HUELGAS DE HAMBRE
Las huelgas de hambre como medida de presión no son cosas nuevas en el mundo. No ingerir alimentos hasta llegar incluso a la muerte, ha sido una estrategia para alcanzar objetivos o doblegar a sistemas generalmente represivos.
Muchas personas famosas han usado esta estrategia para sus fines. Uno de los más conocidos, sin llegar a la muerte, fue Mahatma Gandhi quien con su resistencia pacífica, logró liberar a la India del colonialismo británico en 1947.
Quizá la huelga de hambre más mediática en la historia reciente fue la llevada a cabo por Robert Gerard Sands, conocido popularmente como Bobby Sands en 1981.
Sand, irlandés católico, protestaba contra el gobierno de la entonces primera ministra Margaret Thatcher contra las acciones que criminalizaban al Ejército Republicano Irlandés (IRA por sus siglas en inglés) en la lucha que se llevaba en aquél entonces contar las políticas británicas que priorizaban a los protestantes frente a la minoría católica en Irlanda.
Bobby Sand duró 66 días en huelga de hambre y falleció a los 27 años de edad, habiendo sido electo miembro del Parlamento británico, aunque por su estadía en la cárcel, jamás ocupó su escaño ni tomó protesta como parlamentario.
Las huelgas de hambre, más allá de auto infligirse la muerte por inanición funcionan cuando hay una causa justa o una ideología que defender. Personalmente no estoy de acuerdo con ellas pues me parece que siempre hay otras medidas de presión; pero lo que sí hay que reconocer es la voluntad de quienes deciden llevar a cabo una acción autodestructiva en aras de un bien colectivo más grande que la persona en sí mismo.
Pero eso, también, las huelgas de hambre se pueden convertir en circos de tres pistas cuando el objetivo a alcanzar es egoísta y personalista. Pierde toda validez la huelga de hambre para ser el pretexto para poner todos los reflectores en torno a alguien y tratar de generar empatía con la población, mediante la mediatización exagerada de la victimización.
Basta recordar la huelga de hambre que el ex presidente Carlos Salinas de Gortari realizara en 1995, a solo 91 días de haber dejado Los Pinos en protesta, según él mismo, por ser acusado de obstruir las investigaciones en torno a los asesinatos de Luis Donaldo Colosio, ocurrido el 23 de marzo de 1994 en Lomas Taurinas, en Tijuana, y la de Francisco Ruiz Massieu, acaecida el 28 de septiembre de 1994, en la ciudad de México y por ser señalado como el culpable de la crisis económica que cayó sobre el país a un mes de haber entregado la presidencia a Ernesto Zedillo, en lo que se conoce como “El error de diciembre”.
La huelga de hambre de Salinas de Gortari duró 36 horas. Sí, día y medio solamente; pero se le dio una cobertura como si fuera enorme. Para lo único que valió fue para demostrar el peso político que el ex presidente Salinas aún tenía sobre la cúpula gubernamental y sobre los medios de la época.
Huelgas de hambre así son ridículas. Huelgas de hambre así, con cuidados intensivos, con registros minuto a minuto de la condición del huelgante, con fotografías en donde se pone cara de víctima, en donde se la pasan haciendo declaraciones sobre cómo y por qué ellos son los inocentes hacen que la lucha, valida o no, los argumentos, contundentes o no, se conviertan en una caricatura, siempre mal trazada y peor dibujada de una resistencia fallida.
Vale todo lo anterior por la huelga de hambre que un grupo de 11 alumnos pertenecientes a las Casas de Estudiantes Isaac Arriaga y 2 de Octubre y miembros de la Coordinadora de Universitarios en Lucha (CUL) están haciendo en Plaza de Armas, desde el sábado 22 de octubre como apoyo a los estudiantes rechazados que exigen ingresar en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.
Una huelga de hambre en donde buscan ser víctimas del sistema al que se oponen. Una huelga de hambre en donde los jóvenes no tienen un discurso articulado sobre el por qué o el para qué. Solo saben explicar que la rectoría de la Michoacana, encabezada por Medardo Serna González, está en complicidad con Silvano Aureoles Conejo, gobernador del estado de Michoacán, para privatizar la educación popular y que su lucha es por los más pobres y desfavorecidos del sistema.
No incorporan en su alegato términos como calidad educativa, propuestas ni mejoras. Solo quieren que los rechazados por la Michoacana entren a como dé lugar, sin importar si eso va o no en menoscabo de la calidad de enseñanza que plantea la universidad.
Ellos tienen la razón, dicen ellos mismos. Y como el único argumento válido para ellos es lo que ellos dicen, llevarán su huelga de hambre hasta el extremo, dicen ellos nuevamente.
Para el domingo en la mañana, después de pasar una noche de inanición y a ras de suelo, en el frío moreliano de octubre, la gripe, dicen, hace mella en ellos pero están determinados a seguir hasta el fin.
En el fondo saben que en menos de 48 horas se les propondrá una negociación que ellos aceptarán, levantarán su huelga y se irán por unos tacos con un sentimiento de héroes absolutos.
Una huelga de hambre que es otra caricatura de la lucha entre el estado y los estudiantes universitarios. Mientras, la Universidad lleva casi 60 días de paro. Eso implica medio semestre perdido pero, ¿a quién le importa las clases? A ellos, a los que están en huelga de hambre, no.
Pero esto es tan solo mi opinión.







