La obligada renuncia de Luis Videgaray Caso a la Secretaría de Hacienda es un indicativo más de que el grupo que asumió el poder en 2012 con Enrique Peña Nieto a la cabeza no está dividido… ¡se hizo pedazos!

Al resquebrajarse, se acabó -eso es lo que parece hoy- todo su proyecto político y de gobierno: de los acuerdos para dar certidumbre de gobernabilidad que se creyeron posibles a partir del Pacto por México ya ni el recuerdo queda; las “reformas estructurales” parecen todas un cuento de hadas, sin mayores consecuencias y dinamitadas por los mismos que las aprobaron; la inseguridad y la violencia, a la alza, siguen siendo una de las mayores preocupaciones de los mexicanos; la política social, en el olvido…

Y para colmo, los escándalos de presunta corrupción propios del presidente y de los gobernadores de su partido, el PRI, son la nota de casi todos los días, amén de la crisis que provocaron, en materia de derechos humanos, decisiones y acciones tardías, inexplicables y sin estrategia.

Todo lo anterior y más, copeteado -diría el ínclito de San Cristóbal, Guanajuato-, deja como primer lectura la salida de Videgaray del gabinete de Peña.

Porque el error, no de buscar el diálogo con Donald Trump, sino del trato lisonjero que se le dio cuando el provocador candidato republicano a la Casa Blanca decidió venir a México a invitación de Peña, a final de cuentas no es más que el colofón de un grupo político que -caso para un análisis más profundo- se autodestruyó.

¿Qué nos queda? Esperar, confiar en que esa autodestrucción no pegue más en el país. Que Peña Nieto haga un alto en el camino, se repliegue y termine con algo de decoro su sexenio. De lo contrario, ¿qué nos queda?, esperar a que llegue el 2018 y que la crisis -económica, política y social- no se agudice. Porque a nadie nos conviene que esto termine peor de lo que ya está.

¿Especular sobre los impactos de la renuncia de Videgaray en la sucesión presidencial? !Bueno! Puede resultar un buen pasatiempo… Pero en realidad, hoy por hoy, ya sería sólo anecdótico. La generación que presumió y alardeó de representar al “nuevo PRI” se autodestruyó.

¡Y ojo! No hay que perder el hilo de la historia: a estos “renovadores” priistas les está yendo peor que  a la “generación del cambio” que en 1988 encabezó Carlos Salinas de Gortari. Ya sabemos cómo terminó aquello.

Esos hilos de la historia son la causa de escalofríos.

Lo leyó usted en primeraplananoticias.mx

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