Tras los hechos registrados en Iguala, Guerrero, el 26 de septiembre de hace dos años, cuando los jóvenes de la normal rural de Ayotzinapa, fueron atacados brutalmente por policías y presuntos narcos, todas las historias y versiones que se han tejido sobre aquellos actos de barbarie, desde “la verdad histórica” de la PGR hasta los informes del grupo de peritos internacionales de la CIDH, no dejan lugar a las dudas: para explicar aquella oscura noche se tiene que pasar por entender la influencia que grupos subversivos y de la delincuencia organizada ejercían -¿o ejercen?- sobre el entorno de aquella escuela.

La tragedia, el luto y la desaparición aún no esclarecida de 43 de aquellos muchachos parece, sin embargo, que no ha dejado ninguna enseñanza, muy a pesar en que se convirtió en punto de quiebre de la crisis de credibilidad que hoy tiene hundido al presidente Enrique Peña Nieto en los niveles más bajos de aceptación que jamás haya registrado un mandatario mexicano en los últimos veinte años.

No se ha aprendido la lección, a pesar de que la noticia le dio la vuelta al mundo y significó, para la imagen del país y de las instituciones del Estado mexicano, un contundente, severo golpe. Lo que ha seguido, ha sido de locura.

No, no se ha aprendido la lección. Desde su trinchera ideológica, política o partidista, todos y todas se rasgan las vestiduras cuando de hablar de los 43 desaparecidos se trata. Todas y todos claman, exigen justicia…

Pero nadie se atreve -unos por oportunistas, otros por conveniencia ideológica y algunos más por timoratos en el cálculo político- a mirar hacia el origen y fondo del problema: el control que se ha perdido de las escuelas normales rurales. Guerrero y Michoacán son los casos más emblemáticos.

El problema de fondo, pues, está vivo. El riesgo y los peligros son latentes. Y no es que se trate de ser catastrofistas, por el contrario: en dialéctica pura, para no ser catastrofistas hay que ir a la solución de los problemas. Señalarlos. Pero no se atreven.  ¿Acaso tendremos que esperar otra tragedia para mirar hacia el origen y fondo del conflicto?

¿Creen desde la izquierda radical que encubriendo actos vandálicos y delincuenciales de estos muchachos normalistas se hace un homenaje a los 43 desaparecidos? ¿Creen que con falacias históricas se puede atribuir al robo y quema de vehículos, bloqueos y otras fechorías, la bandera de la lucha popular, por la educación y la soberanía? Si así lo creen !qué pobre izquierda, qué pena para el país!

Y del lado del oficialismo ¿de verdad creen en el gobierno que dejando hacer y dejando pasar, el tiempo solucionara el problema? ¿Deveras creen que a este paso del Siglo 21 se ganan elecciones y simpatías políticas y ciudadanas con la sola administración de los conflictos? Si así lo creen ¡qué pobre gobierno, qué pena para el país!

Lo leyó usted en primeraplananoticias.mx

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