Los dirigentes de la CNTE, así como los parásitos y los grupos de activistas sociales y proguerilleros que la rodean lanzan ya abiertas abiertas amenazas, no al gobierno mexicano, sino a la sociedad entera: en Chiapas y Oaxaca advierten que endurecerán sus acciones y formas de protesta (es la abrogación de la reforma educativa, sí o sí, ahora la consigna) y en Michoacán, los normalistas (su brazo más visible de provocación) durante tres días incendiaron vehículos privados, sí, de esos que se robaron y tienen secuestrados como “botín de guerra”.

Los parásitos y los grupos proguerrilleros deben de estar felices por el conflicto. Viven y medran de él. La nomenclatura política y la base gremial  de la CNTE, se les ofrecen como una gran oportunidad de colgarse y hacer crecer el “movimiento social que necesitaban” para, ellos si calculadamente, escalar el conflicto hasta donde les sea posible.

No es, como algunos han dicho, que los dirigentes de la Coordinadora no sepan ganar. Efectivamente, prácticamente todo lo que han pedido se les ha concedido en la Secretaria de Gobernación. Pero ellos, los dirigentes, los parásitos y los proguerrilleros no iban a la negociación cuando aceptaron la propuesta que les hizo el secretario Miguel Ángel Osorio luego de la tragedia de Nochixtlan…

¡Para nada! Ellos iban a ganar tiempo, a reposición y reforzar posiciones -recordemos que hasta Nochixtlan ‘el movimiento’ se notaba debilitado- y con un único, prioritario objetivo: recuperar la fuente de financiamiento que históricamente han sido los recursos asignados a las secciones magisteriales de Michoacán, Oaxaca, Chiapas y Guerrero.

No es que no sepan ganar. Al contrario. Pero aún no han recuperado lo que ellos quieren de vuelta: el negocio privado que les representa el control del sistema educativo en esas cuatro entidades.

Por eso las amenazas. No contra el gobierno, ya contra la sociedad entera.

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