixquic, en el valle de la ciudad de México, o Pátzcuaro, en la zona lacustre michoacana, México no deberíamos estar celebrando nada sino lamentándonos por nuestros muchos muertos caídos en los diferentes frentes de guerra intestina iniciada desde el periodo de Felipe Calderón Hinojosa y ahora continuados con el gobierno de Enrique Peña Nieto.
Las cifras de la guerra desatada por Calderón y perpetuada por Peña Nieta, so pretexto de combatir al narcotráfico tiene números escalofriantes. Desde el 11 de diciembre de 2006, cuando inicia este combate contra el crimen organizado han caído, según cifras oficiales, cerca de 60 mil personas, entre narcotraficantes, efectivos de los cuerpos de seguridad y civiles. Sin embargo, estimaciones de organizamos de Derechos Humanos, Observadores Ciudadanos, ONG y otros organismos, estiman que la cifra pudiera ser mucho mayor a 250 mil fallecidos.
Una década perdida y de perdición. Una década de daños colaterales. Una década en donde la violencia en México ha provoca más muertos que las guerras de Afganistán e Irak, según datos estadísticos y comparativos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).
Y no solo es la guerra contra el narco y el crimen: también es la guerra que el Estado Mexicano ha desatado contra la población civil que protesta por sus derechos y por demandas de justicia e igualdad como por quienes hacen evidente la corrupción del país a lo largo y ancho del territorio.
Allí están los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, los periodistas asesinados, los feminicidios en el Estado de México; las masacres en los diferentes puntos de Michoacán, Guerrero, Oaxaca, Chipas. Las balaceras cotidianas en Tamaulipas o Sinaloa, los ajusticiamientos anónimos en las calles de la ciudad de México: la violencia desatada en todo el país.
Este 1 y 2 de noviembre es momento de poner el tradicional altar de muertos en nuestras casas, oficinas, escuelas. Es tiempo de adornarlo con flores amarillas y moradas, con sal, velas, tierra y agua. De poner comida y fotografías. Ojalá tuviéramos la solidaridad y la responsabilidad social necesaria para que, en lugar de celebrar y recordar a nuestros muertos particulares, que bien se lo merecen, levantemos un altar esplendoroso, siete pisos, con arcos de flores, a todos los muertos anónimos caídos en el país en esta década de absurda guerra gubernamental, en donde la población civil somos su principal víctima. Los campos de México se están regando con sangre inocente. Vamos a cosechar violencia y luto perpetuo.
Pero esto es solo mi opinión.







