IGNACIO PADILLA, MI AMIGO
Para Nacho Padilla, con lágrimas;
para Liliana Cerdio y sus hijos, con amor.
Recuerdo perfectamente el gusto que me dio recibir la invitación para asistir el sábado 25 de marzo de 1990 a la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, en la ciudad de México, a la presentación de Subterráneos, el primer libro de muchos que presentara Ignacio Fernando Padilla Suárez. Allí estuve, por supuesto. Aún conservo el ejemplar de ese libro de cuentos que fueron escritos durante los años de preparatoria y que ya preconizaban la talla de autor que sería en el futuro. La dedicatoria es concreta pero afectiva: “Por una amistad antigua y recién hecha”.
Desde entonces, el nombre de Ignacio Padilla Suárez se convirtió en constante en los medios y en los círculos de literatura. Pero mientras el mundo veía al gran escritor, crítico, ensayista, narrador, funcionario, yo leía a mi amigo.
Porque Nacho y quien esto escribe nos conocimos hace 41 años. Coincidimos en la primaria, en la secundaria, en el CUM, en la Ibero, en el MJC, en la Universidad de Salamanca. Allí, él como estudiante; yo, como ave de paso.
Te recuerdo, Nacho, en nuestras discusiones sobre el devenir de la literatura que sosteníamos en el salón 114 del Centro Universitario México, antes de tu partida a Sudáfrica, en 1986, cuando estábamos en la preparatoria. Tú defendía la necesidad imperiosa de una transformación de las letras mexicanas y citabas a Paul Bowles, entre muchos autores que yo aún desconocía, pero que los leí gracias a ti, Nacho.
Los dos soñábamos con escribir. Tú lo lograste mediante la casi treintena de libros que publicaste ente 1990 y 2012. Nunca negaste una palabra de aliento ni una palmada a los amigos. Tu sonrisa espontánea, tu voz franca y suave, tu alegría y optimismo siempre desbordante eran elementos sine qua non de ti, Nacho Padilla.
Ahora tenemos la noticia de tu fallecimiento, el 20 de agosto, a tus 47 años de edad. El hueco en mi corazón es estrujante y me envuelve el coraje y la tristeza. Coraje por tu pérdida y tristeza por saber que tus dos hijos, toda tu familia, todos tus amigos y todos tus admiradores ya no podremos saber de ti.
El miércoles vísperas de tu muerte hablamos. Yo te invité a participar en el aniversario de la SEMICH, aquí en Morelia. Tú, generoso como siempre, aceptaste sin poner condiciones ni precios. Solo me pediste que te llamara la siguiente semana, para cuadrar la agenda. Pero ya no habrá semana siguiente. Te fuiste a los grandes llanos a buscar el mejor lugar del valle apara acampar, como lo hacíamos de adolescentes.
No hace ni tres semanas, el dos de agosto, exactamente en la sala Manuel M. Ponce que te vio nacer como escritor hace 26 años, se te rindió un justo homenaje a tu trayectoria como escritor. Allí, Nacho, te definiste como “Cuentista, como corredor de cien metros” y preconizaste: “No me alcanzará la vida para narrar todo lo que quiero contar”. Y no te alcanzó.
Mientras escribo esto, al tiempo que tu cuerpo reposa en el Panteón Francés, llueve en Morelia y en mi corazón.
El lugar común es decir que el mejor homenaje que se te puede hacer es leer tu obra. Tus libros, Nacho, los que he leído, descansan en mis libreros; pero mi amigo, mi cuate, mi compañero, mi Nacho Padilla no descansa: rebosa vida en mis memorias, en nuestros momentos juntos, en nuestras charlas en la fuente de la Ibero, en las fiestas, en los encuentros esporádicos, en la entrevista radiofónica que me concediste para Anverso Cultura. Allí estás y de allí no te moverás jamás.
Como dice la canción These Are The Days Of Our Lives de Queen, en estos momentos, en que ya no estás Nacho, “tengo el sentimiento de que regreso a los viejos tiempos, mucho tiempo atrás. Cuando éramos niños, cuando éramos jóvenes, las cosas parecían tan perfectas. Tú sabes (…). Esos fueron los días de nuestras vidas. Las cosas malas eran tan pocas. Esos días ahora se han ido pero una cosa es cierta: cuando miro y encuentro que siempre te quise. No puedes retroceder el reloj, no puedes retornar la marea. ¿No es una pena? (…) No hay razón para sentarte y pensar en lo que hiciste cuando puedes recostarte y disfrutarlo con tus hijos (…). Porque esos son los días de nuestra vida”.
Nacho Padilla, mi amigo, el que está vivo para siempre, tenía un sentido del humor fino y a flor de piel. Con eso me quedo. Con el Nacho que era capaz de decir de sí mismo que:
“Soy contador de historias y soy zurdo, como los pericos y los osos polares. Escribo porque cuando era niño mis padres no me dejaban ver televisión, de modo que debía inventar historias para tener algo qué platicar con mis amigos.
“Después ya pude ver televisión pero había descubierto los libros y esos me gustaron más. Desde entonces me dedico a leer y a escribir para tener algo que platicar con mis amigos o para hacer más amigos o para no dejarme derrotar por enemigos o mis miedos.
“Escribo en cuadernos rojos con tinta morada. El día que deje de tener esos cuadernos rojos y esos plumones morados, dejaré de escribir y me dedicaré a dibujar o a cocinar.” (Gracias, Jorge Onder Villalobos, por la reseña)
Gracias, Nacho; gracias, Ignacio Padilla Suárez; gracias colega, gracias por una vida de coincidencias y por tu huella indeleble.
Hoy no hay más palabras.







