A esta altura el “caso Castillo” está más candente que nunca.
En últimas horas panistas han anunciado que lo llamarán, al menos, a comparecer. Los perredistas van más lejos y demandan directamente su despido. “No queremos que comparezca: queremos que lo destituyan”, asegura a los cuatro vientos el coordinador del PRD en el Senado, Miguel Barbosa.
El asunto tiene varias aristas. Analistas dicen hoy que una posible caída del “Virrey” sería la estocada final para Enroque Peña Nieto, incluso de cara a las presidenciales del 2018.
Hay quienes, por otra parte, moderan las malas artes de Castillo. Una nota de Excelsior, firmada por el reportero Saúl Trajano el 15 de agosto pasado y referida al boxeador Misael Rodríguez –el mismo que salió al ruedo con un traje parchado y se ha convertido en viral porque hace meses tuvo que botear para juntar dinero– exculpa a Castillo Cervantes.
“Rodríguez, de 22 años, fue obligado por la Femexbox a botear hace 11 meses para exhibir a la Conade que no brindaba recursos a las federaciones. La acción duró unos minutos y no generó mayor ingreso económico, pero si logro el objetivo mediático”, dice la nota.
No sería extraño que a Castillo se le achacaran asubntos que bvan mñás allá de su reswponsabilidad. Entre la lucha de intereses de todo ripo que mueven al deporte mexicano, un montaje más tiene sentido. Pero el asunto es otro: Castillo se lo buscó.
Conviene recordar.
En 2010 fue el responsable de archivar el caso Paulette. La víctima, Paulette Gebara Farah, apareció asfixiada abajó de su colchón. El caso conmocionó al país. El culpable del asesinato fue un cubrecamas.
En los dos años de Castillo como titular de la Procuraduría General de Justicia del Estado de México (PGJEM), la entidad se convirtió en la tercera con mayor número de personas desaparecidas según Segob y PGR.
El 2014 inició la era del Virrey. El presidente Enrique Peña Nieto le dio poder total para pacificar Michoacán. Castillo vino, desdeñó la legalidad vigente, despreció a los políticos, empresarios y actores sociales locales, se compró relojes, dejó una millonaria cuenta impaga en hoteles, posó para las fotografías, armó a delincuentes, traicionó a José Manuel Mireles y finalmente dejó todo peor de lo que estaba.
Ahora, en 2016, se pelea con las federaciones deportivas y con los propios deportistas, lleva a su novia a Río, pone a sus cuates en la Conade, asegura ser un agente de viajes, compra trajes de 15 mil pesos y ni se inmuta por la inutilidad de su gestión. Y todo eso con recursos públicos.
Cuando le piden explicaciones, apenas dice: ”ahorita no, joven; cuando regrese de Río”.
A estas alturas, y a la luz de los hechos, nadie puede negar que Alfredo Castillo Cervantes es un mentiroso consumado. Y al parecer también tiene algo de narcicismo. Como sea, hoy cualquier mexicano tiene el derecho de pensar mal de todo lo que toque el exvirrey; poco importa si sus culpas son reales o imaginarias, exclusivas o compartidas. Alfredo Castillo ha demostrado con holgura que pervierte todo lo que toca, y dado su triste historial es ingenuo suponer que en el camino no le buscarán todo, absolutamente todo, lo que pueda perjudicarlo (y de paso, perjudicar a México).
Mientras, él hace poco para revertir la situación. Su propio prontuario lo condena.







