Ahora que se acerca la fecha programada para el cuarto Informe de Gobierno de Enrique Peña Nieto, se revisa y se revisa lo que ha pasado en los últimos doce meses y, por más buena cara que se le pongan al temporal, no se puede encontrar la parte positiva que pudiera adornar, salvar  la ocasión.

Es más, se aproxima el día y lo único que se acumula en el entorno presidencial son problemas, descrédito, desconfianza, incertidumbre y la sensación de que incluso el grupo que asumió el poder en 2012 y se presentó con la imagen del “nuevo PRI”, moderno y reformador, se ha fracturado, perdió el rumbo y, lo peor, el timón de la nave.

Sorprende y alarma la facilidad con la que Peña Nieto y su equipo suman problemas y descontones a su imagen.

Sorprende, porque prácticamente no pasa un mes, y a veces ni una semana, sin que surja un nuevo escándalo que los debilite; alarma, porque en sus manos se depositó la conducción del país y hoy nomás no se alcanza a ver cómo mejorará la economía y la seguridad –las dos máximas preocupaciones de los mexicanos–, cómo se atenderán las amenazas a la estabilidad que lanzan movimientos como el magisterial de la CNTE –sólo un miope puede creer que lo que pasa en Oaxaca y Chiapas, a riesgo de empeorar, no afectará a todo el país– y cómo podremos volver a mirar hacia Los Pinos con ojos de certidumbre.

Porque para colmo de males, la imagen presidencial sigue bajo fuego y no se ve ya ni siquiera la posibilidad de un diálogo propositivo y de resultados con los partidos de oposición, como en su momento lo fue el llamado Pacto por México y del que ya no queda más que como un recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue: la pista para los acuerdos, la gobernabilidad y la gobernanza.

Se acerca el informe, pues, y no hay buenas noticias. ¡Si alguien sabe de una, por favor que la diga! Peña Nieto la está esperando. Los mexicanos también. Ni modo que no.

Lo leyó usted en primeraplananoticias.mx

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