El mundo está loco, loco, loco…
El Dos de Octubre, ciertamente, no se olvida. La paz se compromete. Se elige la violencia, el odio y la venganza. Las autoridades gubernamentales se ven rebasadas y no saben cómo reaccionar. La población civil está dividida y temerosa. No hay confianza en las instituciones. Ya no se sabe quiénes son los “buenos” y quiénes los “malos” ni qué papel deben de jugar en el futuro del país.
Aquí en México, aquí en Michoacán, como también en Colombia.
Cuatro años de negociación del gobierno colombiano con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el pueblo votó por el NO en el plebiscito que se efectuó el domingo 2 de octubre de 2016 en donde se solicitaba que se decidiera por refrendar el acuerdo de paz firmado que incluía, entre otras cosas, el perdón a los guerrilleros y su posibilidad de seguir su lucha por la vía política.
El resultado se recibió en una Colombia herida, dividida y vulnerable en su futuro entre llantos, dolor y fiesta. Cincuenta y dos años de guerra fratricida y la negación a su fin fue de una diferencia de sólo 50 mil votos. Colombia decidió contra la reconstrucción, el perdón y la paz.
Esa paz que tampoco se conoce en Michoacán. La quincena más patriótica para Morelia, del 15 al 30 de septiembre, se vio ensombrecida por la virulenta reacción de los normalistas, quienes tomaron por asalto las carreteras del interior del estado para quemar autobuses y carros.
Tan así que quedamos incomunicados, pues varias líneas de camiones cancelaron sus corridas, desde el primer minuto del 30 de septiembre, hacia el interior del estado, especialmente las que llevaban rumbo a Uruapan, Pátzcuaro, Apatzingán, Lázaro Cárdenas, la meseta purépecha y zonas aledañas.
La guerra que el estado sostiene contra los cárteles de narcotráfico, especialmente contra los ‘Caballeros Templarios’ y contra los ‘Jalisco Nueva Generación’, quienes se disputan la plaza, se ve complicada por el otro frente, el de la guerra que sostiene contra los normalistas, encabezados por los de Tiripetío, y con el magisterio disidente.
Esta guerra no es nueva en Michoacán. De hecho el movimiento estudiantil de 1968, que culminó con la masacre del 2 de octubre en la plaza de Tlatelolco, tuvo su antecedente en la represión estudiantil normalista y nicolaíta, a manos del gobernador Agustín Arriaga Rivera, en 1966, también un 2 de octubre (ver la crónica de Verónica Oikion Solano para La Jornada Michoacán, publicada el sábado 9 de abril de 2011 en http://siclapuebla.blogspot.mx/2011/04/michoacan-el-movimiento-universitario.html).
Medio siglo de estar peleando con los estudiantes. Y el fuego ha sido alimentado con fuego, represión, castigo, mano dura, negociaciones que no llevan a nada, presencia policiaca y militar, peticiones fuera de todo lugar, quema de vehículos, calles cerradas, mítines y marchas en una escalada desproporcionada de violencia que en nada ha ayudado a la de por sí mermada estructura social del estado.
Aquí no hay víctimas, más que la población civil que se ve afectada por las acciones de ambos bandos: estudiantes, sean normalistas o universitarios o miembros del magisterio, y el gobierno estatal.
Nunca apoyaré la represión ni la militarización en contra de la libertad de expresión. Lejos de una respuesta fascista. Sin embargo, no estoy de acuerdo con las formas de las manifestaciones pues me parecen que violentan más de lo que proponen. La disidencia ha crecido porque el gobierno estatal los dejó crecer, pues no supo arreglar el problema y ha sido una papa caliente que ha pasado de mano en mano desde hace, por lo menos, 50 años, y se ha convertido en carne de cañón de políticos, organizaciones y grupos escolares que han hecho de la protesta una forma de vida y no una revolución auténtica.
Es decir, la revolución se convirtió en status quo y perdió todo su sentido social. En lugar de promover transformaciones verdaderas, busca el posicionamiento de líderes al servicio del mercado de la protesta; y los distintos gobiernos estatales, tanto los priístas como los perredistas, han sabido capitalizar el ansia de protesta para fortalecer sus corpúsculos políticos y ganar tiempo para conseguir negociaciones que sólo a ellos convienen, dejando las calles abiertas a nuevas protestas inoperantes que se transformarán en nuevas negociaciones y así hasta la saciedad de ellos. Nunca de la población civil afectada y menos representada.
El Dos de Octubre, tanto el de 1966, como el de 1968, como el de 2016 será recordado porque la paz se rompió. Vivimos un mundo, tanto en Colombia, como en México, como en Michoacán, donde la legalidad, la inclusión, la aceptación del otro diferente, la construcción a futuro y la capacidad de convertirnos en verdadera sociedad sigue siendo una ilusión. Es más fácil lidiar con la queja de las guerrillas en las selvas o de los actos vandálicos de los estudiantes o de las masacres de los diferentes cárteles y la indiferencia y pasividad de los gobiernos, quienes solo responden con discursos retóricos.
La paz es una utopía mientras no exista propuesta de quien se manifiesta ni respuesta de los gobiernos. Todos nos quejamos de la falta de armonía entre los pueblos. Que si Siria, que si la crisis de los migrantes en el Mediterráneo, que si allá o que acullá. Pero aquí, en nuestra casa, el mundo también se volvió loco.
Pero esto es tan solo mi opinión…







